Crónicas de Sergio Ried: Jugando con las estrellas

Una de las satisfacciones que me deparó mi carrera de profesor de tenis ha sido el haber tenido la oportunidad de haber jugado con dos estrellas de la magnitud de Katherine Hepburn, ganadora de cuatro Premios Oscar, y con la brasileña María Esther Bueno, que consiguó 71 títulos y fue número uno del mundo por seis años. Cada una en su actividad, fue baluarte e ícono imborrable y sus imágenes aún perduran en mi memoria.

Por SERGIO RIED / Fotos: ARCHIVO

Desde muy pequeña Katherine Hepburn (foto principal) fue fanática del tenis y ya consagrada como gran actriz jugaba cada vez que podía en medio de sus filmaciones. Ya en el otoño de su vida me contactó en uno de sus viajes de trabajo a Florida, cuando yo tenía mi club en Saint Petersburg Beach, por medio de uno de mis alumnos, que era gerente de un Holiday Inn de la ciudad.

Jugamos tres días seguidos y no terminé de asombrarme al ver cómo una mujer de más de 60 años golpeaba la pelota y se movía en la cancha. Alta (1.72), desgarbada y huesuda, jugaba con un ímpetu y determinación que me recordaba sus brillantes actuaciones en docenas de películas. Entre ellas las que compartía roles protagónicos con el gran amor de su vida, otro súper actor llamado Spencer Tracy.

Me era difícil concentrarme en la pelota teniendo al frente a una estrella de su magnitud y trataba de que disfrutara en la cancha jugándole a su derecha poco ortodoxa, pero que, sin duda, era su mejor golpe. Me pedía que la dejara servir y volear y hasta hoy, al revisar sus fotos, vuelvo a ese pasado que añoro y no dejo de emocionarme.

No todos los días se puede tener a tamaña celebridad al otro lado de la red.

MARIA ESTHER BUENO

Una mañana de abril de fines del siglo pasado se presentó en mi oficina en las canchas del hotel Sheraton de Santiago, una mujer delgada, graciosa y de apariencia frágil, vestida de tenis y raqueta en mano, a pedirme si podía pelotear con ella.

María Ester Bueno.

Pensé que quería una clase, pero algo me decía que la conocía de alguna parte, pero que no atinaba a recordar.

No sabía quién era y de dónde la conocía, pero su aspecto me era familiar. Hasta que me habló en portugués. Me bastó escucharla para saber que era nada menos que María Esther Bueno, la súper campeona brasileña de la década de 1960.

Empezamos a pelotear y teníamos que parar a los 10 minutos, otros 10 de peloteo y nuevo descanso, hasta completar la hora. Ello a causa de sus siete operaciones al brazo derecho y de la hepatitis que redujo su potencia física, en el mejor momento de su carrera.

Me hablo de sus títulos, de lo mucho que había sufrido por su brazo y de su labor en la WTA, en la que ocupaba un alto cargo y que era la razón por la que había viajado a Chile.

Ganadora de cuatro US Open, tres Wimbledon y finales de Roland Garros y

Australia en singles y de múltiples triunfos en dobles y doble mixtos, fue distinguida en 1959 con el premio de Associated Press «Female Athlete of the Year» y condecorada por el presidente de Brasil.

María Ester Bueno era y sigue siendo, sin lugar a dudas, una de mejores tenistas de la historia.

Y yo estaba jugando con ella.