Columna de Sergio Gilbert: Iván Zamorano o el derecho a cantar

Para muchos es el mejor delantero centro que ha nacido en el país y, con ventaja grande, el cabeceador más insigne que se haya visto vistiendo la camiseta roja de la Selección.

Por SERGIO GILBERT J. / Foto: ARCHIVO

Este 18 de enero, Iván Zamorano cumplió 57 años. El tiempo pasa y corre sin parar, pero así y todo, “Bam Bam” tiene una ventaja por sobre el resto: su imagen siempre será la del cabro joven que de un día para otro saltó desde la inmensidad solitaria de El Salvador a la gloria eterna y pomposa de Real Madrid.

Zamorano, sin duda, está en la lista corta de las estrellas históricas del fútbol chileno. Para muchos es el mejor delantero centro que ha nacido en el país y, con ventaja grande, el cabeceador más insigne que se haya visto vistiendo la camiseta roja de la Selección.

Es querido y respetado en el mundo futbolero. “Bam Bam” hoy se da una vueltecita por Madrid, por Milán, por Ciudad de México, por cualquier capital sudamericana y convoca atención y saludos. Es un crack que traspasó los límites de su propia generación. Y él lo sabe, y lo disfruta como el que más, ¿sabes? (una forma de expresión que es como muletilla eterna).

Sin embargo, para los chilenos representa incluso más que una estrella del fútbol. Es como el paradigma del niño que se tuvo que hacer hombre temprano por la ausencia del padre. Puso a la madre en el centro de su adoración y desde ahí, a punta de cazuelas con mucho “cilandro”, como dijo en un comercial, se abrió paso en el mundillo futbolero hasta llegar al cielo mismo.

Sí, claro, no todo ha sido color de rosa para Zamorano.

Sus penas más grandes en lo deportivo fue no hacer goles en un Mundial y no ser campeón con su Colo Colo querido.

En lo personal, ni hablar. Le costó esfuerzo y un par de lagrimones encontrar a su otro yo, pero la vida le devolvió todo al conformar una familia como él siempre soñó: unida, apañadora y buena para recorrer el mundo junto a él.

“Bam Bam”, por cierto, como todos, ha dado pasos en falso. Su gran proyecto de la Ciudad Deportiva tuvo una vida demasiada corta para lo que él pensaba y terminó siendo un lastre debido a la incompetencia en la administración.

Tampoco es un buen recuerdo su opción de convertirse en un ícono del servicio público. Ser rostro del naciente Transantiago -que fue un proyecto mal diseñado y pésimamente ejecutado- lo convirtió de repente en un símbolo de la ineficiencia, lo que le provocó sus primeras -y únicas- silbatinas en contra del pueblo del cual siempre ha sido parte.

Pero, así y todo, Iván Zamorano es un ídolo eterno, de esos que da gusto tener.

Y aunque ahora se le ocurre hasta imitar formas de hablar de distintos países o cantar en comerciales (situaciones ambas que claramente no son sus virtudes), hay que dejarlo no más hacerlo porque se lo ha ganado.

“Bam Bam” es crack. Punto final.