Columna de Sebastián Gómez Matus: La obsesión por la representación

Hace poco apareció “Immediacy, Or The Style of Too late Capitalism” (que podríamos traducir como “Inmediatez, o el estilo del capitalismo demasiado tardío”), polémico último libro de Anna Kornbluh, académica y ensayista estadounidense.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

La cultura contemporánea está obsesionada con la experiencia, tal vez porque no la tiene o la hemos ido perdiendo. Diría más bien que obsesionada con el registro de la experiencia, relegando esta última a ser un fantasma del registro, supeditado a “compartir”, a demostrar la asistencia a tales eventos (ya no acontecimientos) que modelan la idea de experiencia, cuya crisis salta a la vista, al menos desde que las experiencias se venden.

La obsesión es aparentemente individual, cuando no individualista, ya que la experiencia está hecha para un ciudadano tipo que deviene molde y réplica. Es decir, es causa y efecto, masa indiferenciada.

Hace poco apareció “Immediacy, Or The Style of Too late Capitalism” (que podríamos traducir como “Inmediatez o el estilo del capitalismo demasiado tardío”), polémico último libro de Anna Kornbluh, académica y ensayista estadounidense.

El libro cuestiona, entre otras cosas, el uso sintomático de la identidad y su consiguiente primera persona en la literatura del presente, que narra todo en presente, quitándole perspectiva a la narración, amén de generar una mimesis con la instantánea de la realidad, ese loop comatoso. Podríamos entregar la fórmula del éxito pasatista: primera persona + presente = identidad. Esa es la fórmula de enunciación del sujeto-mercancía, toda una política del hastío.

Así las cosas, resulta paradójico cuando se habla de comunidad o literatura, ya que ambas son una suerte de paralelo inerte de la economía. Por supuesto, las identidades distribuyen su capital de manera desigual y no toda la literatura en primera persona es mala; se trata de señalar el síntoma.

Otro asunto que discute el libro es un tipo de exposiciones que han proliferado en el mundo: las llamadas “experiencias inmersivas” basadas en la obra de grandes pintores. Por supuesto, el motor es económico y estas muestras se basan en su replicación barata y sencilla, que la hará circular por el mundo.

De inmediato saltamos al problema de la representación y la fijación por el presente. Estos “shows” más que acercar al arte, lo sacan por completo. En vez de detenerse a mirar un cuadro, cuya imagen contiene no sólo el tiempo del trabajo pictórico, sino que todo el tiempo desde que fue pintada y que históricamente la volvió una obra maestra, la gente es sometida a “una fusión sensorial total”.

La experiencia viene con la representación y viceversa, se la comercializa como una actividad cultural liberadora, pero nada más lejos de ello. El énfasis está puesto en la “experiencia”, no en el arte de Van Gogh, por ejemplo, que ha sido víctima de este producto que ha reducido vida y obra del pintor holandés a un efecto sensorio-económico.

Al mismo tiempo, alguien podría argüir el típico argumento culturalizante: es un proceso de democratización, donde la gente que no tiene acceso al arte (que sigue apartada y segregada económica, culturalmente) puede rozar el arte y por supuesto compartirlo en sus redes sociales. Bien visto, es un acto de discriminación aún más sofisticado que se disfraza de inclusión o participación.

Ya se sabe: la nueva etapa del capitalismo es cultural. Un ejemplo: la relación seudo estética de la gente con la fotografía y cómo representa su experiencia en sus perfiles.

Más adelante, la autora retoma de manera crítica el concepto de “crisis de historicidad”, de Frederic Jameson, el teórico estadounidense de la posmodernidad, para oponer un concepto acuñado por ella: crisis de futuridad. En un mundo que no puede negar el cambio climático, pero que al mismo tiempo vuelve a la ecología un discurso vacío, una suerte de guiño entre plataformas, el futuro es algo borroso. En su lugar se establece un presente total, que borra la experiencia del tiempo, redirigiendo a las personas a lo mismo una y otra vez.

Según Kornbluh, el presente se vuelve absoluto a propósito de la inmediatez de los contenidos que surgen en nuestras pantallas, anulando toda posibilidad de vincularse de otro modo, en otro registro, hacia otros sentidos. La promesa de comunidad de los medios nunca se cumple.

Lo que concluye la escritora estadounidense es que la inmediatez (también entendida como urgencia) hace del presente una dimensión gruesa, difícil de superar. De allí la crisis de futuro: ya no sólo no hay la posibilidad de una Historia, sobre todo la de las minorías, por ejemplo, sino que no hay Tiempo donde continuar la deriva social y cultural.

Además, esta inmediatez “gobierna las preferencias tácticas (e ideológicas) de horizontalismo, localismo, anarcoespontaneidad, antisindicalismo y la falta de organización disciplinada en la izquierda. Esto último es reemplazado por un culto al carisma, opinionismo virulento y anti-institucionalismo”,

Se habrán dado cuenta de que los efectos ideológicos-económicos de la última década sólo han fragmentado a la ciudadanía y han fortalecido la vuelta ingente de la derecha extrema, para la cual estos efectos culturales que permean nuestras vidas sencillamente no existen.