Columna de Sebastián Gómez Matus: La memoria es una política de lo irrepresentable

A propósito de la reciente muerte del reconocido periodista nacional Augusto Góngora, se puede intentar pensar el país desde la memoria y la huella que dejan personas que habiendo luchado para modificar la realidad, han partido de una realidad más horrorosa todavía.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

El horror no se puede representar, no se puede combatir con candidatos, sólo se puede vivir y en general, morir a causa del horror experimentado. Los pocos que sobreviven, nunca vuelven a ser los mismos. Muchos terminan locos, suicidándose y si bien no pueden dar un testimonio según los requerimientos de “la memoria”, son testimonio vivo de los efectos del horror. Guerras, dictaduras, violaciones, etc.

En Chile, pero también en otros países, la memoria tiene la tendencia de querer representar el horror que anida en la memoria como un dispositivo y no son pocos quienes quieren institucionalizarla. La memoria no puede ser una política; la memoria es, por definición, algo irrepresentable. El mero hecho de recordar distorsiona los hechos, cae en la invención. En un país como Chile, la memoria también es mercancía, capital en disputa.

La muerte de Augusto Góngora, periodista con nombre de dictador y apellido de poeta, hace pensar en qué pasa con la memoria cuando se es atacado por el alzheimer y, lejos de querer instrumentalizar su lamentable fallecimiento, parece sensato pensar su partida como una metáfora del país (lo mismo que la de Patricio Bañados hace unos días).

El aclamado documental de Maite Alberdi, tiene un título seductor, pero oculta una redundancia: la memoria es infinita, en efecto, el adjetivo es redundante. Es infinita justamente porque no es representable. En general, las formas de relatar han ido perdiendo su potencia a propósito de la redundancia: la explicación. Una literatura de la memoria, como lo fue la de Proust, jamás es redundante, sino que alusiva. La literalidad de nuestro contexto da cuenta del horror en que vivimos; lo peor es su ridiculez.

El documental de Alberdi es lindo, conmovedor y cumple con los estándares de los festivales internacionales; además, nace de un gesto altruista por mostrar la intimidad de una pareja donde el hombre tiene alzheimer. Por supuesto, no es cualquier hombre: es Augusto Góngora, periodista de reconocida trayectoria, conocido por su abierta oposición a la dictadura y a la censura cultural. Su esposa, Paulina Urrutia, reconocida actriz con incursión en la política y últimamente metonimizada con “La amante fascista”, su último gran éxito como profesional del teatro.

Se trata de una pareja que sale de la norma y tal vez, sólo tal vez, parte de su conmovedora historia se ancle en el hecho de que ambos son rostros públicos, buenos, que trabajaron por un país mejor. Pienso en la película “Amour”, de Michael Haneke, donde es una pareja mayor y el hombre decide matar a su mujer y morir junto a ella.

El documental es lindo y conmovedor, pero incurre en este síntoma de la izquierda biempensante a la que Chile está acostumbrado y que nos ha vuelto a poner en la mesa el golpe de la Derecha: ellos son los dueños del país. Nosotros podemos hacer arte, politizar la memoria, etc., pero son ellos quienes controlan las vidas del país. Como lo señala Silvia Schwarzböck en “Los espantos: estética y postdictadura”, todos vivimos una vida de derecha. La izquierda siempre trabaja para la derecha. O en palabras de Parra: “Izquierda y Derecha unidas jamás serán vencidas”. Chile es un país que tiene memoria, está en la calle, en su poesía, pero es un país que no tiene una ética para hacer de su historia una representación de la misma. A menos que, duele aceptarlo, nuestra historia sea esto: este ciclo donde parece que vamos a lograr salir de la miseria espiritual, pero volvemos a recaer en el regazo del patrón, total, igual hay que seguir trabajando.

La memoria es un “trabajo”: hay especialistas en memoria, uno hace una memoria de título (aunque es un uso más antiguo), hay estudios de la memoria, académicos memoriones que viven de la memoria del país, etc. Hay un Museo de la Memoria (y de la Tolerancia), que en un notable ensayo, a propósito del mismo museo que hay en Lima, Perú, el poeta Mario Montalbetti desmantela la institucionalización de la memoria desde varias perspectivas. Me remito a recrear la central: si la memoria es un museo, si la tolerancia es un museo, es porque la memoria y la tolerancia prescribieron en tanto prácticas de una sociedad. En otros términos, como no hay memoria, se puede hacer un museo; como no hay tolerancia, ésta se puede museificar. Por otra parte, ¿desde cuándo la tolerancia es necesariamente una virtud? Es algo que debemos examinar. ¿Por qué toleramos el país en el que vivimos? Porque somos gente biempensante, porque creemos en la democracia: porque nuestro ethos es liberal.

El afán por explicarlo todo es otro síntoma de nuestra época, pero sobre todo de la izquierda renovada y ahistórica, que se siente con el derecho de saberlo todo y poder explicarlo públicamente. Es probable que Augusto Góngora haya muerto sin saber qué ocurre en el país; el deterioro de los últimos días era bastante grave, según contó en entrevistas su compañera. Una persona que dedicó su vida al periodismo y a generar nuevas perspectivas (nuevas prácticas) en la memoria colectiva, murió sin poder entender la realidad. Visto de otro modo, pudo ser un alivio (no para sus familiares, claro). ¿Cómo recordar a alguien que ha perdido la memoria? ¿Cómo pensar un país que de la memoria ha hecho un museo?

El problema de la memoria en Chile es un asunto de posicionamientos políticos, pero sobre todo un error epistemológico para pensar el país. Quizá sería conveniente comenzar a pensar desde el olvido, o desde la invención, como en ese hermoso libro que en 1993 editó Jorge Teillier con Armando Roa Vial.

Entre memoria y olvido hay un continuo, un continuo que lo une todo. Digamos que el discurso de la memoria pertenece a la izquierda y que el discurso del olvido, tácito, indecible, pertenece a la derecha, que es tan pilla, que vuelve al poder en un momento en que el progresismo creyó haber descubierto la rueda.

Quiero decir que entre izquierda y derecha hay un continuo: la política. Entre la política y la economía hay otro continuo: el sistema. Y el sistema es un ordenamiento de continuos. Esta digresión sobre la memoria me hace pensar en Borges, el memorioso, que escribía sus relatos con la siguiente precaución: trataba de situar la acción de sus cuentos en una época no demasiado cercana al presente para que los lectores no encontraran defectos de realismo, pero tampoco demasiado alejados, para que esos defectos no los encontraran los historiadores.

Hay una lectura pendiente entre historia y sujeto-chileno, o bien: “Nada mata a un hombre como obligarlo a representar a un país”.

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.