Crónicas de Sergio Ried: El gran Newcombe 

De todos los grandes tenistas que he conocido a lo largo de mi vida, con el que tuve una especial amistad fue con el notable campeón australiano.

Por SERGIO RIED / Foto: ARCHIVO

Conocí a John Newcombe a comienzos de febrero de 1975, en el Raymond James Tennis Classic, de Saint Petersburg, Florida, USA, uno de los torneos del Grupo Azul del circuito de la WCT (World Championship Tennis), asociación de profesionales, pre-ATP, creada por el millonario tejano Lamar Hunt.

El Grupo Azul congregaba a 32 de los mejores tenistas del mundo, entre los que se encontraban Rod Laver, Roy Emerson, Roscoe Tanner, Brian Gottfried, Charlie Pasarell, Vijay Armitraj, Raúl Ramírez, los chilenos Jaime Fillol y Patricio Cornejo y varios otros campeones, fuera del citado John Newcombe. Los otros dos grupos, Rojo y Verde, jugaban en otras ciudades de Estados Unidos.

El hotel oficial era el Sheraton donde yo me desempeñaba como Tennis Pro, por lo que fui nombrado coordinador del torneo, correspondiéndome atender a los jugadores, asignarles las canchas de entrenamiento y solucionarles cualquier tipo de problema.  Lo que no me correspondía era acompañarlos en sus noches de juerga, que en esa inolvidable noche, hice por mi propia voluntad. 

LA NOCHE LARGA

El 4 de febrero (1975), a mitad del torneo, se dieron cita en el bar del hotel John Newcombe y un grupo en el que estaban Pasarell, Davidson, Jovanovic,  Franulovic, Mottram y yo, como invitado especial de «Newk».

Tras varias cervezas, abordamos una van del hotel, rumbo a un restaurante de «seafood» (pescado y mariscos) en Saint Petersburg Beach. Ya en la puerta del local de corte marino, comenzó el show de John, que le arrebató el gorro de marinero y la pañoleta al portero y se los calzó, ingresando al restaurante con el uniforme del personal.

Después, en la barra, hizo una prueba realmente impresionante, bebiendo cerveza de un vaso, sin usar las manos. Siguió su show, cantando temas de su país e invitando a unirse a nosotros a unas chicas de una mesa vecina. 

La cena terminó con el grupo regresando al hotel pasadas las tres de la madrugada, con un final desastroso para mí en el plano familiar, ya que ese día 5 de febrero estaba de cumpleaños mi hija Rosemarie. 

Pero no para»Newk» que amaneció tan fresco como una lechuga, entrenando dos horas en la mañana y  derrotando en la noche a Stan Smith, que solo bebía un vaso de leche y se dormía a las 9 de la noche.

Tres semanas después, el mismo Grupo Azul jugaba un torneo en Orlando, a unas cuatro horas en auto de mi casa, y no dudé en ir a ver a mi amigo «Newk «. Llegué al hotel de los jugadores a la hora de almuerzo y llamé desde el lobby a la habitación de John. Me contestó que ya bajaba y que lo esperara en el bar.

Advirtiéndome que tuviera mucho cuidado porque andaba con su esposa. Lo que equivalía a decirme que esa semana no habría carrete.