Columna de Sebastián Gómez Matus: “Ideas diversas”, de César Aira

Blatt y Ríos acaba de publicar el último libro de César Aira, poco más de cien páginas alucinantes de fragmentos que recopilan lo que indica el título, descriptivo al modo antiguo o a la manera del arte contemporáneo, siempre en la tensión de elementos contrastantes.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

De inmediato llama la atención el título que remite al primer tomo de este tipo de libros que ha sacado César Aira, “Ideas diversas”. Hace unos años UDP publicó “Continuación de ideas diversas”, lo que da a suponer que las entradas recién publicadas preceden en su fecha de escritura a un libro publicado con anterioridad o bien todas las ideas fueron extraídas de un fondo, esperemos que infinito, trastocadas en su orden cronológico pero ordenadas alfabéticamente, como fue el caso del primero.

La idea que le dedica a Chitarroni, que murió el año pasado, refuerza esta impresión. Este pasaje es revelador tanto hacia adelante como hacia atrás en el libro, pero también respecto de la teoría literaria de “las tres fechas” del escritor pringlense.

Quienes hayan leído a César Aira saben que vuelve sobre la idea de la ocupación del tiempo, que estaba en Proust, pero que está en toda persona que se dedique al arte o la literatura. Y para Aira la mejor manera de ocuparlo es leer y escribir.

El libro es de una austeridad a prueba de toda tendencia literaria; es un lujo, humilde, si acaso es plausible un oxímoron tal, que se puede dar un escritor como él, que, tras decenas de libros alucinatorios, escribe notas sobre tópicos tan diversos que se conectan en el conjunto del pensamiento del autor.

Vuelve sobre sus escritores y artistas predilectos (Duchamp, Lautréamont y Roussel) de una manera cada vez más clara, tal vez con el temor fundado de ser malinterpretado, aunque él mismo sepa que el malentendido sea el motor del mundo.

Hay unas ideas que destacan por su ética a contrapelo del presente respecto de la verdad. “La verdad, la sinceridad, la honestidad brutal con uno mismo y con los demás, la negativa a lo ambiguo en las relaciones, la decidida claridad, aunque duela… No hay cosa que yo deteste más que todo eso. No quiero vivir en un mundo donde reinen esas virtudes”.

La portada del libro.

Más adelante dice que la verdad “es un fenómeno de la lengua (hablada) marcado por el deseo de darle poder a la palabra”. ¿Hay una reflexión más pertinente respecto del presente en el que intentamos vivir? La supremacía moral ha sido un problema histórico insoluble para la especie, y hoy, parece haber recrudecido… ¡de parte de quienes critican esta supremacía estructural! No sé si hay algo más coercitivo y represivo que la verdad.

Aira, con la sutileza de una prosa exquisita, logra plantear problemas que no se leen en ninguna parte. Lo que posibilita esto, a mi entender, es que es un escritor que, siéndolo absolutamente, toma una distancia identitaria con lo que se es para poder seguir pensando y escribiendo; una distancia saludable respecto de lo que ha hecho como escritor. En otros términos, no milita en sí mismo ni ancla sus ideas en un marco de recepción establecido: es él quien abre permanentemente espacios de pensamiento sin compromiso moral previo.

En ese tenor, vuelve sobre ideas ya planteadas, como escribir mal (“escribir bien es fácil”), ataca la memoria como una reserva antiliteraria (quizá sea uno de los motivos por los cuales se lo lee poco en Chile), repara en el lastre de la hiperproducción textual marxista (contra la escritura de convicciones versus una escritura de incertidumbres), el infravalorado tópico de la calidad en literatura, asunto que hoy no se discute.

Su teoría es conocida: lo bueno se evalúa con criterios existentes, lo nuevo no se puede evaluar porque no hay criterios para ello. Ese es el arte por el que aboga Aira: una literatura cuya calidad no tenga marcos de referencia, sobre todo en la agenda política cultural, donde no sólo hay un manual, sino que también un índex.

Respecto de la calidad, hay una idea sobre un libro de dibujos de Miró. Tras toda una carrera de legitimación y reconocimiento como artista, cuya calidad (abstracta, por supuesto) ha sido vastamente probada, el pintor logra hacer unos dibujos que parecen hechos “con los ojos cerrados, o que podría haber hecho un niño de tres años”. Todas las innovaciones previas, para poder darse el lujo de hacer unos garabatos. Es como la frase de Picasso: “Me tomó toda la vida aprender a dibujar como un niño”.

Me atrevería a decir que al centro de la literatura de César Aira está la vindicación del continuo infancia-adultez, cuyo puente ha sido tendido por el placer de la lectura y la ocupación del tiempo en la escritura. No cabe duda de que Aira ha logrado su cometido: más que ser un clásico, ser un escritor de culto; un escritor que hace más feliz a sus lectores y que es un maestro para los escritores que lo leen, pero un maestro de koanes, una suerte de monje budista sui generis.

Corolario: “La novela realista es la que teóricamente debería poder reconstruirse a partir del menor pasaje que se haya conservado”. Todos estos fragmentos, más los anteriores y los que esperamos que vengan, nos permitirán reconstruir el caleidoscopio de la obra realista de César Aira, que a su vez reconoce haber fracasado como escritor realista, tal vez una coquetería producto de su refinamiento.

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.