Columna de Sebastián Gómez Matus: El fútbol ha muerto

El Superclásico del domingo, ese partido, si acaso se le puede llamar a eso un partido y no un simulacro, dio cuenta del estado de las cosas en nuestro país. Puede parecer un asunto baladí, pero realmente es gravísimo.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: PHOTOSPORT

Apenas unos días después de que el “Káiser” Pizarro asumiera como ministro del Deporte, se jugó el peor Superclásico que haya visto en mi vida. En el bar, nos dedicamos a conversar y beber, mientras la gran mayoría de los comensales no daba crédito de lo que se transmitía por la tele. En cancha estaba su hijo Vicente, da mucha alegría verlo en cancha vistiendo la tricota del Cacique. Hizo lo único lindo del partido: una “macha” en el medio hacia el final del primer tiempo. El resto fue tedio absoluto. Menciono a su padre a propósito del concepto que desarrolla el poeta Erick Polhammer en “Pelota muerta”, cuando escribe sobre la “continuidad” que le daba al juego. Por los pies de Jaime Pizarro todo era río, un jugar heracliteano.

Lo del domingo no sólo fue un mal partido, sino que dio cuenta de un estado nacional de las cosas. El fútbol chileno es malísimo y se debe a una sola cosa, que es extensiva a todo el país: la privatización del goce, que una vez privatizado no puede ser goce. Recién vimos con Antonia lo siguiente: privado tiene el iva en su centro. En Chile, todo va en dirección opuesta a la satisfacción de los gustos, todos manidos (todos inventados) que pueda tener la ciudadanía, si existe algo tal.

Los jugadores esta vez no jugaron nunca a la pelota, fue una aberración, porque se notaba que el partido estaba decidido de antemano, por gente que no juega ni a la bocha. Chile está en manos de gente que está dispuesta a embargar hasta el mínimo goce de las clases populares sin tener ningún tipo de relación con la vida ni talento más que la expropiación, que no es un talento. Quizá los colombianos nos podrían enseñar a eliminar la clase política-empresarial junto con Simone Weil.

Qué lejos estamos del Colo Colo del Bichi Borghi, ese equipo subversivo que salía a divertirse, a gozar, incluso en pleno neoliberalismo rampante, quizá todavía no tan convencido de que tenía la vida en el bolsillo. La culpa no es de Quinteros, al igual que Boric: le rayaron la cancha.

De la U, no podemos esperar nada. ¿De Chile? Debiéramos esperarlo todo, lo digo sin remordimientos. Es una cuestión de particularidad lingüística. El estado de cosas es patético en grado sumo. Pero lo del domingo es un acontecimiento que tiene que ver con la infancia, con la destrucción de la infancia.

Todos los que estaban en la cancha soñaron de niños con jugar el partido que no jugaron esta vez. El empresariado incluso es capaz de meterse en el sueño, en la realización del sueño del “ser insoñado” del que hablaba Mirbeau en “La huelga de los electores”. La antigua pregunta leninista: ¿qué hacer? Lo que decía Antonia: abandonar el consumo de fútbol profesional por acercarse a la pichanga de barrio, al partido espontáneo. Poner los ojos en otra cosa, quitarles la plata restando la participación, esa trampa ciudadana.

El inicio de la privatización del fútbol no es tan lejano en el tiempo, y la grieta más profunda tiene que ver con que para jugar una pichanga hay que pagar, inscribirse, hacer un grupo de whatsapp. ¿Por qué los mejores jugadores terminan siendo de derecha? Eso no tiene sentido alguno.

Cuando era niño, todo era cancha. En las calles los autos se detenían cuando los niños jugábamos. Poníamos dos champas a cada lado y jugábamos todo el día, apenas entrábamos a comer, nos acostábamos raja sin necesidad de ver tele ni consumir ningún tipo de distracción pantallística.

Lo decía Juan Ramón Riquelme, que fue el mejor jugador que vi en mi vida: jugar a la pelota se trata de ser feliz. Una cosa es jugar a la pelota, otra es ver un partido de fútbol.

Esta vez no hubo Superclásico, hubo neoliberalismo a la chilena.

Lo digo yo y estoy seguro.

 

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.