Crónicas de Sergio Ried: Mi comercial eterno con Stan Smith

Filmar un spot publicitario con un jugador que fue número uno del mundo puede ser un honor y un placer para cualquier tenista. Aunque también puede ser una pesadilla.

Por SERGIO RIED / Fotos: ARCHIVO

Ese invierno de 1975 en Saint Petersburg, Florida, Estados Unidos, se disputaba el Raymond James Tennis Classic y los 32 jugadores que integraban el Blue Group (el otro era el Red Group), se alojaban en el Sheraton Hotel, donde yo era head pro.

Era un torneo de la WTC (World Championship Tennis), el organismo creado por el millonario tejano Lamar Hunt, precursor del Open Tennis o Era Abierta del deporte blanco. Y para fortuna nuestra, dicho grupo contaba con jugadores como Rod Laver, John Newcombe, Charlie Passarell y los chilenos Jaime Fillol y Patricio Cornejo.

Y fue justamente con uno de ellos, Stan Smith, con el que protagonice esta inolvidable anécdota.

UN ASTRONAUTA

El viernes, tres días antes de comenzar el torneo y en medio de los entrenamientos de los jugadores, en las canchas de mi club, se me acerca para hacerme una propuesta el astronauta Erwin “Buzz” Aldrin, piloto del módulo lunar de la Misión Apollo 11, que lo convirtió a él y a su colega Neil Armstrong en los primeros seres humanos en poner un pie en la Luna, aquel inolvidable 20 de julio de 1969. La propuesta del héroe estadounidense era nada menos que servir de sparring a Stan Smith para la filmación de un spot llamando a unirse a la Armada.

En la foto, el autor de esta nota con el célebre Stan Smith / REPRODUCCIÓN

Me lo propuso a mí, porque yo era un profesional del hotel. Incluso ofreció pagarme, lo que rechace de plano, ya que con pelotear con Stan Smith ya estaba más que pagado.

Se trataba de un spot de 30 segundos, cuya filmación no debía durar más de media hora, por lo que me citó para el día siguiente, sábado, a las nueve de la mañana en la cancha.

El spot consistía en que yo le jugará una pelota a Stan para que golpeara desde fondo de cancha, luego otra a tres cuartos y luego una tercera para que voleara y dijera unas cuantas líneas que culminaba con un patriótico “Join the Navy”.

¡Facilito!

Pero ocurre que o yo no le lanzaba la pelota adecuada o él se equivocaba en la volea u olvidaba sus líneas. Ya eran las 11 de la mañana y seguíamos sin lograrlo. Y cuando ya estábamos a punto, comenzó un ruido ensordecedor de una obra en construcción, detrás del court. Después de negociar con los trabajadores para que pararan por un rato, se llegó a un acuerdo, previo un gentil y oneroso pago.

A eso del mediodía por fin se escuchó fuerte y claro el glorioso “Join the Navy” de labios del número uno del mundo.