Columna de Sebastián Gómez Matus: Sobre el turismo fúnebre

Junto con mi amigo, el traductor colombiano Juan Felipe Varela García, hemos recorrido Suiza buscando las tumbas de los escritores que amamos y que se encuentran acá. Nos sabemos si existe un turismo de esta especie o bien si acabamos de inventarlo.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

El turismo fúnebre no sólo consiste en visitar las tumbas. Primero, lo de “turismo” es engañoso, pues no andamos de turistas por las ciudades que visitamos, sino que seguimos haciendo lo nuestro: leer, escribir y traducir.

Más bien se trataría de un “truismo”, muy a la deriva situacionista, también. Sobre todo conversar, conversar mucho de las cosas que estamos leyendo, casi toda gente muerta: Bazlen, Jorn, Cristina Campo (léanla a ver si resucita, por favor, para que escriba más), Roorda, Corina Bille, Irigaray, etc. Esta práctica es de antigua data en mí, de cuando iba a tomar vino a la tumba de Violeta Parra con un amigo librero, o bien a la tumba de Héctor Barreto, joven socialista asesinado a los 19 años en calle San Diego, que nos legó “La noche de Juan y otros relatos”.

A las conversaciones caminadas, mi gran amigo y poeta Javier Raya, que se mató el año pasado, le llamaba “ensayos interrumpidos”, porque eran conversaciones que continuaban en la próxima caminata y decantaban en la escritura de cada uno al regresar a su propio cantón, como se dice coloquialmente en el DF a las casas.

Hemos ido a Herisau, caminamos por donde caminaba Robert Walser, clarividente de lo mínimo, en Rosenwald, donde pasó los últimos 27 años de su vida en una institución mental, el Psychiatrisches Zentrum. Llegamos al lugar donde lo encontraron muerto, tirado en la nieve unos pasos más adelante que sus últimas huellas. De ese momento hay una foto extraordinaria. También debe existir la fotografía fúnebre, me parece que lamentablemente abunda, y uno de sus próceres sería el gran Enrique Metinides.

La primera tumba que visitamos fue la de Robert Walser, escritor favorito de Kafka y ensayado por Walter Benjamin. Cuando estuvimos en Herisau nos dimos cuenta de que la gente no lo conocía mucho y tampoco se daban cuenta de que vivían dentro de sus novelas. En la ciudad pudimos leer en tiendas y locales los nombres propios que pululan en libros como “Jakob von Gunten”, “Los hermanos Tanner” o “El ayudante”.

De alguna manera, casi cien años antes, Walser fue capaz de comprimir (y liberar) en sus libros la vida de sus coterráneos cuya ignorancia tenía por límite la encuadernación donde confluyen las páginas del día y la noche.

A pie sobre unos 15 centímetros de nieve, llegamos a la tumba de la hermana y el hermano. Vimos unas señoras y les preguntamos si conocían la tumba de Robert Walser; les llamó profundamente la atención que dos “jóvenes” latinoamericanos buscaran la tumba de un conciudadano muerto el 25 de diciembre de 1956. Apenas dejamos de hablar encontramos la tumba, una lápida austera bajo un árbol filtrado por la luz solar. Nos acercamos con calma y contentos de haberla encontrado sin Google Maps. Allí estuvimos un rato, a qué mentir, nos tomamos una foto y le dejamos un arreglo de ramas sobre la nieve.

Ayer fue distinto. Vinimos a Ginebra, sobre la cual Borges escribe lo siguiente: “De todas las ciudades del mundo, de todas las patrias íntimas que un hombre busca merecer a lo largo de sus viajes, es Ginebra la que me parece la más propicia a la felicidad”. Esta breve descripción, junto a la gran cuña de que “Ginebra no es enfática”, nos entregan dos claves literarias ultraborgeanas: la búsqueda de la felicidad a través de la literatura, sobre todo de la lectura, y al mismo tiempo esa búsqueda, a través de una escritura no enfática, una escritura que casi no sabe que está siendo escrita. Como señala la poeta china Wong May: “Escribo poesía para olvidarme de que estoy escribiendo”.

Entramos al Cementerio de los Reyes, a unas cuadras del Ródano, de un color turquesa tentador. Fuimos con nuestras amigas, las traductoras Nadxeli Yrizar (México) y Laura Cabezas (Argentina). Sin mucha vuelta, llegamos a la humilde tumba de Borges, que tenía un par de plumas en unos vasos. Preferí no dejar ninguna y pensé en llevarme una, pero no había ninguna que me gustara.

Detrás de Borges, está enterrada una de las poetas más interesantes de Suiza y más injustamente olvidadas: Grisélides Réal, cuya novela “Le noir est une couleur” es un clásico del underground y la prostitución. Una poeta radical donde las haya. Allí sí me atreví a dejar un dibujo y un pequeño mensaje.

Unos metros más allá, había un joven vestido de cura con algunas pancartas que en francés decían “Te amo, mamá”. Tenía desplegadas varias cosas para lo que parecía una performance en solitario que apaciguara el dolor de la pérdida.

En suma, nuestro turismo fúnebre rehúye de los hotspots de las ciudades a las que hemos ido y consiste en caminar, caminar y caminar, conversando de los libros que amamos, visitar librerías, como la Livres d´ocassion, en la Rue des Gares 15. Recomendación absoluta para quienes busquen toda la literatura francesa. Por ejemplo, yo descubrí otro muerto, uno menos célebre que su contendor, François Villon: se trata de Pierre Michault.

La literatura, según propone Nancy con su idea de la comunidad desobrada o comunidad inoperante, según la traducción, es una comunidad entre vivos, muertos y gente por nacer. Es la gran comunidad de quienes buscan la felicidad en la lectura y el pensamiento, sin énfasis, casi sin existir del todo.

Mañana iremos a la tumba de Rilke.