Columna de Sebastián Gómez Matus: El material artístico que sepultó la dictadura

Durante el régimen militar murieron muchos y muchas artistas de distintas disciplinas que no tienen la visibilidad de otros en la reconstrucción de una memoria.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

La novela “El material humano” de Rodrigo Rey Rosa comienza con una investigación sobre artistas que habían sido objeto de investigación policiaca o que colaboraron con la policía durante el siglo XX en Guatemala, pero al investigar en un archivo inédito de la historia de su país se encuentra con una suerte de historia de la policía nacional.

En ese sentido, siempre resulta sugerente la siguiente frase de los diarios de Pizarnik: “No poesía, sino policía”. La relación entre arte y policía, entre libertad y represión, siempre ha sido estrecha.

En la dictadura chilena desaparecieron y asesinaron a muchos artistas, con más o menos obra que los emblemáticos, pero al fin y al cabo eran artistas, y no sólo merecen mención, sino que justicia. En cualquier época, sobre todo en dictadura, ser artista es peligroso, tanto para el artista como para la estabilidad de un sistema cultural, político y económico. Justamente porque en el arte estas tres nociones funcionan de manera distinta, diríase contraria.

El tratamiento institucional de la figura de Víctor Jara tiende a metonimizar a las otras víctimas de la violencia e impunidad de los ejecutantes, materiales e intelectuales, de los crímenes perpetrados por la dictadura cívico-militar (que sigue siendo otra metonimia, pues esos crímenes fueron cometidos por personas con nombre y apellido).

Entonces, ¿rescatar los nombres de otros ejecutados políticos supone rescatar a sus verdugos? Una historia de la represión también es una historia de la impunidad, de la probidad de nuestras instituciones a cargo de la justicia y de la institucionalidad de la memoria. ¿Qué o a quiénes elegimos recordar?

Da la impresión que cualquier forma de recordar parece ser injusta salvo la ficción. La novela de Rey Rosa, publicada en 2009, cuenta parte de su historia personal desde la historia de la policía nacional de su país, y en vez de volver representativas o emblemáticas las figuras de artistas perseguidos, que es lo que suele hacerse, da cuenta de la lógica represiva que se aplica sobre artistas y civiles.

Detrás de la emblemática muerte de Víctor Jara, el artista por excelencia de este período oscuro, hay nombres menos conocidos como los de Jorge Peña Hen (foto principal), que entre otras cosas fundó la primera orquesta sinfónica infantil de Latinoamérica; los músicos Luis Enrique Elgueta y Jorge Solovera; el actor Ismael Darío Chávez y la actriz Ana María Puga; el artista Hugo Riveros, el escritor Ariel Santibáñez y la pareja de cineastas Jorge Müller y Carmen Bueno, entre muchos otros de quienes no tenemos noticia, más todos y todas las artistas que no continuaron en el arte por diversos motivos asociados a la violencia sufrida en esos años.

Baudelaire escribió en “Mi corazón al desnudo”: “Las naciones sólo tienen grandes hombres a pesar de sí mismas, como las familias. Hacen todos los esfuerzos posibles para no tenerlos. Así, el gran hombre, para existir, debe poseer una fuerza de ataque más grande que la fuerza de resistencia desarrollada por millones de individuos”. Quienes desaparecieron o fueron asesinados en dictadura por ser artistas contradicen desde la memoria el presente de la cultura nacional, achatada por la agenda de lo políticamente correcto y la tendencia en los lineamientos culturales, donde pensar fuera de lo pensado y lo pensable siempre es mal visto.

En otras palabras, la idea de un artista precursor de instituciones (como la memoria, que sólo le falta un ministerio) es tan absurda como la jerarquización de las muertes artísticas en un campo que debiera regularse mediante su calidad, y menos que la democracia haga del arte un producto estándar, sobre todo si queremos recordar a los artistas que asesinaron por ser artistas.

Por último, no olvidemos que aún se debate sobre las circunstancias de la muerte de Neruda.

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.