Columna de Sebastián Gómez Matus: El enigma K

Cada vez que se cumple un aniversario de la muerte o del nacimiento de Kafka pienso lo mismo: murió exactamente un mes antes de la fecha de su cumpleaños. O bien: nació un mes después de la fecha de su muerte. Ociosa idea, aunque llena de implicancias novelescas. Aun así, no deja de sorprenderme que alguien muera el 3 de julio habiendo nacido el 3 de junio. Parece una broma y, viniendo de Kafka, con mayor razón.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

El autor checo Franz Kafka pasó a la posteridad por sus novelas oscuras, enrevesadas, asfixiantes; en una palabra: kafkianas. No son tantos los autores que logran generar un adjetivo a partir de la atmósfera o estilo de sus libros. Sin embargo, en el caso de Kafka hay un gran malentendido. Él no era un tipo deprimido ni una suerte de paria en la comunidad judía de aquel tiempo. Por el contrario, tenía bastante vida social, era guapo y simpático, conocidas son las correspondencias con sus prometidas, la amistad con Max Brod, etc.

El único problema era su familia, que determinó algo crucial de su escritura y que tanto para exégetas como para algunos escritores es motivo de elucubraciones ociosas, es decir, literarias.

Kafka solía escribir todo de un tirón, en una noche llegaba al punto final. De hecho, si leemos atentamente “Contemplación”, su primer libro, la perfección de cada relato, por breve que sea, contiene la unidad de lo que se hace a la primera, sin dilación ni interrupciones. También fue el caso de “La condena” (1912), su primera obra maestra, escrita en la noche del 22 al 23 de septiembre. De allí quedó el método, anclado en la tensión que vivía en la casa familiar.

Kafka parecía desechar todo lo que no era escrito así. De hecho, “La metamorfosis”, escrita en dieciocho días, siempre le dejó una suerte de regusto amargo por no haber contado con una noche más larga y profunda, lejos de su casa, para haberla escrito de un solo envión.

A nosotros, como lectores, no nos afecta porque la nouvelle se deja leer con el método complementario de lectura: en un abrir y cerrar de libro.

Para nadie es un misterio la fama mundial de Kafka: es un clásico. Sí, ¿pero un clásico de qué? Un clásico de la literatura. Sí, ¿pero de cuál literatura? Pues la única que hay: la literaria. ¿Qué significa eso? Que Kafka inventó una literatura que comienza y termina con él. Lo kafkiano lo acredita, pero no sólo eso: es su existencia, el enigma K, la que dio pábulo a que se investigaran sus libros, se escribieran biografías, proliferaran las traducciones y, lo mejor, que se lo siga leyendo.

Por supuesto que detrás de Kafka hay al menos dos escritores relevantes, que también son una literatura en sí mismos: Von Kleist y Walser. Es conocida la admiración de Franz Kafka por el escritor suizo; también hay una reseña sobre las “Anécdotas” del escritor romántico, cuyo libro “El terremoto de Chile” tiene una vigencia intacta en nuestro país.

Incluso, en la reseña de Kleist, leemos un comentario que bien puede aplicar para su propia obra: “Es un espectáculo cuando las grandes obras, a pesar de una arbitraria fragmentación, continúan viviendo de su indivisible esencia”. Es esto, la esencia indivisible, lo que Kafka puso en práctica en su método de escritura que, por supuesto, no está sistematizado: era un modo personal.

Con todo, nunca es suficiente con el autor de “El Castillo”. Siempre se vuelve a él, siempre se lee y qué victoria que una literatura tan extraordinaria pase a ser parte del acervo cultural, que tenga un número en las colecciones de literatura universal que venían con los diarios.

De hecho, la última traducción notable de “La metamorfosis” la hizo César Aira, un escritor que también logró afectar a la literatura con un adjetivo patronímico: lo aireano.

En fin, se cumplen 100 años del fallecimiento de un autor que ha resistido todos los contextos políticos, todas las culturas, todas las revueltas y las modas ideológicas cuya ideología verdadera es la moda. Allí están sus libros, que de algún modo contienen el mundo en el que vivimos y en el que tan poco alcanzó a vivir él. Gratitud eterna con Max Brod.

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.