Columna de Sebastián Gómez Matus: Patrimonio inmaterial

En un día en el cual se celebran los espacios arquitectónicos donde se hizo la Historia con mayúscula, también vale reconocer lo que entendemos por patrimonio inmaterial. Un amigo artista hablaba de la “institución de tomar once con la abuela”, por ejemplo.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto (referencial): ARCHIVO

Como todos, me equivoco. He cometido sendos errores; los seguiré cometiendo. Sé que la miseria es una mariposa y que sigo siendo un hombre que aprende a caer. Más de la mitad vital de los sentidos se emplea en no perecer, en que a uno no le hagan daño; la otra, se dedica a vivir sin precauciones.

Según Marguerite Duras, “un poeta es alguien que no se defiende de la vida”. No quiere decir que no se cuide. Después de todo, un poeta es poeta y puede seguir siéndolo porque está vivo. Por sobre todo, un poeta es alguien que ama la vida.

Desde que comencé a trabajar como profesor de Literatura en un colegio cerca de Tobalaba, a menudo me encuentro en la ciclovía de Pocuro con un joven colorín que va eufórico con la música que escucha. De cierta forma, es un espejo: disfruta la música, la vacila montado en su bicicleta. Todos los demás van montados a su bici, con su casco, sus luces: ciudadanos moralistas. Salvo una mamá que lleva a su hijo en un sillín cantando canciones.

Hoy iba escuchando un disco de Blonde Redhead, que al parecer tomaron su nombre de una extraña banda neoyorquina, DNA, cuando vi pasar al colorín eufórico. Es segunda vez que nos miramos con una complicidad diría perspectivista, en el sentido de “la mirada del jaguar” de Viveiros de Castro. Nos reconocemos, tenemos un sentir semejante o al menos complementario. Sólo es una impresión, es verdad, pero creo acertar en este caso.

También tuve una intuición en marzo, recién llegado del extranjero, desde donde descendí como de una nube de realismo airano.

Estaba en mi casa bebiendo solo y “supe” que tenía que ir a “mi” bar. Fui con unas hojitas de roneo antiguas para seguir dibujando banderitas de Chile con los colores primarios, reemplazando el blanco con amarillo. De pronto, una aparición en la entrada del bar. Terminamos juntos y festejamos nuestros intereses comunes. Fuimos al persa al día siguiente, una de las prácticas más comunes en mi vida. Le mostré los bares que van quedando en el centro, las picadas, etc. Ella trabaja en Patrimonio en La Moneda (La Chaucha, en nuestra escueta jerga) y yo, simplemente, vivo.

Mayo fue su mes con mayor sobrecarga laboral. De lo que queda del año, es probable que tenga muy poco que hacer y que pida vacaciones para ir a… Buenos Aires. O Italia, no sé. Mientras, la ciudad sigue desapareciendo dentro de prácticas corporativas que trascienden a la cotidianidad del ciudadano de a pie. Casi todo lo que hacía de Santiago una ciudad, se ha ido perdiendo: ese patrimonio inmaterial que ha sido depredado tanto como los inmuebles que hacía de Santiago una ciudad de fachada continua.

Siempre se está conmemorando algo, siempre hay algo que celebrar. Hace unos días murió el poeta de la alegría, un poeta celebratorio como pocos: Erick Pohlhammer. Mientras estuvo vivo, poca gente realmente se interesó no solo por su trabajo sino por el “patrimonio” que albergaba su espaciosa presencia. Hay momentos en que no reconocemos nuestra ciudad, en que no nos reconocemos. Nuevamente: lo patrimonial, así como las políticas de lo conmemorable, cae en lo representacional. Y, por supuesto, es el único día en que la gente recuerda que vive en una ciudad (Santiago), que tuvo una historia, y que los malls no son patrimoniales, que los barrios gentrificados también tuvieron su historia y que caminar, el solo hecho de caminar por una ciudad, va siendo una práctica en peligro de extinción.

El joven colorín de la bicicleta tiene algo de patrimonial: su alegría, su libertad, tiene que ver con un goce personal que lo distingue del resto de los ciclistas que, dicho sea de paso, cada vez se parecen más a los otrora criticados automovilistas. Necesitamos prácticas que no estén mediadas por una política de las prácticas porque, espero, no todo se pueden mediar o gestionar.