Copa América: a esta Roja sólo cabe pedirle un papel digno

El equipo se puso añoso y los muchachos ya no pueden ser, aunque quisieran, esos “perros salvajes” que, jugando y marcando en manada, llamaron la atención del mundo. Pero como nunca faltan los vendedores de humo, hay quienes han apuntado al equipo de Rueda como uno de los favoritos para quedarse una vez más con el trofeo. Como decía un viejo programa de la radiotelefonía nacional, “soñar no cuesta nada”.

Con el duelo entre Brasil y Bolivia como encuentro inaugural, partió la Copa América 2019. El partido, sobre todo en la primera etapa, fue bastante discretito. Porque sin Neymar el “scratch” tiene calidad pero no abundancia de magia, mientras que el cuadro altiplánico, consciente de su inferioridad, salió sólo a aguantar cuanto pudiera.

El 3-0 final fue tan indiscutible como lapidario.

Lo bueno: los programas deportivos especializados de la televisión y la radio, y los medios de comunicación en general, pararán de especular y darse miles de vueltas acerca del “quiebre” al interior de la Roja, exprimiendo hasta el hartazgo un cahuín de poca monta en el que han salido al baile no sólo Claudio Bravo y Arturo Vidal, más la esposa y la suegra del arquero, sino que hasta el propio Rueda, que al dolor de cabeza indudable que significa percatarse de que este país no produce desde hace tiempo jugadores de nivel, ha tenido que sumar el verse involucrado en una pelea digna de conventillo.

En otras palabras, comenzó a rodar la pelotita. Y con el turno de debut fijado para este lunes, frente a Japón, es de esperar que periodistas y ex futbolistas la corten con la majadería en la que nos han tenido inmersos desde que los cabros, denominados “la generación dorada”, nos dejaron fuera de Rusia 2018 luego que se creyeran más de lo que son y pensaran que a cualquiera le iban a ganar con la pura camiseta.

¿Dónde la vieron?

Eso ya no existe y en rigor nunca ha existido. En la historia del fútbol, salvo una que otra excepción que no hace más que confirmar la regla, siempre ganó el mejor. El que tenía más juego y mejores jugadores. Lo demás es cuento. O “épica”, si así prefieren llamarlo algunos colorientos.

El problema es que nuestros cabros, acostumbrados durante un siglo a ser arroz graneado, de repente se encontraron con dos Copas América y una actuación excelente en la Copa Confederaciones, perdida frente a la poderosa Alemania sólo por un error gigantesco de Marcelo Díaz. De jugar a jugar, nuestra Roja no fue menos que el elenco teutón.

Y, como les suele suceder a los poco acostumbrados al éxito, se marearon con las alturas. Y tan mareados volvieron de ese torneo jugado en campos rusos, que pensaron que Paraguay en Santiago y Bolivia en La Paz eran para ellos pan comido. Resultado: terminaron ambos partidos con la cola entre las piernas. Y lo que parecía seguro -jugar el tercer Mundial consecutivo, algo inédito para nuestro mediocre fútbol- se transformó en una utopía luego que, aún derrotando a Ecuador en Santiago, había que ir a buscar la clasificación nada menos que a Brasil.

El sonado fracaso, como siempre, sacó a la luz pecados constantes pero que hasta ahí, fruto de los triunfos y los títulos, se habían barrido debajo de la alfombra. Hasta los periodistas fuimos unos redomados alcahuetes, tapándoles una y otra vez las travesuras a estos niños que tanto nos habían entregado.

Que Vidal era un curado incorregible. Que Bravo era un “macabeo” sin vuelta. Que Marcelo Díaz era el “sapo” que la prensa, los dirigentes y el respectivo técnico, tenían al interior del camarín para enterarse de primera mano de curaderas esporádicas e indisciplinas permanentes. “La Caldera del Diablo” (¡qué antiguo…!) quedaba chiquitita al lado de lo que solía pasar cuando estos muchachines tenían días de asueto.

Todo eso, por suerte, entra en receso. Y en buena hora, porque ya nos tenían podridos todos esos programas que, aparte de intentar enseñarle a Rueda cómo convertir en buenos jugadores a pataduras sin remedio, tenían la fórmula mágica para abuenar al “curado” con el “macabeo”.

Pero no hay que cantar victoria. Terminada la Copa América, y según cómo nos vaya, el cahuín va a ser reflotado con el mayor de los entusiasmos y los más sesudos análisis pensando en las clasificatorias rumbo a Qatar 2022.

Por ahora, lo que importa -y en buena hora- es exclusivamente el fútbol. Pero como los chilenos pasamos de acomplejados y chupados a insoportables agrandados sin ningún tipo de transiciones, no han faltado los sabios analistas que hasta han señalado que la Roja llega a este torneo como uno de los favoritos.

Como el “cuco” de los demás seleccionados.

Métanselo en la cabeza: por tradición, por historia, el fútbol chileno nunca ha sido favorito.

Una vez más: ¿dónde la vieron?

No lo éramos para la Copa América de 2015, jugando como dueños de casa, y mucho menos lo éramos para la Copa Centenario, disputada en 2016 en canchas gringas. Y menos podemos serlo en esta oportunidad con un equipo ya añoso que en todo este tiempo no ha encontrado los adecuados relevos que pudieran permitirle mantener una jerarquía cada vez más extraviada con el paso de los calendarios y los recovecos implacables del tiempo.

Porque, ¿cuál fue el secreto del éxito de esta camada que tomó José Sulantay para luego ser perfeccionada por Bielsa y Sampaoli? Que, aparte de contar con buenos jugadores, y tres o cuatro por sobre la media, los muchachos tenían un “hambre” de triunfo -aparte de pechuga- que se les notaba a la legua.

Eran buenos la mayoría de ellos, es cierto, pero, más que eso, eran capaces de imponer un ritmo de juego primer mundista y una intensidad que sacaba de quicio al más pintado de los equipos. Y, guardando las proporciones, así como en su momento el mundo se rindió frente a la “naranja mecánica” que pudo armar Holanda durante la década de los 70, los nuestros recibieron el apelativo de “perros salvajes” porque, marcando en manada, eran capaces de reducir a la mínima expresión a jugadores tan extraordinarios como Messi y Cristiano Ronaldo.

En Youtube existen, hasta hoy, documentales hechos por extranjeros que muestran cómo ese equipo sabía jugar con el balón en los pies y, ya sin él, era capaz de comerse vivo al rival no dándole espacio ni tiempo para prosperar. “Chile es un equipo que no te deja jugar”, dijo en una oportunidad Messi. Y lo que algunos pudieron interpretar como crítica, como la frase típica del picado, era el más rotundo de los elogios para ese equipo excepcional.

Sabemos, de sobra, que eso ya no existe.

El “hambre”, por más que se quiera, ya no es la misma. Y la capacidad física tampoco. La mayoría de esta “generación dorada” pasó la curva de los 30 y pedirles que hagan lo que antes hacían, hasta de manera natural, es imposible.

Siendo realistas, en canchas brasileñas sólo podemos exigirles una actuación digna. Si es buena, es decir, quedar entre los cuatro mejores, ya sería para lanzar las campanas al vuelo. Constituiría una despedida por todo lo alto para un grupo de jugadores que, incluso no siendo ningunos monjes, fueron por un buen tiempo protagonistas principales cuando la historia parecía habernos condenado para siempre a una condición de eternos partiquinos.

Iluso sería -de parte de ellos, y también de parte nuestra- pretender seguir estirando la cuerda. Tres años son un soplo en cualquier vida, pero una eternidad cuando se trata de pensar en la cita mundialera de 2022 en el horno qatarí.

En concreto, y como siempre, los favoritos son otros para esta cita que comenzó en el Morumbí.

Brasil, en primer término, porque aparte de contar con jugadores de excepción en los mejores equipos del mundo, juega de local. Uruguay, porque no en vano es el máximo ganador de este torneo y, a despecho de lo poquita cosa que vienen siendo sus clubes internacionalmente desde hace años, sigue produciendo “cracks” codiciados desde todas las latitudes. Argentina, porque tiene un solista de excepción, como Lionel Messi, bien acompañado de un coro donde los que desafinan son la excepción, no la regla. Colombia, que aunque no termina de cuajar como potencia, tiene elementos de sobra para seguir apostando al definitivo despegue. Ecuador, por último, porque desde hace años nos ha sacado una ventaja gigantesca en lo que respecta a surgimiento de buenos jugadores y equipos mucho, pero mucho más competitivos, que los nuestros.

Consideremos, además, que Paraguay pretende enderezar el rumbo con Eduardo Berizzo en la banca, que Perú viene hace tiempo trabajando bien con Ricardo Gareca en la cabina técnica y lo mucho que ha crecido Venezuela en los últimos tiempos.

En resumen, y hoy por hoy, teóricamente sólo estamos por sobre Bolivia, que a pesar de caer por 3 a 0 en el debut, ante el “scratch”, mostró una selección mucho más renovada que la que podremos exhibir nosotros.

Nunca fuimos un país generoso en la producción de cracks capaces de rendir en cualquier cancha del mundo. Un Elías Figueroa, un Carlos Caszely, un Marcelo Salas, un Iván Zamorano, un Alexis Sánchez o un Arturo Vidal, por último, desgraciadamente nunca tuvieron oportunos clones. Esa es una verdad irrebatible. Pero siempre produjimos jugadores que, sin ser excepcionales como para ser peleados por el Real Madrid o el Manchester United, eran un atractivo para la competencia casera y varios de ellos -incluso- hasta alcanzaron a pegar el salto hacia medios mucho más exigentes que el nuestro.

Hoy, desgraciadamente, eso no ocurre. Ahí están los resultados de nuestras Selecciones jóvenes para confirmarlo. No sólo no ganan, sino que tampoco son capaces de exhibir dos o tres figuritas a las que ponerles algunas fichitas con miras al futuro.

La triste realidad es que no tenemos nada. Y tan dramático es que, hace unos días, el diario “Las Ultimas Noticias” demostraba, con nombres y estadísticas en la mano, que en cuatro años y 80 seleccionados juveniles de paso por la Roja, ninguno ha podido destacarse y dar el gran salto.

Ni para ganarse la camiseta de titular indiscutido en sus propios equipos.

La dramática realidad de ese fútbol, sin mayores perspectivas desde que se implantaron las Sociedades Anónimas Deportivas, nos tiene atados a una generación brillante pero que claramente ya viene de vuelta y está a las puertas de su definitivo ocaso.

¿Favoritos para alzar consecutivamente nuestra tercera Copa América en Brasil?

Como será de difícil que ni los políticos, incluido por cierto nuestro sabio Presidente, se han atrevido a pronosticar tamaño desvarío para que el populacho siga preocupado de nimiedades mientras día a día se lo pasan por el aro.