¡Diana, que estás en los cielos!

  • Cada 31 de agosto, un nuevo aniversario de la muerte de la princesa del pueblo. Figura de la cultura de masas, los medios, de los cuales ella sacó beneficio, agigantaron su figura, al registrar desamores y lamentos de la princesa que no fue reina, pero vitalizó a la Casa Windsor.

Diana, eterna. Diana Spencer, fenómeno de masas, en el recuerdo. La humanidad, la que la mimó y se rindió a sus pies, lloró su partida. Figura planetaria, Lady Di está instalada en el trono de la cultura popular.

Gracias a su belleza virginal, su estampa alada (medía 1,78) y cada uno de sus episodios teleséricos como miembro de palacio, la fuerza medial la erigió en personaje de moda y glamoroso y ubicuo agente de cambio: un símbolo de rebeldía benéfica y de renovación desde el palacio de Kensignton contra las fuerzas reaccionarias y el anquilosamiento monárquico, el establishment.

Un cuarto de siglo ya ha transcurrido desde su trágico deceso. Más elementos acopia su resignificación. Diana luce la tiara de la eternidad: la princesa de corazones, ésa que revitalizó a los Windsor, ésa que nunca reinó y supo de dolores y desamor desde su infancia; ésa que, a pesar de ser la protagonista de una historia que parecía de hadas, ésa que sigue viva en el imaginario planetario y su figura, otrora la más fotografiada, se agiganta.

Pleitesía a raudales le profesan multitudes, especialmente, en cada aniversario de su muerte, en que se recuerda su legado y se recrea su vida con fanatismo religioso por lo que ella provocó. Diana, desde que se casó con Carlos de Inglaterra en la catedral de San Pablo el 29 de julio de 1981, vistió a la Casa Windsor con atuendos modernos y aires de aggiornamiento. Fue toda una celebridad: su atractivo personal -bella, dulce, asequible- y su entrega a las labores humanitarias -pobreza, sida, bombas antipersonales- abonaron la construcción del mito, la leyenda: la reina de corazones, la princesa del pueblo (como la llamó Tony Blair).

Objeto de devociones y de resonancia política, Diana sabía que nunca iba a ser reina; incluso, temía por su vida. Lady Di tenía 36 años aquella noche en la que murió junto a Dodi Al-Fayed, su novio. Trevor Rees-Jones, el guardaespaldas, único sobreviviente. Henri Paul, pasado de copas y antidepresivos, conducía el fatídico Mercedes S-280 y también perdió la vida en el parisino puente del Alma.

La princesa de Gales llegó con vida al hospital. Sufrió graves lesiones. Recibió asistencia en el mismo lugar del accidente. Horas después, falleció, llevándose una historia de carencias afectivas, desórdenes alimenticios, infidelidades y acciones de talante político que incomodaron a palacio.

El trágico accidente, producto de la persecusión de los fotógrafos, también le arrebató lo que perseguía: la felicidad junto a sus hijos y rehacer su vida tras conseguir el divorcio en 1996, aunque ya estaba separada de Carlos cuatro años antes.

Conmoción. Luto global. Dolor nacional británico y más allá de los territorios del imperio. Isabel II -se ha sabido con los años- era partidaria de un funeral privado puesto que Diana ya no era “alteza real”; Carlos, de uno público con toda la parafernalia del rito propagandístico. La historia cuenta que la circunspecta reina, por razones de Estado, se vio presionada por Tony Blair para hablar de Diana, a quien llamó (y quizá le costó pronunciarlo) “una mujer excepcional”. Lo hizo tarde, eso sí, la monarca. Abrió su boca casi una semana después del deceso, el 5 de septiembre, un día antes del funeral masivo que fue visto por dos mil quinientos millones de telespectadores (la boda de 1981 fue vista por 750 millones).

¿Accidente? ¿Conspiración? Es cierto que Diana temía por su vida. No obstante, no se puede asegurar que fue asesinada por la monarquía. Es más: ninguna investigación judicial, ni en el Reino Unido ni en Francia, probó las hipótesis de conspiración. ¿La sentencia final? Un accidente causado por exceso de velocidad y estado de embriaguez del conductor. No obstante, el padre de Dodi, el egipcio Mohammed Al-Fayed, no se cansa de sostener que fue provocado: la Corona no aceptaba que Diana, madre del futuro rey, le diera un hermano musulmán. Su cuerpo fue rápidamente embalsamado, poniendo lápida a la verdad.

Diana, en tanto integrante de la familia real y símbolo cultural, no representaba el “deber ser” monárquico. Restó protagonismo a los integrantes de la Casa Windsor (especialmente a su marido y a su suegra) con su irrupción, especialmente cuando dejó de ser la princesa sumisa: en 1992, se separó físicamente del príncipe Carlos, el eterno heredero al trono, y desde ese entonces hizo revelaciones que, incluso, dañaron la imagen de los Windsor y, especialmente la de Carlos, por su relación con Camila Shand, prima en noveno grado y sin título nobiliario, una relación que saltó a la luz pública en 1989.

Diana, ya más avezada, supo que el silencio para ella no era rentable: todo comunica y es imposible no hacerlo. Conocedora de su popularidad, la princesa de corazones, tan humanitaria como astuta, convirtió el asedio medial en su arma de guerra. Cada uno de sus actos públicos, en los que marcaba estilo y qué debía ponerse de moda, cada una de sus declaraciones, en la que hablaba de sus intereses humanitarios y sus episodios privados, estuvieron planificados e, incluso, pactados.

Diana, lince, sabía cuándo hablar y causar malestar en palacio y no titubeo en denunciar que quiso suicidarse, que con el príncipe tenía intimidad muy a lo lejos, que su matrimonio era de tres personas (en alusión a Camila), que la reina nunca la apoyo, etc. Ergo, las municiones de su relato tenían un blanco: todos aquellos que le hicieron una vida en desgracia cuando debió haber tenido la de princesa de cuentos; esos que encantan a las masas (y me tienen ahora escribiendo).

Ya ha pasado un cuarto de siglo, dejando hitos. El príncipe Carlos (73), en 2005, se casó con el amor de su vida, Camila Parker (hoy, Camila de Cornualles (75), quizá reina consorte en 2023). Sus hijos, el encorsetado Guillermo de Cambridge (40) y el desatado Enrique de Sussex (37), también lo hicieron: en abril de 2011, William con Kate Middleton (40) -esclavos del protocolo real- y Harry, en mayo de 2018, con Meghan Markle (41) -los díscolos que abandonaron palacio para irse a vivir a los Estados Unidos, causando ruptura familiar-. Con sus respectivos hijos, la nueva generación de la saga, William y Harry han aportado nuevos integrantes al elenco monárquico.

Veinticinco años ya de la muerte de la estilosa Diana Spencer. Su otrora suegra, Isabel II, la reina que por casualidad llegó a reinar, ya de 96 años y con graves problemas de salud, celebró este año su jubileo de platino por sus 70 años en el trono, perdió a su marido Felipe de Edimburgo en abril de 2021, prepara la sucesión en beneficio de su primogénito -el de Carlos será un reinado corto-, reacomoda su testamento y no dirá palabra alguna sobre Diana, la mujer que dio a luz a un nuevo heredero para preservar a la Corona más popular del mundo.

Diana, eterna. Diana, en el recuerdo. Hoy tendría 61 años. De seguro, un fenómeno en las redes, órganon de estos tiempos.