Columna de Sebastián Gómez Matus: Día Internacional del Libro

Hoy se celebra el Día Internacional del Libro, que a la base de su efeméride tiene un grave error de lectura de calendario.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Ilustración: WWW.MHNV.GOB.CL

Quizá, junto con el Día de la Poesía, el Día del Libro sea el más representacional de los días que se celebran, como el Día de la Mujer, el Día del Padre o el Día de los Inocentes. Todas estas invenciones tienen como base no celebrar en realidad lo que se celebra, y esconden, malamente, un único objetivo: el comercial. Seguramente mucha gente fue a comprar a una librería de cadena tipo Qué leo (que alcanzó a tener una editorial) o la típica Feria Chilena del Libro para regalar un libro de mierda, sobre todo si alguien estaba de cumpleaños, como mi hermana Lila, Cervantes, Shakespeare o el Inca Garcilaso de la Vega.

De hecho, se celebra este día (celebrar es un decir, ¿se conmemora?) porque los tres escritores mencionados murieron en esta fecha. Sin embargo, hay un error de lectura: la Inglaterra de Shakespeare tenía otro calendario, el juliano, por lo que murió otro día. Aparte, según recuerdo, Shakespeare murió el 22 de abril y fue enterrado el 23. Shakespeare, que para Bloom inventó la modernidad, fue y seguirá siendo una referencia ineludible a la hora de leer literatura propiamente tal. Es terrible tener que hacer la distinción entre literatura y una literatura de verdad, digamos, una literatura menor, aunque no sea el caso del poeta dramaturgo. En realidad, quien inventó la modernidad y la superó de inmediato, fue Charles Baudelaire. Si no me creen, lean el libro de Calasso (por sobre el de Benjamin).

Los “Comentarios Reales”, del Inca Garcilaso de la Vega son un libro muy específico y de seguro mucho menos leído que “El Quijote” o alguna obra del inglés. Tal vez no sea necesario leerla, menos obligatorio, pero es un libro desde el cual se puede comenzar a pensar de otro modo la vida en América Latina.

Se supone que la posmodernidad tenía como meta superar la lógica de la representación y no ha hecho más que saturarla al punto de que todo está en representación de nada. Digo esto porque este tipo de días están en representación de algo que no ocurre.

No voy a recurrir a las estadísticas de lectura, consultables desde cualquier lugar del mundo, sino a los biempensantes que quieren hacer de la lectura una obligación o una política. La persona que lee, lee por placer. Ese placer se transforma en un hábito y es la continuidad de la infancia en la adultez. La persona que lee, lee porque siempre ha leído y nadie le ha dicho “lee”.

No leer no es un pecado, pero vaya que se nota cuando alguien no lee. Esto no vuelve menos inteligente a las personas, pero tal vez sí menos magnéticas o menos profundas. No lo sé.

Leer es un hábito, no una obligación. A niños y niñas les matan el gusto por la lectura tempranamente, pero después se les exige que lean para ser cultos. Uno no lee para ser culto. Uno lee para seguir leyendo, uno lee para modificar su concepción de realismo, de realidad y de lo real. Es la archiconocida receta de Coleridge: “Suspender la incredulidad”. Cuando se lee, la realidad, lo real, toma otros contornos, expande latitudes mentales.

En un día como hoy sólo podemos recordar lo poco que se lee y por lo mismo lo mucho que se pierden las personas cuyo hábito audiovisual los aleja de su imaginación y comprensión.

En fin, ¿qué leer? De Chile, lean a Carlos Cociña y Alfonso Alcalde, lean a Gabriela Mistral y a Daniela Escobar. Lean a Gaspar Peñaloza y a Melissa Castillo. Pero, sobre todo, dejen de ver series y abandonden sus redes sociales.