Columna de Sergio Gilbert: Holanda o cuando ganar es sólo un detalle

Para los holandeses, tan importante como dar una vuelta olímpica es imponer modelos, sentar principios de modo universal.

Por SERGIO GILBERT J. / Foto: AGENCIAS

Antes de iniciar esta reflexión, una aclaración: aunque oficialmente por cuestiones de “identidad cultural” desde hace un tiempo se decidió denominar a esta nación como Países Bajos, para efectos prácticos y de reconocimiento en la historia el fútbol, en esta columna se hablará de Holanda.

No hay derecho a discutir esto. Punto final.

Empecemos. El fútbol holandés debe ser, por lejos, el más extraño del mundo. Y es que pocos dudan de que es el que más ideas y sustentos ha dado a la evolución técnica del deporte en las últimas décadas, pero sin que ello signifique beneficios propios.

El fútbol holandés, dicho en términos simples, se desarrolla y evoluciona para que otros ganen. No para hacerlo él mismo.

Hay que explicar esta ironía.

La más grande de las revoluciones técnicas del siglo XX fue la que se ha denominado Fútbol Total ideado, expuesto y desarrollado por el director técnico holandés Rinus Michels. El DT, primero en Ajax y luego tanto en la selección de su país como en Barcelona, impuso una idea aparentemente sencilla: todos los jugadores pueden jugar en todas las posiciones. No hay defensas, ni volantes, ni delanteros puros. Todos pueden hacer de todo.

Claro, la fórmula no era la entropía pura. Tenía sustentación en cuatro reglas básicas para llevarlas a cabo y que fueron conocidas como “las cuatro P” de Michels: posesión, posición, presión y precisión.

A partir de ahí, llegó el maravilloso modelo holandés que tuvo en Johan Cruyff no sólo el mayor de los exponentes, sino que también al mejor discípulo de Michels.

Cruyff, primero como jugador y después como entrenador, vació todo este caudal conceptual en Barcelona, club que se ha convertido desde ese momento en el principal guardián del ideario de Michels (bastaría recordar que Josep Guardiola es hoy el portador de la antorcha, designado por el propio Cruyff).

Lo curioso es que, como ya está dicho, los equipos holandeses no han sido -históricamente- los beneficiados directos de su propia creación.

Claro, desde la aparición de esta biblia futbolera, Holanda ha jugado tres finales de Copa del Mundo (1974, 1978 y 2010), pero nunca pudo ganarla. Sólo exhibe la Eurocopa ganada en 1988 (con Rinus Michels en la banca) y, a nivel de clubes, tres títulos de Champions de Ajax y uno de Feyenoord.

Poquito para lo que podría ser con el nivel de conocimiento y la calidad del trabajo técnico que tiene.

Y es que parece que para el fútbol holandés ganar la gloria es importante, pero es un detalle. O, al menos, tan sólo uno de los objetivos, no el único.

Para los holandeses, tan importante como dar una vuelta olímpica es imponer modelos, sentar principios de modo universal. Tener entrenadores que sepan dejar huella en diversas partes como Michels, Dick Advoocat, Louis van Gaal o Gus Hiddink. Ser formadores no sólo de jugadores propios, sino también venidos de otros mercados como el sudamericano, tal como pasó con Ronaldo, Romario y Luis Suárez. Ir a los mundiales y competiciones europeas para atestar las calles y bares de color naranja.

Los holandeses, en verdad, están en otra dimensión.

Son felices con estar, más que con ganar.

Y lo demostraron otra vez en esta Euro 2024 donde se quedaron sin final en el minuto 90.

Fue triste. Amargo. Duro para sus hinchas.

Pero en ningún caso es el comienzo de una nueva identidad.

Holanda seguirá siendo Holanda. Aunque traten de buscarle otro nombre.