Columna de Sebastián Gómez Matus: La ampliación de la armonía

¿Ensayo o columna? ¿Prosa y política, como aquella librería de nombre ridículo? He aquí un texto que pretende unir dos puntas para mostrar la forma del plano y su planificación, la estructura molecular del vacío que llamamos Chile.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

La semana pasada, camino al trabajo, iba pensando y escribiendo en mi mente el primer párrafo de una novela que se titularía “La armonía”. Días antes había pensado en una novela que según el dictum stendhaliano fuera un espejo de la realidad política actual, una suerte de novela-dispositivo o de novela-instalación, cuya fecha de caducidad siempre podría renovarse, puesto que la realidad en Chile es cíclica, por más que se genere una ilusión de progreso o de avance, distributivo (derecha) o identitario (izquierda). Esta novela se iba a titular “La ampliación”.

Con los dos títulos en mente, hice un ensamble: “La ampliación de la armonía”, cuyo subtítulo fantasma sería “la perpetuación del estado de las cosas”. Ese día en que pensaba en la primera novela mencionada, pregunté en la sala de clases (segundo medio) qué era la música. Una alumna respondió que “el arte de la armonía”. Pregunté qué era la literatura: el arte de la palabra, dijo un alumno. Pregunté qué era vivir y nadie supo responder. Concluí que vivir no es un arte, pero a partir de la vida surge todo arte. “Pero esas cosas sólo ocurren en las novelas”, claro, pero las novelas ocurren en la realidad. Uno las lee en la realidad.

La ampliación de la armonía sería una novela que retrata la vida de una mujer y un país, confundiendo ambas cosas en plena “feminización del trabajo”. Armonía, cuyo nombre es otro, trabaja en Palacio y realmente no quiere estar allí, aunque tampoco sabe dónde quiere estar (como el país), pero sobre todo, lo que menos quiere, es que la identifiquen como una frenteamplista. Es decir, no quiere que la identifiquen. La parte “ampliada” de la novela guarda relación con la jugada espacial que hiciera esta “nueva izquierda”: ampliaron el camino a la derecha, es decir, a la brecha distributiva, acentuaron la lucha de clases, que en nuestro país es una derrota sellada. Armonía, una mujer sin importancia, se torna absolutamente relevante porque de su cambio depende el cambio de un país. Si ella se diera cuenta, todos nos daríamos cuenta. Lamentablemente, Armonía opta por Lo Mismo De Siempre, condenándonos a esta ampliación ampliada y amplificada.

Como ha sido habitual en este país, la izquierda le abre el camino a la derecha. Las votaciones del domingo armonizaron al enemigo, lo fortalecen y amplía su campo de acción. El rostro del fascismo sonríe ante cámara, todas las cámaras (la democracia) lo muestran satisfecho. La gente hace como que sufre, la gente se hace azufre. Sabemos cuál es su campo de acción: prometen dejar la Constitución tal cual, o peor. En la novela el Dictador resucita, pero también resucitan los detenidos desaparecidos: la realidad se amplía, en busca de una armonía negativa, una armonía que venga del proceso contrario a la armonía.

Todo este espectáculo montado por mi generación (“Yo nací en una generación”, como escribió Osvaldo Lamborghini) ha degenerado en robustecer la realidad que prometían conjurar: la inequidad, educación, salud, pensiones, reformas y más reformas. Nada de eso es posible mientras Armonía trabaja en Palacio sin saber qué hacer: una sola persona, un mínimo Aleph dentro de las oficinas de Palacio, un vacío que es capaz de abarcar el vacío del mundo donde se inscribe.

Armonía, sólo con andar de su casa a su oficina, muestra el recorrido pavloviano de la sociedad en la que estamos metidos. Armonía se llama así justamente porque no se llama así, porque la armonía no es posible en una ampliación del frente: el frente es el otro, es decir, la derecha. Entonces, cuando mi alumna respondió, pensé: esta ciudad es cacofónica, nada más lejos de la armonía que escucho ahora con Aphex Twin. Armonía gana un sueldo que “desprecia”; dice que no es justo, y lo gasta en bares: gasta la plata de Chile en bares que amplían el vacío de la población. El gran problema de Armonía es que no sabe qué hacer, antigua pregunta leninista nunca mejor respondida en “Qué hacer”, de Pablo Katchadjian.

Yo iba a escribir una novela sobre Chile, una novela que fuera un amuleto para conjurar esta realidad. Una novela sobre una mujer que trabaja en Palacio, una mujer que está en el centro del vacío de la ampliación del frente enemigo. Una mujer que tiene una grieta que no le permite despegarse del celular, que parece ser una aleación, el chicle digital que la pega a la realidad. Yo quería escribir esta novela por amor, tanto a Armonía como a la gente de a pie, pero no puedo, no puedo escribir esta novela. Entonces dejo constancia de que no pude o no quise. Por amor.

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.