Daddy Yankee: ¿lo de su estatua al interior del Nacional era una broma, cierto?

La transnacional de la música Spotify exhibió la réplica de este reguetonero, acompañada de un sonriente original.  La web de la Radio Cooperativa informó que quedaría al interior de nuestro primer recinto deportivo, para luego conocerse, según otro portal de noticias, que el adefesio será instalado en un cototudo centro comercial de Las Condes. Si la primitiva versión era verdad, significaba que tocamos fondo y que yo me declaraba apátrida.

Por LAUTARO GUERRERO / Foto: AGENCIAUNO

Confieso que, cuando vi la noticia en la página web de la Radio Cooperativa, pensé que era una mala broma, un chiste de pésimo gusto. Con una foto del “artista”, posando junto a lo que parece un mono de yeso, por el color, se informaba que Spotify, transnacional de la música, había decidido erigirle una estatua a Daddy Yankee en homenaje a su trayectoria. Hasta ahí, todo bien –pensé-, porque si estas empresas han lucrado por años comercializando la música de cualquier burro que cante, a cambio de los millones de dólares que han ganado, qué tanto que inviertan unos pocos dólares para congraciarse y mostrar su agradecimiento hacia “la estrella”.

Pero donde la cosa ya me olió mal, fue cuando la “lectura de mono” que acompañaba a este puertorriqueño prodigio de la música posando junto a su estatua, señalaba que ésta quedaría al interior del Estadio Nacional. El ¡queeeeeé…! que espontáneamente se me arrancó asustó hasta al vecino, que solícito vino a golpearme la puerta para averiguar si algo malo me pasaba. Tuve que tranquilizarlo, aunque no sé cómo, si yo mismo estaba al borde del infarto. O, fruto de la bronca, a punto de agarrar un taxi que me llevara a nuestro primer coliseo deportivo, como dicen los peloteros, para volarle de un palazo la cabeza al mono de yeso con todas las trazas de Daddy Yankee.

¿En nuestro principal monumento deportivo nacional una manga de audaces y patudos nos iban a dejar instalada una estatua de este reguetonero rasca y picante? ¡Pero qué se han creído…! En el vetusto recinto ñuñoíno, hasta ahora al menos, sólo reconocemos y le rendimos pleitesía al “Pilucho”, porque fue donado en 1958 por la comunidad griega en Chile, representa al Discóbolo y sirve para que los giles que andan perdidos lo usen como lugar de referencia para encontrarse. ¿Dónde vai a estar, agilao? En el Pilucho poh, quién no sabe eso…. Es el diálogo que venimos escuchando por décadas, y que hasta forma parte del folclore pelotero.

Porque, aunque a ustedes les parezca raro, en el Estadio Nacional no hay estatuas que conmemoren a los deportistas destacados que hemos tenido. ¿La Marlene Ahrens, primera mujer latinoamericana en ganar una medalla en los Juegos Olímpicos de Melbourne, 1956? ¿Arturo Godoy, que se fue de combo y combo con el grandioso Joe Louis, al punto que la primera pelea hasta la perdió en decisión dividida? ¿Los muchachos del Mundial de 1962, a los cuales seguimos recordando? ¡Nada, viejo, y eso que los pocos buenos que hemos tenido se merecían con creces un homenaje! Como mucho, frente al estadio, pero en Campos de Deportes, hay un monumento en homenaje al “Tata” Riera, al que primero se lo querían comer vivo para luego, conseguido el tercer lugar frente a Yugoslavia, ser paseado en andas por la gallada.

¿Pero este cantorcillo de peso veinte, que fruto del mal gusto que hoy impera llenará tres veces el Nacional, iba a tener allí una estatua? ¡No me jodan, viejo…! Y es que, si ya después de la frisca que nos dieron con el Rechazo pensaba declararme apátrida, de confirmarse esta colosal falta de tino y de criterio partía de inmediato al Registro Civil para pedir que me borren de todos los libros y archivos. Entre ser chileno pelotudo y ser nada, prefiero lo último. Después de todo, y como todo clase media muerto de hambre, jamás he agarrado nada. Para los “palo grueso” soy un atorrante y para el Estado casi un millonario.

Que miles de chilenitos se hayan sacado los ojos por tener una entradita que les permita disfrutar en vivo y en directo a este cantorcillo zafio y picante, trato de sobrellevarlo. Recordé aquello de que “en cosa de gustos no hay nada escrito”, dicho sabio que un amigo periodista enriquecía, explicando que “de no haber gustos, no se venderían las telas ni habría carreras de caballos”.

En una sociedad decadente como la nuestra, donde el proletariado acabó por “lumpenizarse” y confundir lo popular con lo ordinario, allá ellos si les gusta este Daddy Yankee, creador de letras tan imbéciles como huecas y repetitivas. Allá ellos si, para ganar un buen lugar y disfrutar a este portento de la poesía y de la música, llegan al Nacional de madrugada y luego vuelven a sus casas arriesgando un cogoteo. En una de esas, no van a faltar los que, tirando patita por Avenida Grecia, al Este o al Oeste, decidan hacerse un pitutito y colgar giles todavía embobados por el “concierto” que han disfrutado como quien disfruta a Sinatra o a Pavarotti.

Pero, ¿meter una estatua de este puertorriqueño rasca que se jura gringo al interior del Estadio Nacional? ¡Nica, pues viejo…! Eso no podíamos permitirlo, porque si lo aceptamos luego nos van a poner otra de Marcianeke o de Chill-E, otros dos picantes que bien bailan. Al “Pailita” en esto no lo meto, porque el cabro, más allá de que cante puras leseras cacofónicas, según dicen es decente y muy querendón de su santa madre.

Espero que la administración del Estadio Nacional nos aclare cuanto antes que la estatua del Daddy Yankee ese, al interior del recinto, fue sólo un chiste o una arrancada de tarros de los humoristas de Spotify. Pero que el Consejo de Monumentos Nacionales igual le dé un buen coscorrón al encargado del recinto, por no salir a parar a estos audaces y abortarles de raíz el ordinario sainete.

Algo de cordura recuperé, más tarde, cuando otro portal de noticias, en este caso el del Canal 13, señalaba un distinto destino para la repudiable e insólita estatua: no estará al interior del Nacional, en algún momento ominoso de nuestra historia escenario del dolor y el espanto. Según esa versión, se iría a un centro comercial cototudo de la jaibona comuna de Las Condes.

Y aunque el monumento a este picante en un lugar tan fino y encopetado igual nos parezca algo así como encontrarse una aceituna en una paila marina, allá ellos los pitucos si quieren acoger tal adefesio. Sólo vendría a confirmar que el flaiterío, que nos irrita y avergüenza, ha terminado por permear a todas las capas de nuestra sociedad enferma.

No está bien que nuestro pueblo, antes menos inculto y también mucho más digno, siga cayendo cada día más bajo. Tolerar en el Estadio Nacional una estatua de este cantorcillo de peso veinte ya habría sido el acabose, viejo.