Columna de Sergio Gilbert: Cambio de mentalidad

Los chilenos queremos llegar a la cima, pero no por el camino del esfuerzo, sino que por la ruta de las apariencias.

Por SERGIO GILBERT J. / Foto: ARCHIVO

Chile no es un país deportista ni tampoco, para ser más específico, futbolizado. El común del chileno no vibra ni le interesa mayormente seguir con atención las actividades deportivas domésticas o las ligas locales. En general, para el común de la gente de a pie, el deporte no es tema de conversación permanente, como sí lo es en otras sociedades como la argentina (donde uno se sube a un taxi en el aeropuerto y ya sabe qué equipo es el líder de la B).

Acá, claramente, no pasa eso. Entonces, ¿por qué, se revientan los rankings televisivos con un partido de la selección nacional o con la transmisión de una competencia donde algún chileno tiene participación destacada?

Simplemente porque ahí asoma un par de rasgos distintivos del chileno: su nacionalismo y su infinito afán aspiracional.

Al chileno promedio, ese que no va nunca a un estadio ni tiene entre sus planes del fin de semana ir a ver alguna competencia deportiva, le emociona, lo hace palpitar rápido el corazón ver los colores patrios, la bandera, escuchar el Himno Nacional porque siente necesidad de identidad. Ya sea que sea Gary Medel el que cante la Canción Nacional en el Maracaná o Los Cóndores en el Mundial de rugby o el equipo de Copa Davis en cualquier court del mundo, lo cierto es que eso es mucho más valorado por los chilenos que la conversión de un gol, de un try o de un punto de set.

El compatriota promedio busca identidad y sello más que victorias y buenas marcas. No es competitivo, sino que aspira a diferenciarse del resto y por ello obtener reconocimientos ajenos para sentirse validado. “Cómo cantan los chilenos su Himno”. “Qué impresionante es eso del Chi-Chi-Chi-le-le-lé”. “Qué lindos que todos asistan de rojo al estadio”. Eso nos importa más como alabanza que el aplauso por una gran actuación en la cancha o en la pista.

Y es que queremos llegar a la cima, pero no por el camino del esfuerzo, sino que por la ruta de las apariencias.

Al chileno no le importan mayormente las historias de esfuerzo de quienes hacen deporte en Chile, a pesar de todas las limitaciones y cortapisas que hay. Si no hay resultados, simplemente es porque los exponentes son malos, son fracasados, no se la pueden. Entonces, hay que buscar mejor lo otro, la cosa anexa, el disfraz que creemos nos puede hacer pasar al grupo de elite, aunque claramente no sea nuestro lugar.

Y es que la mentalidad debe cambiar si realmente queremos llegar a ese sitial.

Pese a que el deporte está en Chile como expresión cultural desde fines del siglo XIX aún no aprendemos algo básico de él: el triunfo, la gloria, el pasaje a la galería de los elegidos es la consecuencia del trabajo desde la escala menor. Y también que para participar de la magia que brinda el deporte debe haber un compromiso con él, con sus reglas, con sus altos y bajos que son fundamentales para luego darle valor a la victoria conseguida.

Debe haber pasión, en definitiva.

Va siendo hora de que entendamos eso si es que alguna vez queremos estar en el podio, colgarnos una medalla o recibir una Copa. De otra forma, seguiremos buscando otras maneras de ser reconocidos.