Columna de Sebastián Gómez Matus: ¡Feliz cumpleaños, Violeta Parra!

El 4 de octubre de 1917 nació una de las principales artistas que haya dado la tierra que llamamos Chile.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

Violeta Parra nació en San Fabián de Alico, Región del Ñuble, y fue una de las más grandes artistas, compositora, cantante, música y poeta chilena. De origen humilde, como casi todos los grandes artistas de Chile, salvo honrosas excepciones. Imposible omitir el clan que significó la familia Parra para el desarrollo de una cultura popular de altísima calidad en nuestro país.

Provino de una familia bastante sui generis, fruto de la relación de Nicanor Parra Parra, que era profesor, guitarrista y violinista, y de Rosa Clarisa Sandoval Navarrete, tejedora y cantora campesina, que pasó a la historia “como la mujer menos afortunada de Chile”, en el poema del antipoeta, su hijo Nicanor Parra.

Tras dejar la Escuela Normal de Niñas, Violeta se dedicó a tocar en bares y peñas de barrio, junto a su hermana Hilda, y posteriormente con sus hermanos Eduardo y Roberto, también sendas estrellas en el firmamento del folclor nacional. Después, a partir de la década del 50 y con el apoyo de su hermano mayor, comenzó sus primeras recopilaciones de la tradición musical popular, tanto en Santiago como en el resto del país. Todo este trabajo, que reúne más de tres mil canciones, se encuentra reunido en “Cantos folclóricos chilenos”, editados por EMI Odeón.

Los datos biográficos, bibliográficos y discográficos, consultables todos, aportan al conocimiento de su trabajo en tanto fechas y publicaciones. Lo realmente importante hoy, a 106 años de su nacimiento, es la recepción actual de su obra y la herencia estético-política de su biografía.

Pocas mujeres y en general pocos artistas chilenos tuvieron la vida que tuvo Violeta Parra, que hoy parece ser una amiga del mundo, impresión que a veces la transforma en la “Frida Kahlo” a la chilena: un símbolo manido y sujeto de disputas ideológicas. Lo cierto es que la radicalidad de Violeta no la vuelve comparable con la pintora mexicana. De hecho, resulta injusto comparar una obra tan feble como la de la pintora con el inmenso trabajo de la cantautora chilena.

¡A no convertir en emoticones sendas vidas, conciudadanxs!

Como es común en Chile, nadie es profeta en su tierra. Después de muerto, después de varios años bajo tierra, sobre todo si fuiste incómodo para tus compatriotas, comienza un reconocimiento que linda siempre en lo políticamente correcto o de plano recalca la obviedad de la falta de cultura y sensibilidad por obras o figuras como la de Violeta Parra.

Mucha gente habla y escribe sobre ella, pero nadie escribió mejor que su hermano en “Defensa de Violeta Parra”, donde leemos: “Poesía/ pintura/ agricultura/ Todo lo haces a las mil maravillas/ Sin el menor esfuerzo/ Como quien se bebe una copa de vino”.

La misma Violeta compuso una canción de cumpleaños para su hijo Ángel, que dice así: “Como no tengo qué darte/ Y yo te quisiera dar/ Yo quiero que los rayitos/ Del sol te han de dispertar/ Y por la tarde el lucero/ Que te venga a saludar/ ¡que el día de tu cumpleaños/ Y es cosa muy principal!”.

La relevancia de Violeta Parra tal vez recaiga en el hecho de que ella hizo su camino sola, con amigos y amores, era que no, pero trazó una vía personalísima, lo que la distingue de muchos y muchas artistas, sobre todo de la actualidad, en que todos se parecen tanto, incluso si provienen de mundos distintos.

Lo mejor siempre es volver sobre sus canciones, sus décimas brutales; sopesar la herencia de una vida como la suya, ese mito personal, una artista por donde se la mire, una mujer hecha y derecha en un mundo donde la mujer estaba fundamentalmente desprotegida.

A más de un siglo de su nacimiento, algo es claro: la vida y obra de Violeta Parra sigue siendo pábulo por diquelar. El asunto es integrar, sin imitaciones, la sensible fuerza que pasó por esta tierra, cuyo nombre debería estar inscrito en el cielo con letras del color de su nombre: Violeta Parra.

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.