Columna de Sergio Gilbert: Arbitrajes o cómo se puede ser cada día peor

Es inaceptable que tipos que se supone entrenan, estudian, son evaluados y reciben un pago por hacer este trabajo cometan el estropicio que significó un abierto perjuicio a una institución como Unión La Calera.

Por SERGIO GILBERT J. / Foto: ARCHIVO

El tanto legítimamente convertido por Unión La Calera a Colo Colo (en rigor, el absurdo autogol del zaguero albo Alan Saldivia) y que increíblemente no fue validado por el juez Víctor Abarzúa ni indicado por el asistente Claudio Urrutia, debería convertirse en el error referil más profundo, inexplicable y torpe de los últimos años.

No es exageración. La pelota traspuso más de un metro la línea de gol y eso lo observaron a simple vista casi todos los que esa noche estaban en el estadio y, por cierto, las miles de personas que lo estaban viendo por televisión.

Pero los árbitros no. Para ninguno de ellos fue gol. Fue una salvada al límite del arquero albo Fernando de Paul. Así que, a jugar nomás dijeron (y vino el contraataque y el gol de Colo Colo…)

Pese a los intentos un tanto infantiles y sosos del jefe de la Comisión de Árbitros, Roberto Tobar, por justificar este horror de Abarzúa y Urrutia (“iban apenas 10 segundos y los árbitros todavía no estaban activados”, dijo) es francamente inaceptable que tipos que se supone entrenan, estudian, son evaluados y reciben un pago por hacer este trabajo cometan este estropicio que significó un abierto perjuicio a una institución como la calerana.

Y no, que no se diga que la culpa es que en este partido no había VAR. Claro, es cierto que es un total despropósito que si este sistema se utiliza regularmente en el torneo nacional, sólo se ocupe a partir de instancias finales de la Copa Chile. Es un absurdo y que se anotará en el extenso registro de tonterías que comete la dirigencia nacional. Pero ni así se puede justificar la torpeza de Abarzúa y Urrutia que predispone a los hinchas, al medio, a pensar que aquí pasó una de dos cosas: se reveló a las claras su incapacidad para hacer la pega (lo que implica su salida inmediata y permanente del plantel de árbitros profesionales) o hubo dolo (lo que por cierto habría que investigar profundamente en los tribunales correspondientes).

Pero hay algo peor que todo lo que pasó en ese partido y con esa acción arbitral. Y es que, pese a que uno podría pensar que acá se tocó fondo, que ya no hay cómo caer y hundirse más, está casi la convicción de que el arbitraje chileno siempre podrá ser peor.

Y es que es cosa de detenerse a pensar y analizar lo que ha venido pasando en los últimos años en el referato chileno.

Desde evidencia absoluta de componendas poco serias en las designaciones hasta acusaciones de falta de conocimientos básicos de algunos (denunciado con todas sus letras por el ex jefe de los árbitros, Javier Castrilli), la lista de denuncias y sospechas se han ido sumando con celeridad.

También se suman los rumores de aprovechamiento económico de algunos que dirigieron la Comisión, los trascendidos sobre los bandos en que se dividen los jueces, las aserruchadas de piso y las discriminaciones por las cercanías románticas de unos con otros.

Sí, el mundo arbitral chileno está podrido por dentro y lo seguirá estando hasta que se intervenga en serio. Y que caigan todos y estos asuman sus responsabilidades ante los hinchas, la sociedad y los tribunales del fútbol y los del país si correspondiera.

Ese gol no cobrado no es el último gran error. Pero sí debería ser el primer escalón de un renacer urgente.