Columna de Sebastián Gómez Matus: Este domingo, el lugar sin límites

Nuevamente Chile se enfrenta a los comicios constitucionales. Tenemos que votar por antiguos conocidos y nuevos aparecidos, todos en la misma búsqueda: la tajada que no les corresponde.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ATON

Ayer fui a un cumpleaños con mis hijos y uno de los papás asistentes se instaló conmigo a conversar del gran tema: Chile. ¿Chicle?, le pregunté, y esbozó una sonrisa atorada. Coincidimos en que su hija, ex compañera de mi hijo, había entrado en un colegio Waldorf donde trabajo como profesor de Literatura. El gran tema: la educación en Chile. Mi interlocutor había vivido en la Argentina y está casado con una argentina. Conclusión: la realidad de Argentina siempre será argentina, argentinísima; la nuestra, hoy, no se sabe qué mezcolanza es. En Chile, esto no es nada nuevo, el Estado es un fantasma funcional de la exasperada especulación mercantil. Chile no tiene Estado como no sea un remedo de. Por eso estas votaciones son tan ridículas como perniciosas. Votar es simulacro y espectáculo. Ver a Ravinet es una suerte de racconto que, en tanto Chile, podemos soportar. Lo más triste: jóvenes promocionando su candidatura por unas cuantas chauchas en la feria.

El escándalo de la semana fue la candidata narcotraficante. Movida mediática clave de la derecha. Claramente, impresentable que una candidata esté vinculada con el narcotráfico, ¿pero cuántos están no sólo involucrados, sino que a favor de la violación de los derechos humanos? Traficantes no, pero filoasesinos sí. Mujeres no, pero empresarios sí. El resabio patronal en Chile es demasiado firme todavía en las tectónicas sociohistóricas de “nuestra” patria. La filósofa Diana Aurenque escribió en La Tercera que, a pesar de todo, estas nuevas votaciones confirman y fortalecen los procesos democráticos del país. ¿Qué serie estará viendo? La idea de simulacro en Baudrillard, podría ser esa la serie que le falta ver, seguramente con gran desfase. “Nuestras” instituciones son un simulacro institucional cuya función es, justamente, separar ciudadanía, si acaso existe tal cosa en Chile, de instituciones. La función de estas últimas, vaciar de sentido lo instituido: educación, salud, vivienda, etc. Esta instancia de votación es una nueva avanzada de la derecha y un nuevo simulacro de participación y decisión. La izquierda, como es habitual, no sabe qué hacer. En Chile todo está cocinado de antemano.

“¿Hasta cuándo?”, me preguntaba un vecino el otro día, abogado y otrora estudiante de la Escuela de Artes Gráficas de San Miguel. Esa parece ser la pregunta que Raúl Zurita debiera estampar en el cielo hoy día. ¿Hasta cuándo? Insisto: el país está embutido en el concepto de sobredeterminación de Althusser. La olla de grillos está por estallar, sólo que esta vez el estallido no será social ni nacional en el sentido en que lo fue el 2019. El estallido que viene será uno sin precedentes debido a la nueva configuración demográfica y sociocultural del país. La migración es una capa social que funciona a favor de la derecha, es decir, están armados. El hasta cuándo se responde solo, como todo en Chile: hasta que la realidad se rebalse. El espectáculo político tiene su base en que Chile no es un Estado propiamente tal. Todos los demás países de América Latina, quizá con la excepción de Perú, que también tiene instituciones sociales (educación y salud, por ejemplo), Chile es el único país que funciona como empresa, como transnacional, en su mar donde tranquilo se bañan las corporaciones. Incluso Venezuela, cuyo totalitarismo encuentra su razón en el reverso capitalista de la realidad extrafronteriza, también ha tenido salud y educación social.

Estos 50 años desde la Dictadura son 50 años que se adelantan sobre nosotros como una cuesta empinada, casi rectángula. Los procesos sociales de Chile necesitan, al menos, de 50 años para poder cosechar los frutos ficticios de los cuales se habla hasta hoy. Además, la relación con el tiempo está absolutamente trastocada, entonces estos 50 años pueden ser 5 minutos o 500 años en un agujero negro digital. Todos los cambios sociales que Chile debiera tener deben pasar por la Constitución, pero por favor miren a candidatos y candidatas: Chile no cambia. Es uno quien debe cambiar. El chileno, la chilena, soporta todo, aguanta todo con tal de no participarse en su propia vida, en su propia comunidad. Si seguimos esperando resolver “esto” desde la política, desde lo institucional, si seguimos creyendo que nuestra democracia funciona (¿y qué significa esto? ¿Que no tenemos derecho a irnos o a dejar la cagá?), es porque estamos muy ocupados viendo series y trabajando gratuitamente en nuestra atomización a través de redes y plataformas de opinión pública. Ya lo dijo Bourdieu en los 80: la opinión pública no existe. A veces pienso que la mejor forma de revolución o revuelta social posible es hacer caso al lema infrarrealista: abandónenlo todo. Habría que abandonar Chile, sólo que Chile, hoy por hoy, no supera el estatus de app, y la reflexión en torno a ello no supera el tuit. La política es delincuencial, ergo, la realidad es delictiva. Votar, hoy, es autodelinquir.

 

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.