Crónicas de Sergio Ried: Gstaad, la joya de la ATP

Entre Roland Garros y Wimbledon, una escapada a la hermosa ciudad alpina, donde un aguacero terminó abruptamente con un especial partido de tenis.

Por SERGIO RIED / Foto: ARCHIVO

Había terminado Roland Garros y junto a mi esposa Frieda (QEPD) decidimos aprovechar las dos semanas que hay entre el torneo parisino y Wimbledon, para conocer lugares que, por una razón u otra, siempre llamaron mi atención.

Nuestro periplo comenzó en la casa de mi hija Rosemarie, que trabajaba en la FIFA y vivía en Zurich, Suiza, desde donde tomamos un tren a Berna, la hermosa capital helvética.

Después de un par de horas de paseo por la ciudad, nos embarcamos en otro tren con destino a Gstaad, a 80 kilómetros de distancia. El viaje, de una duración de tres horas, incluía un cambio de tren en una ciudad alpina, donde abordamos un típico tren de los Alpes, repleto de gente con esquíes y atuendos de montaña.

En medio de un paisaje espectacular, finalmente después de tres horas de viaje, llegamos a nuestro destino, la maravillosa Gstaad.

La ciudad me era familiar, por ser la sede del Swiss Open; por lo que me había contado Pato Rodríguez, asiduo jugador de ese torneo y por mi amigo Alex Corretja, máximo ganador en la arcilla alpina.

También sabía que Gstaad era el lugar donde vivía el eximio violinista y director de orquesta Yehudy Menuhin y donde vacacionaba la nobleza europea, las estrellas de cine y los ricos y famosos de todo el mundo.

Se confundían en mi mente imágenes de David Niven, Grace Kelly y el James Bond, Roger Moore, con las de Roy Emerson, John Newcombe, Guillermo Vilas, Ilie Nastase y otros ilustres campeones del torneo.

JUGANDO EN EL COURT CENTRAL

Después de chequear en el típico hotel alpino Arc en Ciel y de un buen baño de piscina, caminando por la calle principal nos encontramos con el «Roy Emerson Arena», sede del famoso torneo.

Vestido con shorts, zapatillas de tenis y mi infaltable camiseta Lacoste, me presenté en las oficinas del club donde, por mi calidad de periodista de tan lejano país, fui recibido con extrema cordialidad. Me dieron folletos, recuerdos y poleras con el logo del campeonato que se realizaría, como siempre, desde 1915, dos semanas después de Wimbledon.

Pero entre todos los regalos, estuvo el más preciado: poder jugar en el court central con el profesional del club. Era un bronceado joven treintón, con pinta de playboy y ataviado con el último grito de la moda tenística. Después de la presentación de rigor, me pasó una raqueta Yonex de grafito y tras un breve peloteo empezamos a jugar un set.

Seguramente él pensó que este turista vestido de calle iba a ser pan comido. Pero para su sorpresa el turista lo superaba por 4-1 cuando se desató un verdadero diluvio y tuvimos que parar.

Después de pasear dos días por la ciudad y conocer las casas de los famosos, tomamos un tren panorámico que bajaba por los Alpes suizos hasta Montreux y seguía rumbo a Ginebra, con paradas en Lausanne y Vevey donde hicimos una escala de tres horas, que nos permitió visitar la casa del gran Charles Chaplin y la sede de Nestlé, que en Chile era el mayor auspiciador de mi revista Quince Cero.

Después de pasar dos días en Ginebra estábamos en un avion de British Airlines rumbo a Wimbledon, la estación final de este viaje de ensueño.