Columna de Sebastián Gómez Matus: Fútbol fantasma

El clásico del domingo tiene que haber sido uno de los partidos más lejanos al fútbol que haya visto en el último tiempo. Un partido horrible, una falta de respeto para quien paga su entrada, una falta de respeto al fútbol.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ANFP

Sabemos que no es un fenómeno aislado: el Campeonato Nacional chileno debe ser uno de los torneos menos competitivos y menos atractivos del mundo. La pasión del deporte rey está de vacaciones, o bien ha sido confiscada, o bien ocurre algo que no somos capaces de detectar. Al respecto, tengo algunas hipótesis de trabajo que quisiera plantear, desde el partido del domingo a la realidad nacional.

En primer lugar, desde que el fútbol comenzó a ser una mercancía en Chile bajó drásticamente el nivel del campeonato. Cabría hacer una historia del fútbol, que contemple esta última etapa como decadencia. Un ejemplo: Universidad Católica, un equipo chico e hipocondríaco, sólo podía lograr un tetracampeonato en un momento como éste, propicio para el absurdo o lo inverosímil, donde el equipo con menos sangre del país logró algo que ni en su mejor momento pudo vislumbrar.

La Católica del Pipo Gorosito y el Beto Acosta fue lo mejor que tuvieron, y nunca estuvieron ni cerca de lo conseguido en la etapa ultraliberal del torneo nacional

El primer síntoma es que el fútbol chileno es un negocio y punto. Basta ver los sponsors de la actualidad, aunque ocurre en todo el mundo. Sin embargo, ver un partido de la Premier League, que también es un gran negocio, es un deleite.

Detengámonos en el trámite del domingo. Un amigo lo dijo muy claro: el planteamiento del técnico de la U tiene que haber sido algo así como “no hagan nada y si sale, sale”. Les salió, un gol horrible, que pilló muy mal parada a la defensa de Colo Colo, que hoy, con Almirón, al igual que en Boca, es un equipo regular, que no luce, que busca resultados sin jugar al fútbol. Vidal jugó parado; no hizo absolutamente nada por el equipo, trotó todo el partido.

El único jugador de la cancha que mostró (literalmente) que por las venas le corre sangre, fue la “Joya” (Carlos Palacios), que tampoco es una gloria del fútbol, sólo es “lo mejorcito” de lo que ha aparecido el último tiempo.

La U ganó de chiripa, ganó porque Colo Colo no salió a la cancha.

El estadio estaba hermoso para una gran tarde de fútbol, pero, en su lugar, tuvo escena el fútbol fantasma. Un remedo del juego, una réplica de algo que ha ido desapareciendo, un simulacro de clásico. Perder dejó de ser interesante. Ganar, lo que se dice ganar, no es un horizonte. ¿Dónde están los clásicos con resultados como 3-0, 2-3, 2-1, con expulsados, con espíritu?

Chile ha perdido su espíritu, todo entusiasmo, toda pasión es artificial, plástica. Fue realmente preocupante, desde el punto de vista sociológico, ver a un Colo Colo así.

Las imágenes que mostraban a Esteban Paredes eran elocuentes. Si entraba con jeans y con zapatillas, clavaba una pepa.

Hasta el resultado parece inverosímil; de todas formas, algún día tenía que ocurrir el milagro, pero no de esta manera. Los 23 años de paternidad absoluta del Cacique en su propio estadio pudieron haber terminado de una forma más estética, digna de un equipo “grande” que, como quedó demostrado esta vez, no lo es.

Fueron a celebrar a Plaza Italia: dignidad cero. La Universidad de Chile no es un equipo grande, no sólo por la composición sociocultural y política de su juego, de la institución, de la falta de estadio (¿se imaginan a River Plate sin estadio?). Tal vez lo fue, por default, por la misma centralización del país; además, en Chile, el origen de los clubes es muy particular: colonias e instituciones políticas (católica y laica).

Los demás, son equipos de provincia, algunos surgidos desde una empresa (Huachipato y Cobreloa, por ejemplo).

Lo que intento decir es que el modelo neoliberal de Chile ha permeado a tal punto nuestra realidad que ni siquiera el opio del pueblo conserva sus virtudes opiáceas. Habría que revelar las relaciones de producción que operan detrás del juego. La lentitud, la improcedencia del juego del domingo, era abismante.

Colo Colo tampoco hizo mucho por ganar, y una vez más quedó demostrado que le falta un goleador. Otro problema de Colo Colo es el planteamiento técnico. Esperemos que en la selección nacional se note la mano de Gareca, que es un ser humano, un ser humano argentino, es decir, un profesional de la pasión.

El primer tiempo fue un verdadero espanto para quienes gustamos del fútbol, al margen del club con el que simpatizamos. La U pasó 30 minutos en el suelo; si no era un defensa, era un delantero. Impresentable. Colo Colo, no salió a jugar de local.

Después, los periodistas y comentaristas, instalados en la cancha del monumental (¿por qué tienen acceso a un espacio sagrado?), analizaron el juego. Pero ¿había algo que analizar? La falta de ética es transversal: va de los empresarios del fútbol, pasando por los dirigentes, los jugadores y, por supuesto, el gremio del periodismo deportivo. Los periodistas más referenciales trabajan sobre un torneo que refleja el alma nacional, absolutamente destruida.

El fútbol, por lo menos en nuestro mundo, es el deporte más político que hay, y habría que recuperar eso de algún modo, puesto que está politizado, pero desde la vereda empresarial.

Ahora, ¿cómo se puede generar tanto contenido sobre algo que no merece el mínimo de atención? Esto sólo responde a un criterio económico. El fútbol nacional, o su fantasma, sigue siendo una economía hiperproductiva, pero realmente la mercancía que circula (la pelota no es una mercancía) no tiene valor opiáceo. El fútbol nacional hace años que agoniza. Existe, pero como existe un fantasma.

Después queremos clasificar a un mundial, pero en Chile no se puede jugar una pichanga si no se paga una cancha. Ya no hay potrero, barrio, corazón, fútbol. Cuando veo el fútbol argentino, los jugadores se matan en la cancha. El contenido que generan en los programas siempre tiene un componente emotivo, vinculante, a pesar de que también es una economía.

Comparar nuestro fútbol con el argentino es comparar nuestras culturas. A pesar de la inflación y la falta de recursos que viven nuestros hermanos trasandinos (no es que acá estemos en Jauja), los estadios están llenos, se vive con euforia, hay familias, niñas y niños, gritando por los colores de Boca o Racing, que el domingo jugaron un partidazo. Ni hablar cuando es un Boca-River. En fin, nuestra cultura, hasta la parte más popular, ya es un simulacro. Nuestro fútbol es un fantasma y no hay perspectiva de que esta realidad cambie. ¿Qué hacer?

 

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.