Columna de Sergio Gilbert: Cristiano Ronaldo o cuando la gloria y el orgullo también importan

El portugués recibe cantidades siderales de dinero por jugar en Al-Nassr, por sus millones de seguidores en redes sociales y por sus compromisos comerciales, pero no pierde el foco de lo que es: un futbolista. Y menos de lo que quiere llegar a ser: uno de los mejores (o el mejor) de la historia.

Por SERGIO GILBERT J. / Foto: AGENCIAS

Cristiano Ronaldo es el mayor producto de marketing en la historia del fútbol. Los números no mienten. La marca CR7 es tan fuerte que se puede dar sólo una cifra: sus menciones en la red social Instagram, donde tiene más de 550 millones de seguidores (lo que lo convierte en la persona con mayor cantidad de followers) le ha reportado ingresos por hasta 45 millones de euros.

Cristiano también tiene más de dos millones de seguidores en su canal de YouTube donde promociona todos los productos a los que su rostro está asociado, empezando por Nike, empresa con la cual tiene vigente un contrato por diez años (hasta 2026) que le reporta 162 millones de dólares, además de bonos por logros obtenidos.

El luso también tiene perfumes con su nombre, hoteles de su propiedad y una cantidad inmensa de productos asociados que hacen que su estratosférico sueldo que recibe como futbolista en Al-Nassr de la liga saudita (200 millones de euros por año, es decir, poco más de seis euros por segundo) sea sólo una cifra más en su voluminosa cuenta corriente.

Pero, así y todo, Cristiano Ronaldo no ha perdido el foco de lo que es: un futbolista. Y menos de lo que quiere llegar a ser: uno de los mejores (o el mejor) de la historia.

Por eso es que, a los 39 años, el “Bicho” ansía seguir ganando, rompiendo récords y obteniendo la gloria.

No está conforme con lo que ya obtuvo en forma individual (cinco Botín de Oro) o colectiva (cinco Champions League y una Eurocopa), entre otros muchísimos trofeos y reconocimientos. Quiere más. Para él, pero en especial ahora, en el último tramo ce su carrera, para su selección.

Es por eso que la Eurocopa que se juega en Alemania es para el “Bicho” un compromiso de honor. De gloria.

Y lo ha demostrado. Ya en esta edición, Cristiano Ronaldo alcanzó marcas impresionantes en la historia del torneo europeo: más Eurocopas disputadas (6), más goles anotados (14), más asistencias (8), más partidos disputados (28), más minutos disputados (2.456), más victorias (14), más veces capitán (19) y más goles en Eurocopas distintas (5).

Pero CR7 quiere más. Y ser campeón de esta Eurocopa es en lo único en lo que piensa por ahora. Tiene el alma y el corazón puestos en ello.

Por eso es cuando en el partido de octavos de final ante Eslovenia el portero Jan Oblak le atajó un penal al final del primer tiempo suplementario (105’), a Cristiano Ronaldo se le vino el mundo encima. Y se puso a llorar. Pero a llorar a mares. Como si fuera un niño. Una guagua. Porque pensó que su sueño se destrozaba y se sentía responsable de ello. Ni se acordó de los millones de euros que podría dejar de ganar por no seguir avanzando en el torneo. Ni tampoco en el perjuicio publicitario o en la cantidad de zapatos Nike de menos que se venderían por esa acción. Lloraba porque sentía que un sueño se destrozaba. Que les había fallado a sus compañeros, a su país, a los hinchas que, en Lisboa, Porto, Sintra y Braga vestían la camiseta roja.

Pero el destino le dio otra oportunidad. Una definición por penales para hacer más irónico el momento.

Y Cristiano fue el primero en tomar la pelota. La besó. La puso en el piso y, como siempre, hizo un resoplido antes de pegarle.

Gol de Cristiano. Gol de Portugal.

La gloria es infinita y Cristiano sigue ligada a ella.