Yo defiendo al “Chino” Ríos

Puso a desubicados reporteros en su lugar, mandándolos a “chuparla” luego que se metieran en su vida privada preguntándole por el estado del equipo para el encuentro de este fin de semana ante Ecuador, por Copa Davis. Idéntico consejo para responder acerca de ese homenaje que le prepara el nuevo gobierno por sus 20 años de número uno del mundo. En otras palabras, la fama no lo ha cambiado nada. Sigue siendo el mismo patán. ¿No es lindo que la gente nunca cambie?

Como al parecer es el momento de los pinganillas, esta vez, y para ponerme a la lata con los nuevos tiempos, voy a defender a brazo partido a ese pinganilla de marca mayor de nombre Marcelo Ríos Mayorga, popularmente conocido en Vitacura y sus alrededores como el “Chino” Ríos.

Vivaracho como soy, no pienso tropezar una vez más con la misma piedra e intentar, estúpidamente, que un pueblo ya demasiado estúpido vea la luz y sepa discernir entre el verdadero ídolo y el ídolo de barro. Que, ya viejo, y por lo mismo un poquito gagá, trate de mostrar la diferencia que existe entre un crack del tenis con todas las letras y un tipo cuyo breve relumbrón en lo más alto del podio lo tiene convencido –a él y a sus incondicionales seguidores-, que su éxito, cuestionable y por lo demás efímero, le da gratuita patente de rotito, grosero y mal educado.

No, señor. No voy a cometer dos veces el mismo error, y ganarme de esa forma surtidos anatemas e insultos de tipos que, para rebatir mis juicios, ni siquiera se ponían colorados a la hora de escribir con faltas de ortografía y una redacción para llorar a gritos que daban cuenta –además- de lo perdidos que andan todos esos tontitos vociferantes que salen a la calle a exigir una buena educación.

Por ningún motivo. El que me rebatieran con insultos en lugar de argumentos es, por lo demás, muy propio de los tiempos que vivimos. En tiempos de cambalache desatado, se sabe que da lo mismo ser honesto que ladrón, que da lo mismo un burro que un gran profesor. Que ya en el lejano 1934 Enrique Santos Discépolo viera lo que se nos venía fue un morrocotudo acierto, como diría el recordado “Sapito” Livingstone, lo que transforma a Ríos en todo un filósofo elevado a altares similares a los de un Platón, un Immanuel Kant, un Martin Heideger, un Voltaire, un Bertrand Russel o un Jean Paul Sartre, entre tantos otros.

Todo esto a cuenta de la última salida del “Chino”, que, una vez concluida la práctica del equipo chileno de Copa Davis, que se prepara para enfrentar este fin de semana a Ecuador, con esa elegancia y fineza que lo distingue, mandó a los periodistas que quisieron entrevistarlo a “chuparla”. Y cuando a pesar del claro mensaje los agresivos noteros quisieron insistir con otra pregunta majadera y desubicada, he aquí que a nuestro ídolo no le tembló la voz para mandarlos a que la chuparan de nuevo.

¡Así se hace…! ¡Grande, Marcelo…! Y no fue para nada pecado que, para dejarlos de una pieza, parafrasearas sin asco a otro que, más allá de su calidad y su talento, siempre tuvo pies de barro y mierda en la cabeza: Diego Armando Maradona.

Es la mejor arma de que disponen los ídolos para responder preguntas tan desubicadas, invasivas y personales, como querer saber el momento del equipo y el estado de las conversaciones con la futura ministra del Deporte –Pauline Kantor- acerca del homenaje que el nuevo gobierno le prepara al prócer del tenis por sus veinte años como número uno del deporte.

Era lo que había que hacer: ponerlos en su lugar. Y mucho mejor si el insulto era con el agregado de una gratuita humillación. Porque eso de decirle al encargado de prensa de la Federación que querías hablar con la prensa, y después despacharte con ese numerito de patán, no me digan que no fue realmente genial.

¿Qué los perlas querían salvar el día con una cuña llena de sabios conceptos? ¿Dónde la vieron?
Estuvo muy bien que se las cantaras claritas. Al pan, pan; y al vino, vino, como decía mi abuelo patrón cada vez que se le paraba el jornalero y lo dejaba calladito, dejando en claro de entrada quién era el ser superior.

¿Dónde se ha visto que una figura de tus quilates les pare la olla del día a reporteros zarrapastrosos, que hasta alcanzaron a poner los ojitos blancos pensando en el golpe periodístico que iban a dar, dejando además felices a editores igualmente despreciables por esa primicia mundial que les iban a traer sus subordinados?

Un ídolo de tu estatura, de tu dimensión, no está para eso. Está para atropellar amigos, mear a desconocidos, meterse al bolsillo a ese Massú que se cree tu jefe y ningunear a los jugadores del equipo, pelotudos todos ellos por querer representar de buena forma al tenis chileno frente a los ecuatorianos.

No son como tú, que vez que tuviste que representar al país en un torneo internacional diste jugo como loco de puro guapo y choro.

Como cuando en Sydney 2000 te negaste incluso a portar la bandera en el desfile inaugural, para dejarles en claro a todos esos dirigentes figurones, que querían aprovecharse de tu bien ganada fama de jugador único e irrepetible, quién era el verdadero protagonista de esos Juegos Olímpicos. Que después, ya en competencia, dieras como siempre la hora, es apenas un detalle. La justa retribución para aquellos que no supieron aquilatarte en toda tu valía y se negaron tozudamente a darte lo que justa y criteriosamente exigías.

Dirigentes tan frescolines y mediocres que, frente al inesperado contratiempo, no hallaron una solución mejor que designar en tu reemplazo como abanderado a Nicolás Massú.

Un Massú que, según me cuentan los que saben de tenis, cuatro años después, en Atenas 2004, fue doble medallista de oro, en singles y en dobles, haciendo pareja con otro jugadorcito que –buenita persona él, muy correcto- nunca te pudo llegar a los talones: Fernando González.

Igual, el que no les respondieras a los reporteros la segunda pregunta que alcanzaron a hacerte, antes de darse cuenta que te los habías sutilmente pistoleado, me dejó con una tremenda duda: ¿es o no cierto que el nuevo gobierno quiere homenajearte en marzo para recordarnos a todos tu épica victoria frente a Andre Agassi que significó que fueras por tres semanas el ídolo indiscutido del tenis mundial?

Creo que, de ser ello cierto, corresponde. Que ese número 1 que alcanzaste bien vale que tiremos todos la casa por la ventana. Que ese próximo 29 de marzo se declare feriado nacional y que se habilite el coliseo central del Estadio Nacional para ese partido de exhibición que con toda justicia relegue a un segundo plano el sexto título de Federer en el Abierto de Australia y los veinte Grand Slam que el suizo ha acumulado en su mediocre carrera, plagada de triunfos arreglados.

El court del tenis no sirve. Quedaría chico.

Es lo menos que puede hacer un gobierno que empezó a ganar en las urnas en cuanto la gallada se enteró de que en ningún caso era Alejandro Guillier tu candidato para ocupar La Moneda. Un periodista era para ti -todo un pensador, un intelectual de marca mayor- muy poquita cosa frente a un esforzado inversionista que le ganó a la vida.

Además de a la Justicia y a Impuestos Internos…

Lo importante es que, más allá de tus sabias palabras, no te quedaste sólo en los dichos.
Entendiendo que el pueblo debía movilizarse para evitar que el país siguiera hundiéndose, como seguramente supiste leyendo los acertados informes del Doing Business del Banco Mundial, y que íbamos derechito a convertirnos en una segunda Venezuela, si es que no en algo peor, tomaste la patriótica decisión de viajar desde Estados Unidos exclusivamente para votar.

Y como con eso contribuiste a librarnos del marasmo, llegué a pensar que el futuro presidente, campeón del criterio y los golpes de efecto, hasta podía designarte ministro.

Como Arturo Salah, como Jaime Pizarro –los dos deportistas-, llegué a imaginarte en el despacho que ambos ocuparon.

Confieso que hasta llegué a disfrutar imaginando tu trato correcto y educado para con funcionarios flojos y deportistas pedigüeños, sólo que alguien rompió cruelmente mis sueños cuando me hizo ver que en este país existe lo que se llama “cuoteo”, y que ninguno de los partidos que apoyó desinteresadamente a Piñera iba a dejar escapar ese sabroso botín.

Para conformarme pensé, además, en lo que habrían sido esas reuniones de gabinete en La Moneda, con un Presidente tratándose de hacerse el simpático y un “Chino” Ríos impedido de tomarse siquiera una “chelita” por el riesgo que, de repente, le vinieran ganas de orinar.

Pero con este merecido homenaje te van a recompensar. Partido de exhibición frente al mismo Agassi que, me imagino, será gratuito y con entrada liberada. Porque, más allá de la admiración que en mí provocas, no me imagino que el próximo gobierno eche mano a recursos públicos para una actividad a beneficio de un privado.
En fin, que el lugar que con toda justicia te pertenecía lo va a ocupar, por los próximos cuatro años, una Pauline Kantor que, para colmo, dicen que es periodista.

Si fuera por hilar fino, hasta se podría pensar que el Presidente hizo tal designación para molestarte. Para herirte en lo más profundo de tu ser. Algo así como lo que hizo contra los estudiantes con la designación del ministro de Educación (Gerardo Varela) y lo que hizo contra las mujeres con el nombramiento en la cartera de la Mujer de Isabel Plá, pechoña como la que más.
En fin, que tampoco creo que esta increíble omisión te haya dolido mucho.

Lo tuyo fue y seguirá siendo el tenis.

En tus tiempo de jugador, para arrasar con todos esos tipos que se arredraban ante tu talento y entregar criteriosamente esos partidos en que el rival se ponía pesado. Para después de dos décadas seguir manteniendo en alto el mito aunque nunca hayas ganado ni un miserable Grand Slam.
Hoy, como ayudante técnico del equipo de Copa Davis, sigues siendo el mismo patán, lo que demuestra que la fama no te cambió para nada.
Un sonoro Ceacheí por eso.