Columna de Sebastián Gómez Matus: La cueca negra

Historiadores y musicólogos han debatido sobre los orígenes de la cueca y su nombre, abriendo posibilidades que como cultura no reconocemos en nuestra apolillada tradición.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

Anoche, escuchando el mejor disco de cueca del que tenga noticia, “Las cuecas de Roberto Parra & Ángel Parra”, releí algunas cosas por encima en contraste con lo gastado que se siente el país, como imagen y como tradición, el simulacro que impera en nuestros actos reflejo como sociedad.

El perro que comienza a aparecer en el disco anuncia su entrada: “Voy a decir guau, voy a decir guau”, canta el hijo de Violeta. Después, un puro ladrido, la parodia de un ladrido, la parodia de una cultura o metáfora cultural del quiltro errante en la ribera del Mapocho, La Chimba, todo ese mundo de donde surgía lo chileno cristalizado en la expresión popular.

Entonces, revisé el origen negro, o moruno, según, de nuestro baile nacional. Una dimensión que tiende a obviarse.

El historiador Benjamín Vicuña Mackenna lo refiere: “Trajéronla a Chile, primero que al Perú, a fines del pasado siglo XVIII, los negros esclavos que por esta tierra pasaban vía Los Andes, Quillota y Valparaíso, a los valles de Lima, en viaje desde los valles de Guinea”.

La discusión del nombre tiene derivas arábigo-andaluces, como señalan los manuales, pero todo parece indicar que la palabra es africana. Las corrientes son cuatro: la africanista, la hispanista, la mapuche y la peruana.

Lo cierto es que el origen africano señala una disputa tradicionalista que busca, a toda costa, sacar la cueca de la tradición negra, aun cuando Vicuña Mackenna la advierta. La disputa también genera parcialidades que se traducen al sonido y contenido de las cuecas, acusando pertenencias políticas de derecha o de izquierda.

Desde luego, gran parte de la corriente hispanista responde a cuequeros higienizados, la cultura huasa, cuyo contenido suele obliterar lo medular de la cueca: su pertenencia al mundo popular.

A la teoría africanista la apoyan los acercamientos lingüísticos a la palabra. Incluso el folclorista peruano Nicomedes Santa Cruz propuso como palabra originaria “sembacuque”, siendo “semba” saludo y “cuque” danza en el idioma africano kimbundu, hablado en Angola, de donde vino gran parte de los esclavos brasileños.

La deriva pragmática del vocablo pasa por la zambaclueca, la zamaclueca, zambacueca y cueca, entre otras variaciones que respondían a la aféresis popular: pronunciar mal, quitar u omitir letras de palabras en la pronunciación.

La aféresis es un metaplasmo de supresión, que funciona a cabalidad en el uso de la lengua. Rasgo esencialmente popular en cualquier época donde se establezcan distinciones de clase a través del habla.

La cueca no sólo es un arte popular, de barrio bravo, sino que además tiene un origen africano que suele pasarse por alto, sobre todo en el mundo popular, que es la fuente. Creyéndonos un país blanco, resulta interesante revisar los orígenes de nuestras tradiciones, sobre todo a la luz de las partes no contadas de la historia o de la historia negada a pueblos que siguen siendo reprimidos o discriminados positivamente.

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.