Columna de Sergio Gilbert: Nunca tuvimos nada, ni quisieron que tuviéramos todo

Todo parecía ir sobre ruedas para este Chile que se daba ínfulas pese a tener nada más que ganas.

Por SERGIO GILBERT J. / Foto: ARCHIVO

¿Estaba Chile capacitado como país para ser co-organizador de un Mundial de fútbol adulto?

Por supuesto que no.

¿Había posibilidades de ser una subsede pequeña, que albegara partidos de poca monta o derechamente medio chantas?

Puede que sí. Pero con algunos reparos. Igual habría que haber invertido unos cuantos millones de dólares para amononar el Nacional (aunque ahora ya esté mejor por obra y gracia de Santiago 2023), el Monumental y el Ester Roa, que son los recintos que podrían llegar a cumplir el famoso “estándar FIFA”.

Pero igual era una ilusión desmedida. Una apuesta alta. Una jugada política desmedida y altamente populista en la cual dos gobiernos (el de Sebastián Piñera y el de Gabriel Boric) se hicieron parte pensando en el rédito que les podría dar desde el punto de vista de la imagen pública (tan deteriorada en ambos).

Todo parecía ir sobre ruedas para este Chile que se daba ínfulas pese a tener nada más que ganas. Cuando se creó a Corporación Juntos 2030 y se designó al periodista chileno Michael Boys como secretario ejecutivo, más de algún incauto pensó que con el “Colorado en ese puesto” (N. de la R: me atrevo a llamarlo así porque trabajé con él y es amigo mío) tanto la Conmebol como el resto de los países involucrados en el proyecto de traer el Mundial a Sudamérica -Argentina, Uruguay y Paraguay- le estaban dando un espaldarazo a la aspiración chilena.

Las pinzas. Fue un distractor. Un volador de luces que se complementó con la adulación al presidente de la Federación, ese genio llamado Pablo Milad, entregándole una vicepresidencia vacía (la tercera) en la Confederación que, por cierto, trae amarrado un puñado de dólares mensuales.

Plan perfecto. Caímos redonditos. Porque mientras en Chile se pensaba que algo podría hacerse para conseguir el objetivo, los “socios”, esos partners con los que se creía haber logrado un a unión sincera y feliz, cerraron filas entre ellos, se instalaron como clan y, dejando a los chilenos fuera de todo, vendieron su candidatura a la FIFA a cambio de unas monedas: la clasificación directa de los tres países restantes al Mundial de 1930 y un par de partidos como punto de partida de una Copa del Mundo que finalmente se jugará lejos, allá en España, Portugal y Marruecos.

Quedamos como giles. Como tontorrones útiles. Como inocentes pajaritos en medio de un bosque dominada por aves rapaces.

Ya dan lo mismo las pataletas, los alegatos o los intentos de anteponer el orgullo patrio frente a esta jugarreta ideada por aprendices aventajados de Don Corleone.

Lo peor es que quienes se burlaron nos mandan ahora “a la FIFA”, no se sabe si como opción o simplemente para seguir humillándonos.

Nunca tuvimos nada para organizar un Mundial. Y nadie quiso que tuviéramos todo. Salvo un par de puestos de trabajo que, por cierto, siguen manteniendo los compatriotas que alguna vez fueron utilizados por los maleantes para conseguir sus fechorías.

En verdad, no tenemos que perderlas todas, dirán ellos…