Columna de Sebastián Gómez Matus: El absurdo chileno en el nuevo plan anti evasión

Tras el balance del ministro de Transportes, Juan Carlos Muñoz, se dieron a conocer las nuevas medidas para efectuar los controles.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

Cuando Chile parece batir todos los estándares del absurdo social, que se traduce en la hostilidad cotidiana en que se intenta vivir, el Gobierno se impone un nuevo reto en superar la estupidez que constituye lo político de Chile. Las nuevas medidas anti evasión continúan en la línea política de indisponer a los ciudadanos con su ciudad, apenas reconocible desde hace unos años. Estas decisiones continúan con la tradición castigadora, tan básica y tan pueril: si te portas mal, te castigo. 

Al parecer nadie se da cuenta, quizás a propósito de lo mismo, pero Santiago está invivible; ha de ser una de las ciudades con peor calidad de vida del mundo, aunque estos datos, como todos los datos, siempre son manipulables, ya que nuestra ciudad figura en tercer lugar con mejor calidad de vida. 

¿Qué se espera de una ciudad cuyo transporte público es un desastre desde su origen? Si el principal medio de conectividad cívica, micros y metro, es un caos, desde el comienzo del día hasta el regreso a casa el desplazamiento de la gente resulta estresante, violento y caro.

Desde el agolpamiento en los buses, el torniquete cuyo propósito parece ser otro: no dejan pasar a la gente con naturalidad, considerando que la obesidad también es un problema nacional. Además de la gente que viaja con bolsos, mochilas y niños. 

Una de las nuevas medidas es no abrir la puerta trasera, decisión irrisoria. Cuando una madre o un padre van con dos niños, sencillamente no puede pasar por el torniquete. ¿Habrá un micrero criterioso que deje pasar a los niños primero? Lo mismo cuando alguien va con un adulto mayor que depende de otra persona en su movilidad.

El otro día escuché que ya habían echado a varios choferes del recorrido 508, que como recorrido es maravilloso: atraviesa buena parte de la ciudad, pero como servicio siempre es decepcionante. Desde la calidad de manejo de los choferes a la frecuencia de los buses, que es peligrosa y ridícula: o bien no pasa nunca o pasan tres micros seguidas. Como el ministro no toma micro, no está al tanto del funcionamiento del transporte. Las medidas siempre se toman a ciegas o con datos que reflejan la pérdida económica que significa para el Gobierno y las empresas, pero siempre se pierde de vista el aspecto social de los hechos.

La pregunta es por qué no fiscalizan en serio el servicio de las empresas de transporte. Algunos micreros parecen desquiciados al volante, da la impresión de que manejar mal es una forma que tienen de desquitarse de su trabajo y de la gente. Es imposible manejar tan mal. O contraten más mujeres, por favor. 

Por otra parte, la industria automotriz no deja de vender autos: ¡ya no caben más autos en las calles de Santiago, que parece un psiquiátrico a cielo abierto! Es evidente que detrás de esto hay una planificación; las cosas no pueden salir tan mal si no es a propósito. Sobre todo en la frecuencia de las micros.

Al parecer este Gobierno, embustero y populista, no recuerda por qué se produjo el estallido en 2019. El transporte público es el torrente sanguíneo de una ciudad. Si desde la base del comienzo del día la ciudadanía se expone a un servicio alienante, ¿qué se espera del país? Chile está sumido en la esquizofrenia social, la ansiedad se percibe en cada acto, Santiago es una “ciudad” frenética, con una de los peores índices de salud mental. 

El Gobierno parece haber perdido de vista el país, a la gente, a quienes les endulzaron la paila con palabras tan vagas como vacías. En fin, un gobierno es un gobierno… No sería extraño que esto vuelva a estallar por algún lado. Desperfiladas las causas o motivaciones sociales, de haber un probable estallido la violencia será mucho mayor, ya que la intolerancia dentro de la ciudadanía es una suerte de dispositivo político favorable para el sistema económico chileno. El estrés genera gasto, y el gasto se dirige a las arcas de los facinerosos de siempre.