Columna de Sebastián Gómez Matus: Regresar al pasado

Después de un mes en una de las residencias para traductores literarios más prestigiosas del mundo, la casa Looren, en Wernetshausen, Suiza, no es fácil regresar a Chile, donde el pasado es un presente irrespirable y lleno de incertidumbre.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

En general, no me agrada la gente que al regresar a Chile se queja de lo atrasados que estamos en relación a Europa. Por supuesto que estamos atrasados, pero es cosa de mirar la Historia. Y Suiza es el peor punto de comparación. En general, todos se van a Berlín. Ahora que está saturado, se van a Leipzig. Un siglo atrás era París. Siempre son los mismos los que pueden irse, aunque ahora existen las becas, que generan una ilusión de movilidad social. A qué engañarse: en Suiza apenas se puede hablar, la gente está sumida en sus parkas primermundistas y dar una opinión personal es equivalente a un suicidio. Sin embargo, el sistema social da la impresión de que nosotros vivimos al menos unos cien años detrás de ellos. El tema es dónde queremos situarnos: ¿detrás de ellos o delante de nosotros?

Regresar al pasado es algo literal: tenemos cuatro horas menos que Suiza, el primer mundo por antonomasia. Si el símil sirve para pensar, cuatro horas no es tanto. Incluso puede ser provechoso, sobre todo si podemos vivir con ganas, con voz, incluso a los gritos. Tuve la oportunidad de ir al Teatro en Zúrich a ver danza. Se rumoreaba que estaba la alcaldesa. Se rumoreaba, pero era mejor guardar silencio. La obra misma era ultrasilente. En los cementerios casi no hay gente. Hay mucho espacio. ¿Morimos mucho nosotros? Acá los cementerios parecen abarrotados. Allá hay espacio, y eso que es una población vieja, aunque tienen más hijos que nosotros.

¿Qué significa regresar a Chile?

En primer lugar, ya desde el aeropuerto de Barajas, Madrid, las cosas comienzan a ser distintas. España debe ser nuestra frontera colonial con el resto de Europa, además de ser la aduana más hostil de todo el viejo continente (la gran mayoría de los aduaneros son celosos migrantes de segunda generación). En Madrid ya se veía que el mundo es algo menos acabado y más desprolijo que lo que se puede vivir en Suiza, que se ufana de tener “la calle más cara del mundo”.

Regresar al pasado: ellos están cerca de la primavera del 2023, nosotros estamos en la postrimerías del verano. Las cuatro horas de diferencia se surcan en doce horas de vuelo. Lo suficiente como para regresar y sentir que no se está en ninguna parte del tiempo.

Llegando a Chile, el cielo parecía la obra “Cromosaturación”, del artista venezolano radicado en París, Carlos Cruz-Diez. De un lado era violeta, del otro azul. Quizá el pasado sea eso: un holograma de colores del cual hay que distinguir hebras que flotan en la mente, en el cielo de la mente, y allí leer las inscripciones que ha dejado el tiempo en nuestra memoria. ¿Nuestra memoria? Esto ya suena sospechoso, cuando menos raro.

Mientras el avión se acerca al pasado, leo pasado: las caminatas de Robert Walser (foto principal) registradas por Carl Seelig, traducidas por Anne Posten para New Directions. Es impresionante la cantidad de agresiones que sufrió Walser de parte de sus exitosos contemporáneos, lo que lo vuelve una especie de chivo expiatorio de las buenas intenciones literarias de los otros autores, hoy todos más o menos olvidados.

La relación del tiempo en la literatura tiene una teoría aireana que podría ampliarse a una suerte de agresión cultural de parte de las potencias mundiales. La teoría se llama las tres fechas: en una obra maestra, dice Aira, hay tres fechas trastocadas. La de la escritura, la de los sucesos narrados y la de publicación. Si esas tres fechas no son correlativas, como suelen serlo hoy, la obra maestra está garantizada. En ese sentido, América Latina aguarda. A pesar de todo, la literatura del continente está viva y el pasado puede ser contemporáneo. El error es cómo se piensa lo contemporáneo, que es ilusorio o responde a contingencias que no vienen al caso del arte verdadero.

El caso de Walser es realmente ejemplar en esta materia. Su humildad a lo Violeta Parra (“a humilde no me la gana nadie”) era sostenida por un argumento tácito: la calidad de su escritura, de sus obras. Era humilde porque sabía que el tiempo operaba de otra manera, con pliegues más que despliegues. Todos se burlaron, incluyendo a su doctor, que de “Los hermanos Tanner” dijo que las tres cuartas partes eran tan soporíferas que temió leerlas y morir de asfixia. Desprecio, desconocimiento o ambas. Quienes hayan leído la novela, sabrán que en esas páginas se puede respirar el mismo frío que respiré en Rosenwald, Herisau, siguiéndole los pasos. Tiene algo de justicia regresar al pasado después de haber vivido un futuro promisorio y, qué curioso, en el amor más tórrido jamás vivido.

 

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.