¿De verdad piensas venir, Jair?

El presidente brasileño anunció que muy probablemente esté en el Nacional, el 23 de noviembre, para alentar a Flamengo frente a River, en el partido final de la Copa Libertadores. Pero aparte de que hay sobrados visos de que el encuentro puede chingarse, no está el horno para bollos como para además tener que recibir a Bolsonaro.

Ratificando una vez más que es un imbécil o un provocador, o ambas cosas a la vez, el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, anunció que espera decir presente en la final de la Copa Libertadores que, el 23 de noviembre, enfrentará al actual campeón, River Plate, con el Flamengo, en el Estadio Nacional.

Debiera saber Bolsonaro que en Chile el horno no está para bollos. Que a menos de un mes de ese magno evento del fútbol sudamericano, el estallido social que el país vive no hace para nada seguro que se pueda mantener la sede, más allá de las optimistas declaraciones de Alejandro Domínguez, el presidente paraguayo de la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol).

Debiera saber, además, que su compinche Piñera lo está pasando bastante mal, y que su eventual viaje a Chile sería lo más parecido a tirarle un salvavidas de plomo, dada la profunda afinidad existente entre ambos para aplicar políticas económicas y sociales que protejan a los ricos y le den en el suelo al perraje.

En otras palabras, Bolsonaro y Piñera son de la misma ralea. Hasta orígenes similares tienen. Uno y otro sacaron partido del miedo, de la inseguridad que vive a todo nivel la gente, para asumir ese papel mesiánico que el populacho, en su inmensa ignorancia, generalmente compra.

Sólo después suelen darse cuenta de que la compra resultó un fiasco, cuando generalmente ya es tarde para lamentarse y no hay Sernac que pueda auxiliarlos.

Curiosamente, no es lo único que los une. Redomados oportunistas y sinvergüenzas ambos, no trepidan en asumir simpatías futboleras que jamás han tenido, con tal de vender las pomadas que les sirvan para lograr sus espurios objetivos.

Reconocido hincha del Palmeiras, en su desatada demagogia no trepidó en asistir la noche del miércoles al Maracaná luciendo la camiseta del Flamengo, que aplastando a Gremio se transformó en el rival del River Plate argentino. Astuto y vivaracho, de lo poco que debe conocer Bolsonaro de la realidad brasileña rescató un hecho indesmentible: el “Mengao” es no sólo el equipo más popular de su país, sino del mundo por los millones de hinchas que tiene.

Se calcula que son 40 millones los “torcedores” que adhieren al club carioca.

Vistiendo la “negri-roja”, Bolsonaro les pasó olímpicamente “gato por liebre” a los hinchas del Flamengo, ilusionados, y con toda razón, de volver a obtener ese trofeo que ganaron por primera y única vez en el ya lejano 1981, dejando en el camino a nuestro Cobreloa en un partido de desempate disputado en el “Centenario” de Montevideo.

Es lo mismo que ha hecho, durante toda su vida, nuestro aventajado Presidente.

Para que le fuera bien en su candidatura a senador por Valparaíso, simuló ser hincha de Wanderers, y hasta le compró un traje nuevo al loro mascota de los “caturros”, no se sabe si porque estaba ya muy deteriorado o porque no olía bien a la hora de sacarse fotos con el pajarraco.

Nos referimos, por cierto, a la tenida del loro.

Cuando pretendió la presidencia de la República, a sabiendas de que no tenía dedos para el piano, siguiendo el sabio consejo de su hermano, el “Negro” Piñera, se hizo pasar por hincha de Colo Colo. Pero no un hincha cualquiera. Traicionando su reconocido “amor” por los colores “cruzados”, se aburrió de sacarse fotos vistiendo la alba. Incluso con su amigo y cómplice Gabriel Ruiz Tagle, otro que ni siquiera tenía idea dónde quedaba el Monumental.

Hasta se compró Colo Colo, a medias con el pillín Gabito. Juntitos los dos, hasta le metieron el dedo en la boca al Fisco, o sea a todos nosotros, haciendo que Chiledeportes, a través de su Sistema de Proyectos Sujetos a Franquicias Tributarias, les aprobara proyectos que les financiaban en gran medida las series menores.

Las generosas empresas ponían plata, pero a cambio rebajaban luego impuestos por hasta el 60 por ciento. Dicho de otra forma: con platas estatales se engordaba un negocio de privados, bajo el nombre de la concesionaria “Blanco y Negro”.

Es decir, metiéndole el dedo en la boca al Estado, nos estaban vacunando, una vez más, a todos nosotros.

Así es que, Jair, piénsatelo bien antes de venir a meterte a este oasis. Porque luego que a partir del pasado viernes pasara el huracán Katrina, la poca arena que va quedando amenaza con no dejar palmera parada. En otras palabras, la final copera podría chingarse, porque todo pareciera indicar que la gallada no está dispuesta a entregar una vez más la oreja, y si en las calles el mambo sigue es impensable un partido en el Nacional en pleno Estado de Emergencia y con toque de queda incluido.

Si, por el contrario, se insiste en llevar a cabo esa final contra viento y marea, apelando una vez más a esa frase hueca de que “el deporte tiene que estar al margen de la política”, te puedes llevar más de un improperio. En una de esas, hasta un tomatazo.

Y es que, cuando el rotaje se chorea, se chorea de verdad pues, Bolsonaro.

Porque te advierto: con los sinvergüenzas nuestros nos basta y nos sobra como para, además, tener que soportar que a esta copia feliz del Edén lleguen otros frescos, por mucho que sólo vengan de paso.