“Comité de crisis” en el Colegio San Ignacio El Bosque

Aproximadamente 50 alumnos de primero y segundo medio son investigados por abuso sexual contra alumnas de séptimo y octavo básico. El colegio suspendió las clases y entró en una etapa muy jesuítica que se denomina “Comité de crisis”.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

Según Althusser, marxista estructuralista, “la historia no tiene sujeto”, sino que el motor de la historia depende de las masas. Las estructuras sociales operan de este modo; los sistemas, anclados en la teoría de Niklas Luhmann, también. Ahora se señala a estos niños por un ataque sexual contra unas niñas. La investigación está en curso. ¿Qué pasa con la estructura y la jerarquía de la Iglesia y de la Compañía de Jesús? Cabe recordar que desde los 14 años los adolescentes tienen responsabilidad por eventuales delitos cometidos.

La crisis es estructural, sistémica y sistemática. Pero la crisis también parece ser parte de una estructura, con lo que es absorbida rápida y estratégicamente por el sistema. ¿Cuál sistema? El sistema o la estructura de delitos sexuales que la Iglesia Católica y, en este caso, los jesuitas, han instaurado no sólo dentro de sus establecimientos sino que en las conductas de su alumnado y de los hombres y mujeres que se acercan a Cristo para salir trasquilados. Recuerdo campamentos de verano y, por suerte, nunca participé en CVX (Comunidad de Vida Cristiana).

La denuncia fue hecha por apoderados del establecimiento ignaciano, quienes acusaron a un grupo de alumnos de primero y segundo medio de estar abusando de algunas compañeras. Se equivoca El Desconcierto al señalar como “manada”, el punto no es atacar a estos niños, resulta fácil, aunque son responsables de lo que hacen. Las prácticas de abuso son un problema estructural, de la cultura y, por supuesto, de género. Estos niños, en términos de Bourdieu, tienen integrado un habitus del abuso, que viene directamente del cielo y pasa por los jerarcas jesuitas que han hecho de su institución una bacanal. Todo esto con un sesgo de clase que pasa por alto, siempre se pasa por alto la variable “clase”.

Hace poco, una ex apoderada del colegio me contaba sobre la fascinación que sentían las jóvenes de los setenta y ochenta por estos curas que hoy se han revelado unos grandes pedófilos y negociantes, amparados en un discurso de izquierda, en una seducción intelectualoide. Para quienes fuimos a colegios ignacianos, la educación jesuita fue siempre una ventaja respecto de los demás, en las universidades o en las calles: ser ignaciano representa algo tan tradicional, que la evaluación civil de uno en tanto sujeto tiene un plus. No así los colegios de monjas, que son una especie de secuela de los colegios de hombres.

Cuando los colegios de la congregación comenzaron a plantearse el hecho de integrar mujeres a las aulas, hubo una gran discusión en todos los niveles. De parte del alumnado, colmillos afilados, era un sí rotundo. Lamentablemente, ciertas maniobras progresistas o de adaptación a los cambios sociales no pueden realizarse sin cambios estructurales. Sin embargo, hay que hacer esos cambios. Lo mismo pasa hoy con el Gobierno, con cierto feminismo, que fue rápidamente mercantilizado por la máquina de deglutir capitalista. Esto no significa que los predicamentos feministas esenciales no estén en lo correcto, pero se ha perdido de vista que la estructura sigue siendo patriarcal. Lo que pasó en el San Ignacio es nueva evidencia de aquello. Hay que atacar la estructura, modificar instituciones.

Así, las autoridades del establecimiento suspendieron las clases hasta el lunes (entre medio está el recogimiento santo) y convocaron a un “Comité de crisis”. Uno tiende a pensar que estos hechos fortalecen a instituciones como la Iglesia. ¿Cuántos casos de abuso, sexual y económico, han quedado en evidencia en los últimos años? Basta leer el libro fundamental de Silvia Federici sobre el concepto de acumulación originaria, “Calibán y la Bruja”. La cantidad de abusos y cómo la Iglesia fue enemistando hombres y mujeres da para escribir por lo menos tres Biblias. El comunicado del colegio fue el siguiente: “Lamentamos profundamente la vulneración sufrida por un grupo de alumnas y, más aún, que esto haya sucedido en el lugar donde todas y todos deben sentirse seguros y protegidos, su colegio”.

Estos hechos salen a la luz pública a tan sólo días del artículo publicado en Interferencia sobre el negociado del cura Berríos con la constructora de su hermano. ¿Qué hacer?