¿Conectar nuestros cerebros a computadores? Claro, ¿qué podría salir mal?

La neurotecnología podría controlar nuestros cuerpos y cerebros. ¿Le parece conocido?

Por ANDRÉS ALBURQUERQUE / Foto: ARCHIVO

Nita Farahany, profesora de Derecho y Filosofía en la Universidad Duke, en Carolina del Norte, centra sus estudios en el crecimiento de la neurotecnología en nuestra vida cotidiana, y concluye que puede aportar información muy valiosa sobre el funcionamiento del cerebro humano. Pero que, a la vez, podría significar el fin de la libertad tal como la conocemos.

Se trata de un campo de investigación en auge que podría tener todo tipo de aplicaciones para la salud y que va más allá de los dispositivos portátiles, como los relojes inteligentes que controlan la frecuencia cardíaca o la cantidad de pasos que se dan al día.

En su último libro, “The battle for your brain” (“La batalla por tu cerebro”), explica que “en un futuro cercano no sólo se podrá controlar la frecuencia cardíaca, los niveles de oxígeno o los pasos que damos, sino también nuestra actividad cerebral, y llevemos sensores cerebrales integrados en los auriculares y los relojes para controlar nuestra actividad cerebral del mismo modo que controlamos el resto de nuestras actividades”.

¿Cuál es el problema? ¿Aparte de la posibilidad de que rastreen tu cerebro? A Farahany le preocupan los posibles problemas de la privacidad, y esboza varios escenarios en los que el acceso a esta información podría ser problemático, si no se establecen las protecciones adecuadas.

Las fuerzas de seguridad podrían solicitar los datos a las empresas de neurotecnología para colaborar en investigaciones criminales, afirma, y cita como precedente la presentación de los datos de Fitbit como prueba ante los tribunales. Advierte que podría extenderse al lugar de trabajo, dando a los empresarios la oportunidad de hacer un seguimiento de la productividad, o -peor- de si la mente de los trabajadores divaga mientras trabajan.

Farahany sostiene que, sin la debida protección de los derechos humanos, el crecimiento ilimitado de esta tecnología podría conducir a un mundo que viole nuestro derecho a la “libertad cognitiva”, que es el derecho a la autodeterminación sobre nuestros cerebros y experiencias mentales.

En lo que respecta a la neurotecnología, ya existe -en miles de empresas de todo el mundo- una monitorización básica del cerebro de algunos empleados. Por lo general, se hace un seguimiento de aspectos como el nivel de fatiga de un conductor comercial. O si eres minero, con sensores cerebrales integrados en cascos o gorros de béisbol que detectan tus niveles de fatiga… En ese caso puede que no sea tan intrusivo en relación con los beneficios para la sociedad y para el individuo, pero…

Pero la idea de rastrear el cerebro de una persona para ver si está concentrada o no, para ver si los empleados prestan atención, y cuáles prestan más atención, y quiénes tienen períodos de vagabundeo mental, y luego utilizan eso como parte de la puntuación de productividad, socava la dignidad del trabajo.

Farahany avisa que el ritmo de desarrollo puede ser demasiado rápido para mantenerlo razonablemente bajo control, pero cree que es sólo cuestión de tiempo para que la tecnología se adopte de forma generalizada.

Que no sea al estilo de “El gran hermano” pensado por George Orwell, del “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury o de “Un mundo feliz” de Aldous Huxley dependerá de lo atento que esté el mundo para controlar los límites de lo permisible.