Columna de Sebastián Gómez Matus: Ovicmarlixon y el narcoestado de la derecha   

La situación actual del país es alarmante, no en la línea del terror mediático, sino que lo que verdaderamente ocurre no está en los medios que detentan los precursores de la realidad en la que estamos inmersos.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO ATON

Hace ya casi diez años viví en México, conocido por su violencia narcoestatal más que por la amabilidad y dulzura de su gente. En Chile, desde hace unos años, sin que lo viéramos venir (dejen de ver “noticias”, por favor, y series, sobre todo las medievales), la derecha y por lo tanto el empresariado, prepararon el barbecho para lo que hoy tenemos como presente. Sin un afán de tragedia, en Chile se prepara un narcoestado, que en realidad sería un narcoempresariado, ya que el Estado brilla por su ausencia. ¿De qué sirve tener controles migratorios y portuarios? Las noticias son otra evidencia; tenemos acceso a las fotos del chico que mataron en San Antonio. En México, la prensa roja era otro negocio.

Un posible origen de esta realidad puede ser la depredación inmobiliaria, que no guarda relación con el crecimiento poblacional chileno, que en general se guarda de no tener hijos y su aspiración es netamente neoliberal-individualista. Con esto quiero decir que dichos guetos verticales estaban y están siendo construidos para otras personas, que no sabíamos iban a ser venezolanos, en su mayoría, y colombianos.

Como se sabe, hubo distintas olas migratorias, pero desde la pandemia comenzó a entrar gente a saco y sin revisión rigurosa. Las autoridades a cargo argumentaban que “no dan abasto”. También es consabido que la policía migratoria no hace su trabajo como corresponde. La migración es un negocio y una estrategia política. Además, la migración es un fenómeno lleno de variables que no están siendo contempladas, como si toda migración fuera igual a otra.

A su vez, la izquierda habla desde un discurso progresista y da la bienvenida a los hermanos venezolanos desde una humanidad que no es tal. La irresponsabilidad discursiva es un problema mayor, sobre todo en este gobierno, donde la desradicalización del dicho al hecho, ha sido escabrosa. El mundo no es de nadie, los territorios, pero a la larga sí: sabemos que Chile tiene dueños y vivimos de prestado en un mundo que se nos volvió ajeno. Santiago es una olla de presión y está en el aire un tufillo a debacle, a algo que prefiero no decir.

La jugada es tan evidente que su vulgaridad subestima a la ciudadanía. Donde uno vaya, hay un clima antivenezolano, justificado o no, siempre es el pueblo contra el pueblo, y los dueños de Chile utilizan instituciones, leyes y nuestras propias vidas para lograr sus objetivos económicos.

La gente que tiene que vérselas con esta nueva realidad es la gente de a pie, la gente trabajadora, no el ladronazgo oligarca y new rich que campea en las comunas higiénicas con el ethos pirañesco del “emprendedor”.

Ahora, la situación es más grave porque la violencia instalada es un tipo de violencia que Chile no conoce. Me refiero a la violencia narco. Una opción es abandonar las capitales, que es un modo migratorio de abandonar las concentraciones de capital e intentar llevar una vida más alejada de los servicios y el delivery de motocicleta, una vida con menos aplicaciones y menos conectividad.

El narco ha sido instalado, entre la pandemia y este año, de manera tan abrupta como lograda. Hay que ser muy ciego para no darse cuenta que la situación portuaria y la situación migratoria irregular es una maniobra que nos hace retroceder al menos 30 años, que debe ser aproximadamente la cantidad de tiempo que hay entre el desfase ideológico-cultural de los migrantes venezolanos y cierta parte de la población chilena, que hasta antes de la pandemia produjo el denominado estallido social.

No sólo es esta situación narcótica (pantalla y droga + inseguridad = dominación), sino que la radicalización ideológica del país se aletarga. En oposición a esta fórmula, está la del ecologista profundo noruego Arne Naess: bienestar= entusiasmo/ dolor físico + dolor espiritual.

Hoy, como si nada, pero en menos de tres años nuestra realidad se ha vuelto demasiado hostil. Aun así, hay tiempo para conversar en bares, para drogarse, para vivir una vida intensa. Pero no hay tiempo para detenerse y sopesar lo que estamos viviendo.

El crimen del carabinero Daniel Palma tiene a un involucrado cuyo nombre me parece una especie de puerta semántica al esclarecimiento de la situación política. ¿Qué significa Ovicmarlixon? ¿Es un nombre o una suerte de concepto? En esa palabra leo “covid”, “mar”, “marx”, “marico”, “lixiviación” etc. En el fondo es un embutido de nombres de otros nombres, como es sabido que hacen en Venezuela.

Tengo la impresión de que el nombre de este muchacho es el nombre de nuestra realidad. Lo mismo cuando hace años mataron a Joanne Florvil (¡presente!).

Nuestra realidad se llama Ovicmarlixon y andar llorando carabineros es una jugada muy sucia, con las debidas condolencias a la familia, que llora a un hijo antes que a un funcionario.

Como advirtiera el poeta Juan Carreño en neozona, “pueblo contra pueblo es amar”. Todavía no se aclaran los asesinatos posestallido, todavía no se aclara la situación detenidos desaparecidos, y ya tenemos que vivir, a 50 años del golpe de Estado, una violencia nueva.