Columna de Sebastián Gómez Matus: El día del libro vacío

Todo va en alza, menos el pensamiento y la reflexión en torno a cómo estamos haciendo de nuestra cultura una mercancía.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

Como muchas fechas que conmemoran algo, el Día del Libro es una fecha vacía, meramente representacional, políticamente correcta, es decir, hipócrita. Si bien las cifras de comprensión lectora espantan, resulta cínico de nuestra parte pedirles a los niños que lean. Tampoco vamos a decir que en Chile no se lee: prácticamente todas mis amigas y amigos leen, yo mismo leo (y ¡ay! escribo). Sin embargo, bastaría ir a una librería de ediciones independientes para revisar los libros de algunos autores bisoños cuyos precios bordean o sobrepasan los $20.000. Así es bien difícil siquiera acceder a la lectura, aunque también hay libros en línea y siguen existiendo las bibliotecas.

De hecho, está por cerrar la Librería de Ocasión de don Héctor Muñoz y su hija Patricia, emblemática de Santiago, que desde 1980 opera en el mismo lugar que fuera bodega de Espasa-Calpe. El otro día estaban rematando todo a luca. Para los lectores de cuño, se acaba una época y ojalá hubiera alguna conmemoración a la labor de padre e hija, que tanto dieron por sostener lo inevitable.

Desde el año pasado se dice que hay un alza en el papel, que las imprentas, etc. El reclamo es un lugar común entre editores. Todo va en alza, menos el pensamiento y la reflexión en torno a cómo estamos haciendo de nuestra cultura una mercancía. Máxima situacionista: la cultura es la mercancía que vende todas las demás mercancías.

En un circuito literario eminentemente subvencionado por el Estado, primer cliente de esta literatura fordista, estrechando aún más la circulación de las mercancías literarias, los libros que se publican de parte de la mayoría de las editoriales mal llamadas independientes quedan circunscritos a un territorio dramáticamente sesgado por una variable que parece olvidada: la clase social. La lectura, nihil novum sub sole, sigue siendo un privilegio de clase. Y la palabra privilegio, a estas alturas, es un chocolatito comodín. Por lo demás, los agentes del libro y de la cultura tienen más pasta de empresarios que de verdaderos escritores o editores.

En otros términos, la lectura parece ser una excusa para levantar un quiosco personal con los impuestos de la gente que no lee, que no tiene libros en su casa, pero que tal vez quisiera leer alguna novelita lumpen, una Nancy o la ciencia ficción de Ilda Cádiz, recuperada hace poco tiempo.

Así las cosas, la palabra conmemoración parece un mal chiste o un signo vacío, como ese título de Josefina Vicens que parafrasea esta columna, clásico mexicano que trata sobre la imposibilidad de escribir, a propósito de esta época de lectura imposibilitante, si me permiten el neologismo. Son tantas las cosas que podríamos conmemorar como especie que nos faltarían días del año y años del tiempo, nuestra ficción por excelencia.

Otro absurdo del festejo es la incongruencia de las fechas. Se supone que Cervantes y Shakespeare murieron el mismo día, pero lo que todo el mundo omite es que en el siglo XVII España e Inglaterra tenían calendarios distintos, y que el 23 de abril de los ibéricos no era el mismo 23 de abril que el de los británicos.

Aun así, resulta literario pensar que para que murieran el mismo día tenían que morir en días distintos. Allí entramos de plano en la literatura que, como señalara el escritor argentino César Aira, es lo incomprensible. ¿Habrá un día que conmemore lo incomprensible, lo irreparable, lo reversible: la literatura? En lo personal, lo único cierto es que hoy es el cumpleaños de mi hermana, que hace un esfuerzo por leer, pero, como todos, siempre se quedan en el esfuerzo. O de plano en la excusa.

Por último, una postal: a mediodía estaban regalando libros afuera de la Casa Central de la Universidad de Chile. La fila llegaba hasta la Librería Chilena, que suele tener una que otra oferta interesante. Decenas de personas esperaban recibir hasta dos libros por cabeza, como me contó una de las organizadoras, cuando apareció un guanaco por la Alameda tirando agua a la gente porque “pensaron” que había un disturbio y la gente no se quiso mover ante la advertencia. Si esto no es un signo de incomprensión lectora, ¿qué es? O bien, ¿qué hacer? La respuesta parece ser una sola: leer.

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.