De la pasión del pueblo a sus más bajos instintos

Sancionado por la FIFA y con problemas de recintos para cobijar a la Roja, el fútbol chileno sólo trasluce hoy aquellas manifestaciones torcidas que pertenecen a la sociedad en que está inmerso, con sus grandezas y miserias…

La xenofobia, la homofobia y la discriminación en sus diversas expresiones son rasgos intrínsecos de esa pasión popular que define al fútbol como una actividad multitudinaria más flexible en las normas y controles que rigen la sociedad a la que pertenece.

Históricamente, la despedida de Carlos Caszely en el estadio Nacional (1985), en rigor, abrió cauce a una de las manifestaciones espontáneas masivas contra la dictadura en una época de cruda represión a los opositores del régimen.

Como sea, acaso por ese rasgo de su ADN, un estadio puede albergar manifestaciones de toda índole, desde los grupos neonazis que afloraron en Europa en los ‘80, hasta los núcleos más violentos de barras bravas y las oleadas de hinchas que cíclicamente se contagian el virus de los gritos o arengas de moda.

Producto de los tiempos y de esas tendencias, Chile no pudo jugar en el Nacional frente a Bolivia luego de ser sancionado por la FIFA a causa del comportamiento de sus seguidores. “A Argentina, México, Perú y Uruguay se les impusieron multas de 20.000 dólares por incidentes en un solo partido, mientras que Chile recibió una sanción de 70.000 dólares por cuatro casos que se produjeron en diferentes partidos, pero relacionados con incidentes similares de conducta antideportiva perpetrados por hinchas. En todos los casos se trata de cánticos homófobos que entonaron los seguidores de las respectivas selecciones”, expresa el dictamen del cuestionado organismo mundial.

En su cruzada por limpiar la imagen y el alma de una actividad que se hundió en la corrupción de sus líderes internacionales, la FIFA apunta, ahora, a erradicar conductas alteradas de una masa que, a menudo, inconscientemente se suma a campañas por la tolerancia y la inclusión, y poco después está gritando arriba de un tablón.

Como en otras esferas futboleras, la mayoría de los cánticos provienen del Río de La Plata, en su letra y música.

Por ejemplo, el clásico “¡Porompompón, el que no salta es argentino maricón!” llegó desde Buenos Aires, y hoy es el mensaje tradicional en los partidos de Roja, agregando el recién estrenado “¡El que no salta no tiene mar!”… entonado frente a los altiplánicos.

A ese folclore corrosivo del fútbol se agregó en la última década el grito que los mexicanos inventaron para insultar al portero rival: “Un, dos, tres… ¡Puto!”.

Esto, más sus incontables variantes, tienen sin dudas un sesgo homofóbico y discriminador, aparte de xenófobo. Durante la Copa América de Chile, el fútbol nacional –que por esos días se desangraba bajo el escarnio público tras el escape de Sergio Jadue a Estados Unidos- intentó evitar pifias o insultos a los himnos rivales con la ingenua iniciativa de la tarjeta verde mostrada por el público durante la interpretación de las respectivas canciones nacionales.

Sin embargo, asumiendo que Chile es un país con ciertos comportamientos sociales en regresión –como la discriminación en sus distintas facetas-, parece improbable que una actividad tan resonante logre sustraerse de su entorno y sacar de los estadios el virus lacerante de la agresión verbal contra los demás, por cuestiones de nacionalidad, raza o condición sexual.

Si alguna vez un técnico pensante acuñó la frase de que “el fútbol se juega como se vive” aludiendo a su contexto social e histórico, en esta coyuntura sería posible inferir que siendo este deporte parte de su sociedad, tampoco le es factible escapar fácilmente a sus lacras…

Al fin, un tema tan sensible se escapa fácilmente de las manos y así lo refleja el reclamo a la FIFA del presidente de Bolivia, Evo Morales. Sin embargo, más allá de atribuirle esa desmesurada trascendencia, parece más relevante abordarlo por el camino que siempre exigen todas las transformaciones: la educación. Esta vez la educación del hincha, para que la pasión del pueblo no se transforme en el más bajo de sus instintos.

Este texto también lo puedes leer en la edición de esta semana del periódico Cambio 21.