Deporte y espíritu: a correr con cuerpo y alma

Definido como “la práctica metódica de ejercicios físicos”, el deporte se ha convertido -no tan curiosamente- en uno de los mejores bálsamos para el espíritu. Nos referimos, obviamente, al deporte bien entendido: aquel que se realiza con el afán de competir, más que de vencer. O aquel que empuja al individuo a la superación personal, pero sin pisotear al del lado.

Por Julio Salviat.

Los griegos lo entendieron bien. Y traspasaron su sentido profundo a los que les sucedieron como gran cultura: los latinos. “Mente sana en cuerpo sano” ha sido desde siempre mucho más que un eslogan. Es un compendio de toda una filosofía, de una manera de ser y de pensar, de vivir y de crecer.

Deporte da lugar a deportivo. Y éste, a deportivamente. ¿Y qué dice nuestra Real Academia en torno a este término? Lo traduce como “lealmente, honradamente”.

Por ahí anda el asunto. Deporte es –debería ser- sinónimo de lealtad y de honradez. Justamente lo que se ha ido perdiendo en la medida que se mezcló con el dinero. Siempre será más puro el deporte amateur, donde el único premio es la satisfacción de dar el máximo.

Ganar es bello. Es lo máximo para el que compite. Pero perder no es malo ni afrentoso para quien comprende el sentido de la actividad física.

Matices distintos hay en el caso del que juega por dinero. Vencer, para él, es igualmente bello. Pero perder reviste caracteres de drama, por las consecuencias que una derrota acarrea. Particularmente aguda es la decepción de quien practica un deporte individual rentado. El tenista, por ejemplo, se deprime con facilidad y, cuando entra en racha negativa, cada vez le es más difícil reencontrarse con la victoria. La diferencia entre ganar un torneo y perder en primera ronda no se mide en niveles de decepción, sino que en dólares. Muchos miles de dólares. A veces, cientos de miles de dólares.

En el deporte individual, los valores del deporte son menos considerados. Por lo general, la actividad transforma al tenista rentado en una persona egoísta. Y nadie se lo puede reprochar: está luchando por su dinero. Lo que consiga o deje de conseguir será consecuencia de su buena o su mala preparación. Ahí está el caso de Marcelo Ríos: pudo ser el mejor del mundo, y no quiso serlo. Prefirió un estilo de vida más relajado. Pudo ganar partidos (y campeonatos) si hubiese tenido más espíritu de superación. Sin embargo, se dejó ganar o se retiró por dolores que para espíritus más firmes son soportables… ¿Y alguien podía exigirle que actuara de otra manera, si el único que ganaba (fuera fama, fuera dinero, fueran honores) era él?… 

En cambio, si hay egoísmo en los juegos colectivos, sus compañeros lo notan de inmediato. El que no se esfuerza en un partido de fútbol está abusando de los demás. El que no lleva una vida acorde con la exigencia deportiva está echando a perder el trabajo de quienes sí se sacrifican en procura de un triunfo. Y esa persona pasa a ser un “enemigo” dentro del equipo, como lo dejó muy en claro David Pizarro cuando se retiró de una indisciplinada  selección chilena de fútbol.

La actividad física ayuda a desarrollar y mantener el cuerpo. El deportista aprende a correr, a usar sus extremidades, a respirar, a comer, a desafiar riesgos, a superar tensiones, a conocer sus límites físicos. Y mientras consigue todo eso, su espíritu se va impregnando de otros valores: necesita concentración, constancia, disciplina; tiene que superar el dolor, sobreponerse a la fatiga, ganarle a la sed, vencer el hambre, dominar el sueño; y, además, debe aprender a ser solidario, a reconocer los méritos del adversario, a acatar fallos adversos, a sobreponerse a las injusticias, a perdonar los errores del compañero, a no darse nunca por vencido.

Si se traslada cada una de estas cualidades a la vida diaria, el individuo queda con amplias posibilidades de ser un vencedor en la actividad que emprenda. Con un agregado: tiene también todas las posibilidades de ser una persona correcta y querible.

A propósito de esto, el que escribe tuvo la osadía de afirmar que el deporte puede llegar a convertirse en un sustituto de la religión, refiriéndose a quienes se han desencantado o han perdido la fe. Lo planteó en un encuentro de reflexión sobre el papel del deporte en la sociedad moderna realizado en la Cámara de Diputados cuando moría el siglo pasado y se aproximaba el presente.

El argumento fue y sigue siendo el siguiente: cuando vemos que las personas se alejan cada vez más de los ritos religiosos afirmando que “se entienden directamente con Dios”, lo que queda por salvar es la integridad de la persona. Si a muchos ya no les interesa la salvación de su alma, porque no creen o no quieren creer en una vida eterna, hagamos algo para que sigan siendo buenas personas.

Aparte de la religión, no se vislumbra un tan eficaz formador de buenas personas como lo es el deporte.

La religión lleva al hombre a amar a Dios. Pero también obliga a cumplir obligaciones más mundanas que tienen como objetivo perfeccionar al individuo y, a través de eso, mejorar la sociedad.

Un deportista se compromete a respetar reglas equivalentes a los preceptos. El que merece tal calificación no roba ni hiere, respeta a sus superiores, evita el exceso sexual, es amigo de la verdad y reconoce los méritos ajenos.

Lo que nadie podrá exigirle es que se apegue a la letra con eso de que “no le hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti”, porque no podría convertir goles. Pero sí hay que impregnarlo de ese espíritu.

Con eso y todo lo anterior, es posible encontrar a muchos deportistas transitando por la misma senda que conduce al cielo.