Columna de Sebastián Gómez Matus: Feliz cumpleaños Gabriela Mistral, madre de Chile

Un día como hoy, 7 de abril, en 1889, nacía en Vicuña Lucila Godoy Alcayaga, conocida universalmente como Gabriela Mistral, nuestra poeta más irreductible y todavía por descubrir en su dimensión más práctica-poética. Una tarea pendiente.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

Nuestra Gabriela, cuya cercanía con la tierra y la gente nos vuelve próximos al espíritu del pueblo de los seres vivos y nos aleja de mezquindades culturales, provino de una familia muy modesta, en cuya casa natal hoy se encuentra el museo que lleva su nombre.

Vivió en diversas localidades de la Región de Coquimbo que, a propósito, tiene su nombre en entredicho, pues hay una campaña para que se llame Región de Coquimbo de Gabriela Mistral.

Esto, más que un homenaje, es un acto de justicia poética, ya que la poeta dio a su región y al país lo que nadie más pudo entregar, ni siquiera los otros tres grandes. Dicho esto, quiero plantear una idea: hay que sacarla del billete de 5 mil pesos; es una afrenta que, una mujer tan austera y alejada de la ambición esté en un billete. Hay un sinfín de rostros que debieran aparecer en los billetes; no quiero nombrarles porque ellos no deben estar cerca del nombre de nuestra poeta. Pero aparecer en un billete debiera ser una forma de broma y/o castigo público-pecuniario.

Entre los tres y nueve años, Gabriela vivió en la localidad de Montegrande, pueblito adonde está destinado lo que recaudan sus derechos, vía la orden franciscana.

No haré un resumen de su vida, pues esos datos, al menos los más gruesos, están al alcance de todos. Sí quisiera referirme a que, a pesar de que algunas editoriales independientes han reeditado algunos de sus libros, ella sigue siendo objeto de disputas y acaparamientos por parte de algunas y algunos aduaneros de las letras. No obstante, hasta hoy, se percibe más una cháchara alrededor de su figura que una lectura profunda de su dimensión como mujer y como maestra. Como poeta, ni se diga, la gran mayoría de las poetas no le han hecho ni cosquillas a su trabajo como no sea para pergeñar algún fondo que les permita continuar su senda acomodaticia y neoliberal.

A Gabriela le hicieron la vida imposible, y si no hubiese sido por la profunda amistad que la unía con Pedro Aguirre Cerda, que la protegió como ninguno, tal vez no hubiésemos tenido el corpus de obra y la mitología personal que supo erigir a pesar de y contra todo.

Entre las huestes feministas se vindica a Amanda Labarca junto a la poeta, siendo que ella quiso “funarla” en su momento motejándola de lesbiana, una jugada sucia donde las haya. En ese momento, se sabe, ser lesbiana tiene que haber sido una especie de herejía irrevocable. Hay que leer un poco para tener cuidado con las estrategias políticas de posicionamiento profondos. Mistral merece nuestro respeto y cariño; para eso hay que leerla de punta a cabo y seguir buscando en los archivos lo que he denominado “una pedagogía mistraliana”.

Gabriela Mistral, nuestra madre sin ser madre, nuestra madre espiritual, la cordillera del sol que se pone en nuestras mentes cansadas de tanto chicle político. Una forma de celebrarla es leerla y tomar la herencia de su pensamiento como un reto para enfrentar los difíciles años que la clase político-empresarial ha instalado a punta de flujos de capital humano.

Mistral es clave y cumbre de la pedagogía poética con la que debiéramos criarnos, educarnos y querernos: “Una escuela sin techo ni hora”. La posición de aprendizaje, de escucha, es fundamental en estos días de barullo y andamiaje discursivo. No olvidemos que la poesía es el camino de lo genuino. Tampoco olvidemos que Gabriela Mistral dijo: “No sé olvidar”. En eso radica su posición; todo lo que le hicieron es lo que nos seguimos haciendo entre nosotros.

La cultura como industria va en dirección opuesta a la literatura y las artes; asumir a Mistral significa repensar las condiciones de posibilidad de una cultura distinta, donde ésta no sea una mercancía y una asignación de recursos públicos que favorecen la corruptela de los hoy llamados “agentes culturales”, noción con tufillo policial y publicitario, si acaso no se confunden en algún punto, por lo menos trabajan en detrimento de la poesía y su comunidad desobrada.

Siempre pienso en si tal persona estuviera viva, qué harían todos estos personeros. Y como Mistral vive y es eterna, tenemos que celebrarla haciéndonos cargo de su poética. A no quedarse en los laureles.