El Chepo Sepúlveda y su partido inolvidable

Cuando el fútbol chileno llora su partida y lo recuerda por la calidad de su fútbol y el infortunio que lo marginó del Mundial de 1962, aflora el recuerdo de su gran noche: debut, gol y paliza a Hungría una noche veraniega en el Estadio Nacional.

Por JULIO SALVIAT

Su corazón dijo basta después de 82 años de intenso trajín y el fútbol chileno tiene que despedir a uno más de los que deleitaron a los abuelos de hoy, niños o adolescentes en los años sesenta.

En la lista de los inolvidables quedó Alfonso Sepúlveda, que pronto perdió el nombre para convertirse en “El Chepo”. Con ese apodo se apoderó del puesto en el equipo con que Universidad de Chile logró el segundo título de su historia, en 1959, y que en ese momento se encaminó a la gloriosa historia del Ballet Azul. Dos celebraciones más tuvo el espigado volante con la camiseta de la U: 1962 y 1964. Después defendió las casaquillas de Unión Española, donde no lució mucho, y Huachipato, donde volvió por sus fueros.  Y en todas partes dejó huella por su fútbol elegante, su carácter alegre y su corrección.

Alfonso «Chepo» Sepúlveda.

Era número puesto en la Selección que formó Fernando Riera para el Mundial de 1962. Una gira de la U por canchas mexicanas torció el destino: jugando contra el Monterrey, resultó fracturado. Y cuando se acercaba el momento de entregar la nómina, el propio “Chepo” le alivió la tarea al Tata Riera. “No creo que llegue suficientemente bien al Mundial, don Fernando”, le dijo después de un entrenamiento. “Elija a alguien mejor preparado”.

De ahí en adelante, el titular fue, para suerte de la Selección y del país, Eladio Rojas.

Terminado el Mundial, “El Chepo” recuperó sus condiciones y colaboró destacadamente en la consagración del Ballet Azul en 1962, cuando formó uno de los mejores equipos de la historia del fútbol chileno.

Después fue entrenador, y su nombre quedó inscrito entre los grandes de Unión La Calera y Deportes Puerto Montt, a los que ascendió a la Primera División. También dejó buenos recuerdos en The Strongest, de Bolivia, al que dirigió en 1974.

EL GRAN PARTIDO

Recuerdo con nitidez el debut de Alfonso Sepúlveda en la Selección. Noche veraniega en el Estadio Nacional. Unas 50 mil personas en las graderías. Y al frente, un rival admirado y temido: Hungría.

Sus integrantes ya no eran los mismos que habían deslumbrado en el Mundial de Suiza, en 1954, pero el magiar seguía siendo un equipo respetable. Y vistoso. El aficionado chileno ya reconocía a figuras como el arquero Grosics o el volante Solimosy. Y eran muchos los que recitaban de memoria el cuarteto de ataque,  formado por Gorocs, Albert, Tichy y Fenyvessi.

Vi ese partido con un condiscípulo del Instituto Nacional, hincha furioso de la U, y fue él quien me invitó a seguir con detención qué hacía Sepúlveda. “El Chepo” se había puesto por primera vez la camiseta roja y era como la hubiese usado siempre. No necesitó ayuda de los más experimentados para ponerse a la altura de ellos.

Metidos en la tribuna Andes maldecimos cuando un remate de Leonel lamió un vertical y temblamos cuando un cabezazo de Tichy hizo estrellar el balón contra el travesaño. Aplaudimos dos buenas atajadas de Misael Escuti y nos abrazamos cuando Honorino Landa, promediando el primer tiempo, aprovechó una gran maniobra y un pase perfecto de Jorge Toro para abrir la cuenta.

El propio centrodelantero de Unión Española nos hizo celebrar de nuevo cuando ya palpitábamos una conquista de Alberto Fouilloux. El crack de la UC se había filtrado entre los centrales aprovechando un gran pase de Leonel y su disparo tenía destino de red, pero Honorino llegó para empalmar el balón a un metro de la raya.

Era parejo el partido, pero al descanso se fueron los rojos con ventaja 2-0. Y mientras vaciábamos unas bolsitas de maní, hicimos el acostumbrado análisis del juego y reparamos en que eran cuatro los debutantes en el equipo chileno, todos del sector defensivo: Humberto Cruz, Hugo Lepe, Manuel Rodríguez Araneda y Alfonso Sepúlveda. Ahí reparamos en los bien que habían jugado y les dimos mención especial al Guerrillero y al Chepo.

Estábamos todavía en el análisis cuando estalló el tercer estruendo. Con su zurda privilegiada, Leonel Sánchez sorprendió al recién ingresado suplente de de Grosics con un misilazo que pareció centro y se curvó hacia el arco. El pobre  Szentmihályi no podía creer. Nosotros, tampoco.

Cerca del cuarto de hora después de la reanudación, repitió Leonel, esta vez de penal. Se escapaba el colocolino Mario Moreno por su banda y el zaguero Bunzak no tuvo más remedio que sujetarlo de un brazo. El trámite desde los doce pasos fue exitoso, como ocurría casi siempre con el ídolo azul.

Y lo mejor ocurrió a los 69’: El Chepo recibió la pelota en mediocampo ajeno, combinó con Honorino, recibió la devolución perfecta, acomodó la pelota con un taquito para desprenderse de los centrales y fusiló al arquero.

Cuando el árbitro uruguayo José María Codesal les regaló un penal a los húngaros para que no se fueran tan tristes, flameaban las antorchas en todo el coliseo y los que estábamos ahí lo grabábamos en la memoria para siempre.

En la tribuna, un dirigente de River Plate ya había preguntado: “¿Quién es el seis?”. Y le habían respondido: “El Chepo” Sepúlveda. 

PORMENORES

Miércoles 11 de diciembre de 1961.

CANCHA: Estadio Nacional.

PÚBLICO: 50.000 personas aproximadamente.

ÁRBITRO:  José María Codesal, de Uruguay,

CHILE (5):  Misael Escuti; Sergio Valdés, Humberto Cruz (Hernán Rodríguez), Hugo Lepe, Manuel Rodríguez A.; Jorge Toro, Alfonso Sepúlveda; Mario Moreno, Alberto Fouillioux, Honorino Landa y Leonel Sánchez. DT: Fernando Riera.

HUNGRÍA (1): Gyula Grosics (Antal Szentmihályi); Sandor Matray, Ferenc Sipos, Dezso Bunzak,  Jeno Dainoki (Antal Szentmihályi; Erno Solimosy, Jozsef Bozsik (Ferenc Machos); Janos Gorocs, Florian Albert, Lajos Tichy y Maté Fenyvessi. (Sentimalkl). DT: Lajos Baroti.

GOLES: 23’ y 34’, Landa; 49’ y 58’, penal, Sánchez; 69’, Sepúlveda; 88’, Albert, penal.