El 11-S: ¿El mayor atentado terrorista de la historia o una colosal conspiración?

Cuando se cumple un aniversario más del desplome de las “Torres Gemelas” en Nueva York, y la serie de eventos que indudablemente cambiaron al mundo tras esa jornada febril y aterradora, persisten las dudas y muchas preguntas siguen careciendo de respuestas. Después de todo, Estados Unidos es un especialista en montar atentados de falsa bandera.

A las 08:46 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, Nueva York tuvo un comienzo de jornada tan sorprendente como aterrador: el vuelo 11 de American Airlines se había estrellado contra la torre norte del complejo World Trade Center. Era uno de los rascacielos del Bajo Manhattan conocido como “Torres Gemelas”. Pero lo que parecía un mal sueño se transformó en dantesca pesadilla cuando, apenas diecisiete minutos después –a las 09:03-, la torre sur fue golpeada por el vuelo 175 de United Airlines.

Estados Unidos, la nación más poderosa que haya conocido la historia, estaba bajo ataque. El pánico y la incertidumbre hicieron presa de todo el mundo, que en cosa de minutos veía con asombro arder ambos edificios, tan emblemáticos de la ciudad de Nueva York como el Empire State, el edificio de la Chrysler o la Estatua de la Libertad.

Se trató, por cierto, de una jornada febril y trepidante que, fruto de la tecnología, fue seguida minuto a minuto y en directo por gentes de los cinco continentes. Es que no sólo se trataba de dos aviones. Las noticias, que se sucedían una a otra desde el lugar de los hechos y diseminándose como reguero de pólvora, pronto daban cuenta de dos aeronaves más involucradas en esto que a esa hora era, a todas luces, el mayor atentado terrorista de toda la historia.

El balance fue, por cierto, tan dramático como devastador: en ese día aciago, había fallecido un total de 2.996 personas, al paso que 24 desaparecieron sin dejar rastro alguno. ¿Culpables? La administración de George W. Bush no tardó en sindicar un autor único: la célula terrorista Al Qaeda. Y en esto fue apoyado de inmediato por su vicepresidente, Richard “Dick” Cheney, y por su secretario de Estado, Colin Powell.

Más de dos décadas después de ese día tan inolvidable como aterrador, sin embargo, muchas dudas permanecen. ¿Se trató realmente de un atentado terrorista digitado por Bin Laden y su tropa de musulmanes fanáticos? Si así fue, ¿la administración Bush los dejó hacer, considerando los muchos informes de los servicios de inteligencia estadounidenses advirtiendo acerca de que algo venía? ¿O fue, como hasta el día de hoy postulan muchos, uno de esos atentados que se denominan “de falsa bandera”, planificado y ejecutado por el propio gobierno estadounidense?

La última opción se antoja toda una locura. Una interpretación delirante de una conspiración tan gigantesca que no podría jamás ser ocultada de haber existido. Sin embargo, no son pocas las ocasiones en que el gobierno de Estados Unidos, y su inmensa estructura de poder, han llevado a cabo atentados de falsa bandera a cambio de alcanzar objetivos que, por una u otra razón, hasta ahí les habían resultado esquivos.

A fines del siglo XIX, Estados Unidos era un país en franca expansión territorial. Ya les había arrebatado Tejas a México (hoy Texas), sumado el estado de Florida, adquirido a España, y más tarde el estado de Alaska, comprado al zar ruso Alejandro II en poco más de 7 millones de dólares de la época. Pero quería más. Como una mayor presencia en el Caribe, y donde Cuba aparecía –por cercanía y geopolítica- como el primer país a sumar.

Sin embargo, había un problema, y para nada menor. El ya decadente Imperio Español seguía dominando la isla, a pesar de la guerra independentista que, desde 1895, venía sosteniendo el ejército cubano liderado por José Martí. La solución llegó el 15 de febrero de 1898, cuando el

acorazado estadounidense “Maine”, surto en el puerto de La Habana, estalló por los aires, matando a 254 marinos y a dos oficiales. Estados Unidos culpó del atentado a España, le declaró la guerra en abril y ya en agosto Cuba estaba bajo su égida.

España, se supo después, nada había tenido que ver con el supuesto atentado al “Maine”. Es decir, o fue un accidente o los mismos gringos lo volaron.

¿Cómo entró Estados Unidos en la II Guerra Mundial? El gobierno, encabezado por Franklin Delano Rooselvet, se moría de ganas de darle una mano a Gran Bretaña, su histórico aliado, en su hasta ahí desfavorable conflicto con el régimen nazi. Sólo que el pueblo estadounidense se oponía y de manera terminante. Todo cambió, sin embargo, la mañana del 7 de diciembre de 1941, cuando Japón, sometido por parte de Estados Unidos a un brutal embargo petrolero, atacó Pearl Harbor, dañando considerablemente a la flota del Pacífico y causando la muerte de aproximadamente 3 mil personas, entre militares y civiles.

Se sabe, ahora, que el gobierno de Estados Unidos estaba plenamente informado del ataque que se venía, pero se guardó esa información para que el “traicionero” acto produjera la devastación que se presumía y el consiguiente cambio de opinión del pueblo estadounidense.

La entrada de Estados Unidos a la guerra de Vietnam es otro ejemplo. Ansiosos por liberar al país del yugo del comunismo, el gobierno gringo inventó el incidente del Golfo de Tonkin, en el que supuestamente dos torpederas fueron atacadas por fuerzas de Vietnam del Norte. Algo que jamás existió, como se verificó después, pero que le permitió al Imperio intervenir militarmente en un país donde, más del 90% de los ciudadanos estadounidenses, ni siquiera sabía dónde estaba localizado geográficamente.

Que después Estados Unidos se convenciera de que, a pesar de su incontrarrestable poderío económico y militar, esa era una guerra que jamás podría ganar, es otro cuento. Los vietnamitas, liderados por Ho Chi Min, desecharon el conflicto convencional, optando por una guerra de guerrillas que, increíblemente, terminó por derrotar al mayor Imperio que alguna vez haya conocido la humanidad.

Los muertos, tras estos episodios, pueden contarse por decenas de miles. Pero es lo que los gringos llaman el “daño colateral” ante un objetivo mayor. La guerra contra Irak, poco después de los atentados, con el pretexto de que el régimen de Saddam Hussein poseía “armas de destrucción masiva”, es otro caso. Nunca se encontraron esas supuestas armas, pero Estados Unidos se deshizo de Hussein encontrando, además, esos ríos de petróleo que en el fondo buscaba.

Por eso, y aunque parezca delirante, las dudas acerca de la veracidad de los atentados del 11 de septiembre de 2001 permanecen. Y vaya que no son pocas.

1.- En julio de 2001, es decir, apenas un par de meses antes de los atentados, el magnate Larry Silberman compró las torres gemelas y, previsor, las aseguró contra todo, incluyendo en el concepto de un eventual choque de un avión. La palabra de arquitectos e ingenieros, que señalaban que las estructuras de concreto y acero podían soportar incluso un impacto de esa magnitud, no hicieron mayor mella en el poderoso empresario.

2.- El choque del primer avión, contra la torre norte, por supuesto constituyó una colosal sorpresa. Apenas fue registrado malamente por cámaras de celulares que estaban lejos de ser lo que son ahora. Pero el segundo, contra la torre sur, fue filmado hasta en sus más mínimos detalles, porque la prensa y los curiosos –además de los bomberos- ya se habían desplegado por el lugar. ¿Cuál es el problema? Que las imágenes muestran un avión que se mete por completo en el edificio como si éste tuviera paredes de tabique. En otras palabras, hasta las alas, la parte más vulnerable y frágil de toda aeronave, cortaron el concreto y el acero como si se tratara de una cuchilla cortando un pan de mantequilla caliente. ¿Tiene eso alguna lógica? Vean las imágenes que están en YouTube y salgan de dudas.

3.- Los edificios, diseñados y construidos para soportar el más voraz de los incendios, no tardaron mucho en venirse limpiamente abajo, como si se tratara de una demolición controlada para la cual los estadounidenses son especialistas. No sólo eso: imágenes de las torres muestran destellos que no pueden ser sino atribuibles a cargas de dinamita ubicadas en

los lugares precisos. Y es más: los propios bomberos declararon luego haber escuchado esas explosiones en serie. ¿Por qué, si allí sólo funcionaban oficinas?

4.- Aunque nunca se publicitó mucho, la torre 7 del complejo de edificios, de bastante menos altura, se desmoronó igual como lo hicieron las Torres Gemelas. Es decir, verticalmente. ¿Por qué, si el edificio jamás fue golpeado por un avión? Los que suscriben la teoría de la conspiración señalan que muy probablemente allí funcionaron, en los días previos, “los cuarteles generales” destinados a digitar ambos atentados.

5.- El tercer vuelo, el 77 de American Airlines, que había despegado desde el Aeropuerto Internacional de Dulles, y secuestrado supuestamente sobre Ohio, fue estrellado, según la versión oficial, a las 09:37 horas contra el lado oeste del Pentágono. Sin embargo, jamás se han podido ver las imágenes de ese impacto. Sólo existe el estallido, y la consiguiente explosión contra el supuesto muro del complejo de oficinas militares. ¿Cómo puede ser que uno de los lugares más protegidos de Estados Unidos, que tiene cámaras de seguridad por todas partes y apuntando hacia todos los ángulos, haya sido atacado de esa forma sin que haya ni una miserable imagen que lo corrobore?

6.- El cuarto y último avión secuestrado fue el vuelo 93 de United Airlines, que iba en dirección a Washington. Supuestamente, tenía como blanco el Capitolio o la Casa Blanca, pero los pasajeros, enterados ya de lo que estaba sucediendo, con un heroísmo cinematográfico (de hecho, luego se filmó la película “Vuelo 93”), intentaron recuperar la nave de manos de los secuestradores. Después de todo, iban a morir igual. La historia oficial cuenta que, en la lucha, quienes pilotaban la nave perdieron el control y ésta se precipitó a tierra en un campo cerca de Shanksville, Pensilvania. ¿Cuál es el problema? Que debe ser el único avión en la historia de la aviación comercial que, tras caer a tierra, se pulverizó de tal forma que ni siquiera quedaron restos. Aparte de la zanja y unas pequeñas latas, que podían ser de cualquier cosa, no había nada más. ¿Es eso posible? ¿Dónde quedaron los restos? ¿Dónde los cadáveres?

7.- Comenzado aceleradamente el proceso de retirar escombros en el World Trade Center, los bomberos y funcionarios de la demolición vieron una infinidad de vigas de poderoso tamaño y grosor, cortadas en forma diagonal. Su opinión fue que ello es característico de una demolición programada. No sólo eso: tenían restos de compuestos químicos que lo corroboraban.

8.- A pesar de que, ocurridos los atentados, se decretó de inmediato el despeje total del espacio aéreo de Estados Unidos, obligando a descender a toda aeronave en vuelo en el aeropuerto más cercano, la familia de Osama Bin Laden, que tenía negocios con la familia de George W. Bush, pudo abandonar rápidamente el país. ¿Por qué, si antes debieron ser interrogados? Porque, ¿cómo era posible que un terrorista que había sido hombre de la CIA y de la Agencia Nacional de Seguridad durante la guerra de Afganistán contra la invasión de la Unión Soviética, ahora fuera el cabecilla de esta barbaridad contra su antiguo patrón?

Son preguntas que siguen sin respuesta. Lo concreto es que, producto de este hecho que conmovió al mundo, Estados Unidos invadió Afganistán, y Halliburton, la empresa donde había sido mandamás “Dick” Cheney, se forró con miles de millones de dólares prestando todo el apoyo logístico que se necesitaba para combatir a los talibanes.

¿Más que conveniente, no les parece?