Cuando la derecha de este país le encontró toda la razón al Che

A un mes prácticamente del Plebiscito de Salida, para votar la Nueva Constitución con un Rechazo o un Apruebo, crecen la indignación y el espanto de las clases privilegiadas y dominantes porque la gente lea el proyecto. Sin parar de subir “fake news” y falsedades a las redes sociales, no pueden disimular su disgusto de que el pueblo se informe y vote en conciencia. Si la propuesta de nueva Carta Magna es tan mala, como afirman, ¿no deberían de estar felices de que el gobierno les haga buena parte de la pega y reparta el “mamarracho” al máximo de ciudadanos?

Por LAUTARO GUERRERO

Viendo el vaso medio lleno, es indudable que, el que en la Región de La Araucanía se hayan agotado en cosa de un par de horas los 28 mil ejemplares de la propuesta de Nueva Constitución, enviados por el gobierno para su distribución y lectura, no puede sino alegrarnos. Siempre será bueno que el pueblo lea y se informe, porque es la mejor forma de no ser timado, una vez más, por los mismos de siempre.

Viendo el vaso medio vacío, sin embargo, nos entran poderosas dudas acerca de si el proceso de reparto de ejemplares fue el adecuado. En otras palabras, si esos ejemplares llegaron efectivamente a personas deseosas de saber e informarse, o fueron peloteados por manos negras cuyo único fin era acaparar el máximo posible de “borradores” para fondearlos, quemarlos o partir a lanzarlos al botadero más cercano.

Es decir, para que la gente no lea la propuesta de Nueva Constitución, y termine quedándose con las “fake news” que hacen nata en las redes sociales, o con las versiones aviesas y falsas de aquellos que, aterrorizados por la posibilidad de que el pueblo elija su propio destino, a toda costa prefieren la espuria Constitución del tirano patán, rasca e ignaro.

No se trata de ver debajo del alquitrán. Ni siquiera de sapear debajo del agua. Sólo que La Araucanía ha sido históricamente un feudo de las clases dominantes de este país, y en ningún caso puede descartarse una maniobra sucia para que el legítimo deber de informar del gobierno se vaya olímpicamente a las pailas.

Digamos, de partida, que en la última elección para elegir gobernadores mediante voto popular, realizada en junio del pasado año, la derecha  eligió a su único gobernador precisamente en la Región de La Araucanía, en la persona de Luciano Rivas Stepke, que se presentó como independiente respaldado por Evopoli. Dicho de otra forma: las 15 regiones restantes eligieron a un candidato que no iba apoyado por la derecha dura y pura.

Razones de más para dudar de la alegría de Verónica López-Videla, seremi del gobierno de Gabriel Boric para la región y cabeza de este reparto. Porque, además, se supone que esa región, conflictuada por un movimiento mapuche minoritario, pero muy recalcitrante y violento, está hasta la tusa de una sensación de inseguridad que en ningún caso es nuevo, pero es así como quieren presentárnoslo la derecha y su casi monopólica disponibilidad de medios de comunicación.

Algo similar a lo que ocurre con encerronas, portonazos, asaltos y cogoteos varios, porque queda la impresión de que en Chile comenzaron recién después del  11 de marzo.

Y es que, a pesar de nuestra mejor buena voluntad, cuesta creer que, a pesar de todas las bajezas, mentiras y manipulación de la información, exista tal interés entre los habitantes de la Región de la Araucanía por leer e informarse. Ojalá así fuera, aunque tendemos a pensar que la rápida desaparición de ejemplares de la propuesta de Nueva Constitución más bien obedece a una artimaña más vieja que el hilo negro, y que las clases dominantes de este país han aplicado siempre.

¿Demasiada suspicacia? Para nada. En pretéritas décadas del siglo pasado la derecha se aburrió de torcer elecciones apelando al matonaje, al cohecho o al burdo y descarado robo de urnas. Y si ello pasaba en las grandes urbes, imagínense nomás lo que ocurría en los sectores rurales. Era tirar y abrazarse.

La derecha –o  los derechistas- se las saben por libros. Han recurrido a estos trucos siempre, y no sólo en política. Recuerden nomás el caso de Nicolás Ibañez, por ese tiempo dueño –entre otras cosas- de la cadena de Supermercados Líder. El periódico La Nación –para variar ya desaparecido-, descubrió que el bueno de Nicolasito boxeaba tupido y parejo a su mujer y decidió denunciarlo.

Casi toda una excentricidad en tiempos que, pegarle a la mujer incluso en los ratos libres, increíblemente no provocaba mayor escándalo.

Sin embargo, cuando Ibáñez se enteró, y luego de decidirse amenazar al medio y a sus periodistas vio que sus bravuconadas no tenían resultado, optó para él por lo más práctico: mandó tempranito a su legión de gomas a diseminarse por todo Santiago y comprar todos los ejemplares de la publicación. Ni los kiosqueros alcanzaron a enterarse de la golosina que traía La Nación de ese día domingo para desnudar toda la bajeza de un rico y famoso que, además, mandó a hacer un busto de Pinochet para prenderle velitas en la casa central de su holding.

Ya ven, pues muchachos, que nuestra suspicacia es inevitable. Lo que pasó con la editorial LOM ya hizo sonar fuerte las alarmas de quienes están a muerte con el Rechazo. Acostumbrada a tiradas normales para este país, que cada día lee menos, imprimieron mil ejemplares de la Nueva Constitución para tantear el terreno y ver qué es lo que pasaba.

La sorpresa fue grande cuando la tirada se agotó en cosa de minutos. Y más grande aún cuando pasó lo mismo con las siguientes. Al día de hoy, LOM ya debe haber superado largo los 100 mil ejemplares vendidos.

Una cosa así, naturalmente que tenía que despertar el horror de la derecha, de los arribistas que siempre la acompañan, y de todos esos seudo intelectuales que pretenden tener el monopolio de la sabiduría y la cultura, como el amarillo Cristian Warnken, por ejemplo, un mequetrefe que piensa que la lectura y el conocimiento no son cosa de rotos. Sólo de ellos, una reducida elite de elegidos al parecer por razones divinas.

Nunca nadie desnudó mejor a esta manga de pinganillas que se juran dioses que Daniel Matamala, en su habitual columna de los días domingo, en La Tercera. ¿No la han leído aún? Se las “recomendu”, amigos, como decía el gran  Elson Beiruth en un réclame, según mi abuelita. Titulada “Una ancha ventana”, Matamala apela al recuerdo de la editorial Quimantú y sus libros que, a precios módicos, llegaban a manos de esa gente humilde que nunca antes había tenido la posibilidad de leer a los más connotados autores de Chile y del mundo. Y de cómo este pecado mortal, que significa leer y cultivarse, provocó –y sigue provocando- el espanto y la ira de las clases privilegiadas.

Pasó en los años de Salvador Allende en la presidencia y sigue pasando ahora. La derecha y sus adláteres no han podido disimular su furia ante el hecho de que el gobierno de Boric reparta la Nueva Constitución al máximo de personas posibles, con el malévolo objetivo de que se lea, se debata y –ojalá- pase de mano en mano. ¡Qué colosal paradoja, amigos…! Si la propuesta es tan mala, como ellos dicen, ¿cuál sería la lógica de criticar y de oponerse a que se reparta?

¡Debiera ser al contrario, viejo…! El Ejecutivo, de puro asopado que es, te está haciendo la pega, dando a conocer ese mamarracho fruto de 154 convencionales.

Seamos sinceros, muchachos: a las clases dominantes, de este país y de cualquier otro país del mundo, no les hace ningún chiste que el populacho se eduque, lea y se cultive. Por ellos, ojalá los analfabetos se les fueran en collera a los delincuentes en cuanto a número.

De las muchas frases que en su vida pronunció el Che, la más conocida de todas es, sin duda, “hasta la victoria, siempre”. Estampada en millones de posters y poleras a través de todo el mundo, hasta Mario Salas, hoy técnico de Huachipato, la asumió como suya como motivadora de los peloteros a su mando.

Pero yo me quedo con otra. Porque es más profunda y, sobre todo, más sabia. Es aquella que dice que “un pueblo que lee y se cultiva, es un pueblo mucho más difícil de engañar”.

Y, encontrándole toda la razón en eso, comandante, no dudo en plegarme a aquella de “hasta la victoria, siempre”.