Crónicas de Sergio Ried: El día que jugué en Montecarlo

Un verano en la Costa Azul decidí hacer un reportaje del club y una entrevista a su director, que en agradecimiento tuvo la gentileza de extendernos una invitación de una semana para hacer uso de las instalaciones. Pero el final de la historia fue algo impensado.

Por SERGIO RIED / Fotos: ARCHIVO

Por alguna razón que desconozco, mi vida estuvo muchas veces ligada al Principado de Mónaco y en especial al Montecarlo Country Club. Todo comenzó cuando a los 24 años, estando becado en París, fui a recibir a un querido amigo que llegaba por barco a Marsella. Era el fin de semana largo de Semana Santa, por lo que aprovechamos de visitar Cannes, Niza y por supuesto Mónaco.

A esa primera visita siguieron varias otras con mi esposa Frieda (QEPD), con motivo del torneo de Montecarlo y algunas sencillamente de paso a otros destinos.

Como consecuencia de este romance con el maravilloso puerto francés, un verano en la Costa Azul decidí hacer un reportaje del club y una entrevista a su director, que en agradecimiento tuvo la gentileza de extendernos una invitación de una semana para hacer uso de las instalaciones. La piscina, una maravilla arquitectónica, con una cascada por la cual se deslizaba el agua filtrada. La cancha central que todos conocemos por el Masters 1000, ya estaba desarmada y el escenario volvía ser el normal, con tres canchas paralelas, dispuestas para el uso de los socios.

Nosotros visitábamos diariamente el club, usábamos la piscina , el restaurante y en la tarde nos sentábamos en la terraza a mirar unos partidos entre socios.

A mí me comían las manos por jugar en ese templo del tenis. Hasta que ocurrió lo impensado, cuando una tarde después de haber almorzado en el club nos encontrábamos en la terraza y de pronto escuchamos que uno de los espectadores hablaba mucho de Uruguay.

Frieda, ni corta ni perezosa, le metió conversación diciéndole que nosotros éramos chilenos, que yo jugaba tenis y que me moría de ganas de pegar unos raquetazos. El señor me miró y al ver que yo vestía shorts, una polera Lacoste y zapatillas, me invitó a jugar.

Frieda fue testigo de mi sueño.

Me prestó una raqueta que era el nuevo invento de la marca Snawaert y comenzamos a pelotear. Me propuso jugar un set, lo que acepté gustoso, ya que por lo que pude apreciar iba a ser un partido fácil para mí.

Frieda, sentada en la silla del árbitro, se solazaba viendo cómo yo cumplía con mi sueño y que, además, iba a ganar fácil . Lo que ni ella ni yo sabíamos, era que esa raqueta era sencillamente inmanejable. Por lo menos para mí. El partido fue una verdadera tortura, ya que yo servía para un lado y la pelota iba para el otro. La volea, que siempre fue mi mejor arma, se tornó en mi enemiga y mi revés con slice flotaba por los aires en dirección al Mediterráneo. Todo esto hizo que llegáramos a un tiebreak que finalmente pude ganar ratoneando.

La famosa e inmanejable raqueta.

De todas maneras, fue algo inolvidable y, además, puedo decir que jugué en Montecarlo… y que gané.