Columna de Sergio Gilbert: Jáuregui, el chico que nunca quiso crecer

Tras su retiro, siguió siendo el mismo cabrito chico de siempre, ese de moledera, pillete y con la talla siempre en la boca.

Por SERGIO GILBERT J. / Foto: ARCHIVO

Arturo Jáuregui se fue y lo hizo como siempre: buscando el espacio preciso, el momento perfecto.

Es que el “Chico” era volante de esos de barrio, de cancha de tierra, de pelota pesada, que por ser menudo y con cierta tendencia a pasarse de algunos kilos, eludía el choque directo y se afanaba en la búsqueda de la rendija precisa para poder llegar al arco. Un “10” como debe ser, como dictan las normas del fútbol que se juega en las calles, en los potreros, en los patios de pasto larguísimo.

Nunca aprendió a jugar de otra manera. La verdad, no le interesó evolucionar ni menos transformarse en un volante mixto, un mediapunta o un “doble 9”, esos motes medio pitucos y excéntricos que los DT de corte académico les ponen a los jugadores de hoy.

No. Jáuregui simplemente era bueno para la pelota, para hacer cachañas, para convertir goles eludiendo patadas, insultos y codazos. Era bravo y no entendía mucho de eso de las tácticas distintas o de los nuevos sistemas. “Una vez, cuando había perdido mi puesto de titular en Colo Colo y estaba pensando en irme, se me acercó el entrenador Arturo Salah porque dijo que quería hablarme una cosita. Me invitó a caminar por la cancha de entrenamiento de Pedrero -que era lo que él le gustaba a la hora de conversar- y me dijo que iba a hacer un cambio táctico en el equipo: iba a sacar un puntero neto y quería poner a un mediapunta. No le entendí mucho, pero me explicó mejor con peras y manzanas: saldrá Washington Castro, pondré a Hugo Rubio y Juan Gutiérrez adelante y necesito alguien que venga de atrás para romper y hacer paredes. Ese sería usted. Así me reconvertí, aunque, en verdad, siento que seguí haciendo lo mismo de siempre, pero con otro nombre más bonito nomás”.

El “Chico”, transformado y con sello pituco, se convirtió así en factor clave en el título obtenido por Colo Colo en ese tenso primer año de Arturo Salah a cargo del equipo albo (1986).

Pequeño de estatura, pero grande en talento. Jáuregui era de esos futbolistas por los cuales uno paga feliz para verlos jugar.

“No pude jugar la final contra Palestino por acumulación de tarjetas amarillas. El profe Salah incluso me había dicho que me hiciera amonestar antes en el torneo para estar en ese eventual partido, pero yo le dije que no, que a lo mejor ni siquiera íbamos a ir a definición porque podíamos ser campeones en la fase regular. Aposté mal porque sí hubo partido de definición. Estaba enrabiado el día que fuimos campeones. Pero no me arrepiento de la decisión que tomé”.

Los años posteriores sí fueron una revancha para Jáuregui, quien se hizo figura del equipo blanco. Goleador fue. Hasta que ya no le dio más. “¿Sabe por qué me fui de Colo Colo? Porque me di cuenta de que ya no daba para jugar en un equipo con esa exigencia. Me quedaba casi un año para terminar mi contrato, pero después de jugar la Copa Libertadores de ese año (1989) caché que no me daba el cuero. Así que hablé con don Peter (Dragicevic) y le dije que me iba. Y así nomás fue. Colo Colo merece jugadores en su peak y yo no lo estaba”.

Luego de ello, el talentoso volante se fue alejando de a poco de las luces, de las entrevistas, de los halagos. Pero, así y todo, incluso tras su retiro, siguió siendo el mismo cabrito chico de siempre, ese de moledera, pillete y con la talla siempre en la boca. Se fue a administrar la carnicería de su viejo y ahí se asentó por mucho tiempo.

“Me separé, me enfermé, me vino la mala, pero yo siempre traté de buscar la buena onda. La gente que iba a la carnicería veía los banderines y las camisetas que tengo, y en especial los hinchas de Magallanes y Colo Colo me metían conversa y yo feliz, porque me gusta hablar de fútbol”, contaba hace sólo un par de meses en la casa de su ex señora en Maipú, “que me recibió y a la que estoy tratando de conquistar de nuevo”, dijo calladito, como si estuviera haciendo una maldad.

El “Chico” ya no está. Se fue. Dejó hijos y nietos. Y muchos recuerdos. Las de un cabro chico eterno que nunca creció porque no estaba destinado para eso.