El “Canelo”: con estirpe de campeón

Superado claramente en la segunda parte de la pelea escenificada en el T-Mobile, de Las Vegas, el mexicano Saúl Alvarez echó mano a la rica tradición de los pugilistas de su país para jugarse el todo por el todo en el round final y quedarse con los títulos del mundo de los pesos medianos que ostentaba el invicto kazajo Gennady Golovkin.

El primer combate entre ambos, hace justo un año, lo había ganado estrechamente Saúl “Canelo” Alvarez. Lo dieron empate. Esta vez, había ganado Golovkin también por fallo fotográfico, pero dos de los tres jurados de la pelea (Dave Moretti y Steve Weisfeld), decidieron entregarle le victoria al mexicano, votando ambos 115-113, mientras que el tercero (Glenn Feldman), salomónicamente entregaba una paridad de 114 a 114.

Resultado: en fallo dividido, el cinturón del Consejo y de la Asociación Mundial de Boxeo, habían cambiado de dueño.

¿Fallo escandaloso? ¿Robo? En ningún caso. Se sabe que el boxeo es el deporte más subjetivo de todos, porque su desenlace en cualquier pelea que llegue a su límite máximo de rounds previamente programados no depende de parámetros científicos, sino de la visión particular y personalísima de cada uno de los tres jueces designados con el acuerdo de ambas partes. En otras palabras, los púgiles no cuentan -como en el caso de la esgrima, por ejemplo- con censores electrónicos que registren palmariamente, y sin dejar lugar a dudas, los golpes que van recibiendo vuelta a vuelta.

Ocurrió que la nueva norma aplicada a los jueces, en el sentido de que por estrecho que haya sido un round deben de igual forma decidir un ganador, desechando el cómodo y tradicional 10-10 cuando las acciones eran parejas, esta vez favoreció al “Canelo”. Simplemente porque las vueltas que ganó, hasta la mitad de la pelea, si bien fueron claras, fueron más estrechas que las que sumó el kazajo a partir del round séptimo, cuando a sabiendas de que iba abajo en las tarjetas salió a jugarse como hasta ahí no lo había hecho.

Ni en los seis rounds precedentes ni en los doce del combate anterior.

Dicho de forma clara: a partir de la vuelta séptima, Golovkin desplegó lo mejor de su repertorio, aprovechando de acertada forma la apertura que lograba con su “jab” y los errores de distancia que cometió el “Canelo”, lanzando innumerables golpes que, sin embargo, se perdían en el aire, con el consabido desgaste físico y la inevitable pérdida de confianza que esa reiterada falla trae aparejada.

La vuelta octava, la novena y parte de la décima, significaron un dominio absoluto e incontrarrestable de Golovkin, que por vigésima vez defendía su multi cetro mundial de los pesos medianos, categoría en la que reinaron otros grandes de la historia, como Sugar “Ray” Robinson, Carlos Monzón, Marvin Hagler y Bernard Hopkins.

Rounds que para el “Canelo” Alvarez fueron terribles. No sólo por lo mucho que estaba recibiendo, sino porque, en ese lapso de pelea, pareció quedarse sin argumentos pugilísticos que le permitieran volcar un combate que se antojaba para él irremediablemente adverso.

Y decimos pugilísticos porque, a pesar de lo buen boxeador que es, de lo variado de su repertorio, estaba claro que en ninguna de las tres distancias se sentía cómodo. Ya no podía, como en los primeros asaltos, lograr entrar en una pelea corta que, vulnerando la guardia de Golovkin, le permitió asestar sus mejores manos. En la media era superado por un “jab” que, como el que alguna vez lució Tommy Hearns, más parecía un golpe recto que lo detenía en cualquier intento por retomar la ofensiva. Y en la larga, finalmente, porque lejos de un rival que crecía a cada momento, su accionar había caído en un punto neutro que sólo podía presagiar una derrota.

El “Canelo” necesitaba poco menos que un milagro, sólo que en boxeo estos no llegan sin que quien lo necesita ponga algo de su parte.

Anímicamente, sin embargo, nadie podía -a pesar del oscuro panorama que lo iba envolviendo- de dejar de ponerle fichas al “Canelo”. Fiel a su estirpe de peleador mexicano de raza, y dueño también como Golovkin de una pegada demoledora, a Alvarez no se le podía dar por muerto mientras siguiera de pie y peleando.
Y quien lo sabía mejor que nadie era el propio Golovkin, acostumbrado a descalabrar rivales ante el primero de sus violentos y certeros impactos, al punto que su victorioso record exhibía 34 de 38 combates ganados mucho antes del límite. Porque esta vez, al no haber ocurrido aquello a lo que estaba acostumbrado, a pesar de las muchas manos conectadas en su mejor momento, es inevitable no sospechar que pensó lo que suele pensar un boxeador que siente que está ganando la pelea. Y no cualquier pelea, porque esta era, para ambos, la pelea de sus vidas.

Golovkin dio la impresión, en las dos últimas vueltas (sobre todo en el round postrero), que había decidido vivir de sus ahorros. Que su ventaja le permitiría ganar y prolongar su invicta carrera sólo manteniendo a raya al “Canelo”. Dicho claramente, optó porque no le pegaran a seguir pegando.

Y la apuesta, está claro, no le resultó. Como no le resultó en su momento a Oscar de la Hoya (ahora devenido en promotor del combate), cuando decidió darle aire y perdonarle la vida a Tito Trinidad. Como no le resultó a nuestro Cardenio Ulloa frente a Richie Sandoval, por no darle el golpe de gracia al “chicano” cuando lo tuvo nocaut de pie. Como no les resultó a muchos que, en la historia del boxeo, cantaron victoria antes de tiempo.

Alvarez, aún sabiendo que su mejor momento ya había pasado, que se exponía incluso a una derrota mucho más clara y mucho más contundente que la que hasta ese momento estaba cosechando, decidió jugarse el resto. Quedarse vacío, pero ponerlo todo sobre ese ring que en su dilatada campaña sólo una vez lo había visto bajarse como perdedor: cuando enfrentó a un Floyd Mayweather que, fiel a su espíritu de consumado timador de multitudes, se impuso en las tarjetas merced a un par de golpes en cada asalto para después sólo dedicarse a amarrar y a bloquear. Y tomando incluso desembozadamente la moto si se trataba de arrancar.
Aquella vez, el único que quiso pelear fue el “Canelo”.

Esta vez, y Alvarez lo sabía, Golovkin podía retacear su ofensiva, pero en ningún caso eludir el combate si las papas llegaban a quemar. “Dame que te doy”, pensó el mexicano, y salió decidido a jugarse el todo por el todo. Si no resultaba, iba de todas formar a ser fiel a su tradición; si lograba el vuelco, iba a enriquecer esa larga lista de pugilistas aztecas que, superados, habían sacado sin embargo un conejo de la galera para transformar en épica victoria lo que parecía encaminado a una inevitable derrota.

¿Podía ser menos el “Canelo” que Julio César Chávez, por ejemplo, que vapuleado durante doce rounds por Meldrick Taylor noqueó en los últimos veinte segundos de ese histórico combate? Por cierto que no.

El round duodécimo fue trepidante, dramático y glorioso para el mexicano. Destinado, incluso, a figurar en el ranking de los mejores episodios de la temporada. Porque si la pelea ya era buena, esa vuelta postrera demás sirve para clasificar la Golovkin-Canelo 2 entre los combates más electrizantes del año.

Alvarez, sacando fuerzas de no se sabe dónde, vapuleó al Kazajo, que no fue a la lona sólo para demostrar que era tan guapo como su rival en similar instancia.
Golovkin, como no podía ser de otra manera, no se mostró para nada conforme con el fallo. Profundo contraste con el exultante Canelo, que volvía a ser campeón del mundo cuando ya incluso muchos, en su propio país, lo daban por acabado.

¿Se nos viene más temprano que tarde la Golovkin-Canelo 3? ¡Seguro! Así como hubo tres Ali-Frazier, y tres Leonard-Durán, entre otros combates históricos, ¿por qué el kazajo y el mexicano podrían negarse a un tercer confronte que vuelva a remecer el mundo del boxeo?

El ambiente sería tan efervescente como en las dos peleas anteriores. Y las bolsas y el “pay per view” incluso podrían quebrar el record de cualquier “Pelea del Siglo” que hayamos conocido.

Vayan desde ya preparando las armas, muchachos…