Columna de Sebastián Gómez Matus: Contra el «instagramismo cooltural»

El sábado pasado fui al que denomino mi bar, pero salí espantado porque las prácticas que ya todos conocemos estaban en un punto de ebullición que se condice con el clima caldeado del país. Pienso en el concepto de sobredeterminación de Althusser: en cualquier momento, en cualquier parte, estalla el perol.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

Es un tema sociocultural que se enmarca en lo que Dubet denominó “sociología de la experiencia”. Instagram es una de las redes sociales más utilizada a nivel mundial; en Chile, 11,6 millones de personas la utilizan, lo que equivale al 61% de la población. Dicha red ha contaminado prácticamente todos los espacios de la vida cotidiana, al punto que la gente supuestamente crítica, ha caído no sólo en sus redes sino que en las lógicas que operan dentro de la misma. La interacción, la cultura, está mediada por una lógica industrial de despersonalización.

Tengo un bar. No soy el dueño, pero voy desde que era niño con mi padre. Hasta el año pasado iba con mis hijos a comer completos después de ir a buscarlos al jardín, en general jueves o viernes, antes de que la oscuridad se hiciera presente, y no me refiero a la noche, que es amiga. El bar se encuentra en la Alameda, frente al GAM, y es un reducto que reúne, de manera efervescente, a una interesante muestra de la fauna santiaguina filocultural, artistas, queeridad y ciudadanos creativos, para utilizar el concepto de Richard Florida.

En el bar se ve de todo, sobre todo miradas de cotización. La mirada especulativa intercambia su divisa. Los cuerpos y sus respectivos outfit, que denotan grandes pretensiones de identidad, se ofrecen, con miradas cargadas de seducción hostil. Los cuerpos consumen y quieren ser consumidos; el clima del bar se ha transformado en una tasación de los otros. Más que un bar, parece una bolsa de comercio. El bar siempre ha sido un espacio de deliberación, de pensamiento y, por supuesto, de excesos. Sin embargo, con el excesivo consumo de cocaína que pulula entre mis pares, más el pernicioso consumo de pantalla, en particular de Instagram, he puesto en duda si acaso el bar sigue siendo un bar y no otra cosa. ¿Qué? No sé. Lo que sí veo claro es que los modos de interacción están absolutamente trastocados y que un acontecimiento trágico es inminente.

También me enteré hace poco de que hay un personaje que anda ofreciendo la droga “con la que violan a las mujeres”. Hay una distorsión desatada en el que era mi bar y que al mismo tiempo no estoy dispuesto a perder por advenedizos de conductas ultraneoliberales, cuyos discursos y perfiles en redes quieren demostrar lo contrario. Capitalismo y esquizofrenia, máquinas deseantes, “el capitalismo es iletrado”, etc. Los espacios hay que disputarlos. No castigo el consumo de drogas, no soy ningún santo, claro que no, pero las consecuencias de este consumo son muy difíciles de contener, sobre todo en contra de las mujeres. Una cosa es consumir por divertimento, pero la indolencia de consumir en relación a la situación del país sólo exacerba la desconexión política entre pares. Después, todo lo arreglamos por redes sociales. Subo una foto, un comentario politizado y listo. Un bar debiera ser un espacio de cuidado, de comunicación al termidor.

La gente sólo conversa cuando está muy dura; cuando no lo está tanto, revisan sus cuentas de Instagram en los celulares. La situación es tan básica que hasta un chiste de hace años de Coco Legrand explica la situación. ¿Cuál es la relación entre arte y redes sociales hoy? Hito Steyerl puede tener la respuesta. Por supuesto, debiera ser una relación crítica, o al menos recursiva. Pero la cultura es la “cooltura”. El vacío general es tan grande que los affordements de redes suplen la búsqueda heraclitiana de cada sujeto, hoy pura merca.

Quiero insistir en la relación narcótica entre pantallas y narcóticos. Una vez mi padre me dijo que nunca fumó pitos porque en su juventud, plena dictadura, no podías andar distraído, menos si eras de izquierda, menos si eras frentista. Por otra parte, está la hermosa frase de Paulo Leminski: distraídos venceremos. Quizá hoy, para poder distraernos, debamos superar las lógicas que se anteponen a un relajo tal que podamos dejar de prestar atención. Para el mismo François Dubet la experiencia social y las lógicas de acción son una manera de construir y experimentar lo real, que responden a una gran diversidad de principios o reglas culturales delimitadas de antemano, no orgánicas, que como resultado organizan las conductas en sucesivos juegos de identidad, ya no como un ser sino como un trabajo cotidiano. ¿Qué es sino el perfil de redes sociales?

Al margen de influencers, todos trabajan gratis para su propia cuenta y modelación del perfil, que no es un yo sino una disociación algorítimica del yo. Las lógicas que hay detrás de estas conductas modeladas son básicamente tres: la lógica de la integración, que remite a la función socializadora de la sociedad, donde la gente tiene Instagram y adopta sus prácticas para sentirse parte de; la lógica de la estrategia, donde toda acción del sujeto queda supeditada a su instrumentalización, amparado en una “racionalidad utilitarista”, y, por último, la lógica de la subjetivación, la más engañosa, que supone que el sujeto opone una distancia de sí mismo, cuya capacidad crítica lo establece como sujeto y lo confirma en su identidad, sea cual sea.

La interfaz tecnológica plantea una infraestrcutura performativa, la que permite que ocurran cosas, media (qué palabra), sugiere, cuantifica y mide la vida social. En otras palabras, esta hiperexacerbación subjetivista, no es sino una arquitectura computacional, controlada remotamente (Silicon Valley es el lugar), incidiendo en la experiencia de los usuarios. Pantallas (redes) y drogas, capitalismo y esquizofrenia. Lo que intento decir en el fondo es que las instancias sociales, el instagramismo cooltural, son espacios de negociación (negación del ocio) y de competencia que permite corporizar la presencia en el espacio online o virtual mediante los recursos visuales, ya sean fotos o videos. Todo esto posibilitado por las estrategias y recursos que la plataforma, cual sea, propone. Es decir, en estas instancias, nuestra experiencia es limitada de antemano.

Como lo señala Enrique Dussel, que hace poco se presentó en la Filcs 2023: esto lleva a las personas “a borrar la distinción entre la expresión personal y la publicidad, y a mercantilizar la identidad propia como un bien que hay que vender o consumir”.

Sólo quiero ir tranquilo a mi bar y que vuelva a tener el mismo nombre de antes.