Cómo el «estallido» salvó a la U de su peor fracaso de la década

El equipo tuvo tres técnicos y dos presidentes y sólo la convulsión social que frustró el torneo le salvó del descenso. La partida de Johnny Herrera forma parte de un plan de ajuste financiero y depuración de un camarín “sin vacas sagradas” que no garantiza la jerarquización que reclama el cuadro azul.

Jugando en el campeonato más irregular del mundo, la U culminó su peor año de la década y solamente el estallido social que abortó el torneo le permitió salvarse del descenso. Si no es casualidad que millones de chilenos salieran a la calle a vomitar su descontento por la desigualdad del sistema, tampoco lo fue que los azules tuvieran tres entrenadores en la temporada y dos presidentes terminaran por resignarse a reconocer que manejar al club no responde a las mismas claves de cualquier empresa.

Y si algo faltaba para ese frustrante desenlace del 2019, el plan de depuración pergeñado desde una oficina y ejecutado por un técnico interino, acabó por borrar del mapa al último ídolo de los hinchas, Johnny Herrera.

Sin embargo, la suma de frustraciones se venía encadenando hace más de diez meses, cuando el presidente Carlos Heller permitió que las malas elecciones de sus asesores directos y el desfile de entrenadores -partió con Frank Kudelka, siguió con Alfredo Arias y Hernán Caputo no logró impedir el descenso virtual- liquidaran las posibilidades de un plantel mal conformado y que siempre careció de jerarquía de juego y cohesión interna.

En rigor, la U vivió un año que le tuvo siempre al filo de la navaja, apenas empujado por la pasión de sus seguidores y la utopía de resucitar apelando a alguna ayuda divina.

Por cierto, el aspecto financiero condicionó muchas decisiones directivas, como la contratación de jugadores mediocres y la mantención de otros en caída libre -Beausejour, por ejemplo-, con sueldos innegociables para ajustarlos a la realidad actual. La suerte de Herrera estaba echada hace largos meses, incluso con declaraciones ajenas a cualquier protocolo cuando el propio Heller aseguró que “el club no necesita cabrones ni vacas sagradas en su camarín”. Esa suerte ya estaba definida cuando Heller dejó el mando operativo a José Luis Navarrete para aplicar un plan de reestructuración que incluía la reducción de los costos financieros y la renovación del plantel.

Para desarrollar ese programa tuvo la anuencia de un técnico debutante y carente de recorrido profesional como Caputo, que con el hambre de gloria de cualquier DT desconocido, se expuso a las brasas cuando el incendio ya estaba desatado sin vuelta. Herrera se fue sin resquemores público, elegido como el mejor portero de la década por El Mercurio y la expectativa de una revancha en Everton, que además le reabre una puerta de proyección a México.

Sin embargo, pese a todos los desaciertos, la U respira y agradece al altísimo cielo por una convulsión sociopolítica que acabó con su tortura en el torneo. Incluso, se ilusiona con jugar en lides internacionales a través de la Copa Chile, pero su futuro futbolístico es tan incierto y complejo como siempre. Por ahora, apuesta sus fichas a un nuevo azar del destino, como aquel glorioso estallido social que e cambió el rumbo a su resonante fracaso…