El Día Mundial de la Poesía se llama «Tiempo Otoñal, ven a Mí»

El año 1999, justo antes de la ansiedad del cambio de milenio (00.00.0000), la Unesco declaró que el 21 de marzo fuera El Día Mundial de la Poesía.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

“Por las ramas el día aún veíase vacío” (Rilke).

Sin saber (¿por qué iba a saber?) que hoy era el Día Mundial de la Poesía, nos despertamos contentos con Antonia porque comienza el otoño. Ayer, justo ayer, conseguí la tercera edición de “Gedichte Poesías”, de Rilke, en traducción de Y. Pino Saavedra, donde al comienzo vienen dos poemas sobre el otoño, que leímos.

La poesía es enemiga del estado de las cosas, como señalara el poeta Michael Palmer. O como dijera Parra: es la conciencia del mal.

Las definiciones no son lo mío y justamente la poesía va en contra de las definiciones, a las que opone lo que podríamos llamar “infiniciones”; la poesía abre, no cierra. De allí que la palabra “poesía” tenga como raíz la “creación”. En el fondo, la poesía es la Vida. Por eso es curioso que se celebre un día, una mera conmemoración de algo que es eterno, ubicuo e inexpugnable.

Esta misma mañana tuve la suerte de juntarme con mi poeta favorito: Mario Verdugo, que me entregó el ejemplar de su nuevo libro, “Las mejores series del año” (Pequeño Dios Editores). Nos juntamos como sólo dos provincianos pueden juntarse en una capital: clandestinamente, bribonescos, cómplices. Es un milagro que hallamos tomado café y no cerveza (lo digo más por mí que por él).

Un poema de “La Noria”, segundo capítulo del libro:

No hay alacrán que no reviva

si en voz alta se declara

su muerte – Son diminutos

todos los chuzos cuando se derriten

– Estar sano es hacer sufrir

a unas piedras – Todos los días

arruinan a los demás días -.

Si todos los días arruinan a los demás, ¿qué pasa con las efemérides, las conmemoraciones?

Todo lo que se instituye tiene como esencia algo falso, y todo lo que no se puede instituir tiene como rasgo esencial algo genuino. La poesía es lo genuino por antonomasia, la poesía es la generosidad.

Cuando me pidieron que escribiera sobre este día, el director del diario recalcó el hecho de que “a este mundo le falta poesía”. Pienso que es al revés: este mundo chorrea poesía. Lo que pasa es que las personas se alejan de ella por temor, un temor fundado institucionalmente cuando nos enseñan a leer y a odiar la lectura y sobre todo la poesía.

De hecho, Mistral es la poeta con la que enseñan a aburrirse en clases y dejar la poesía de lado. Recordemos: la cultura es la mercancía que vende las demás mercancías. Los situacionistas advirtieron todo el mundo en el que vivimos, un mundo excesivamente cultural, donde la pandemia organizacional se llama “gestión” y se traduce en “políticas culturales”.

Esto lo advierte claramente Martha Rosler en el libro “Clase cultural”, donde señala la relación entre gentrificación y capitalismo posindustrial; una cultura de aplicaciones digitales, una cultura-dispositivo.

La gran mayoría de las personas que producen “poesía” hoy, claramente no todxs, reproduce esta correlación hispteroide, donde ven a la literatura como una forma de recibir prebendas sociales. Puede que estén viviendo su momento, pero la poesía es peligrosa, es un estado de peligro continuo, donde la mediocridad no tiene cabida.

Es impresionante que no haya una autocrítica como campo de las prácticas culturales y los agenciamientos de los mismos “agentes culturales”, vocabulario netamente policial. Alejandra Pizarnik: no poesía, sino policía. Esta relación, anunciada con tanta anticipación en sus prosas, está cada vez más cerca, a tal punto que el otro día mi hijo Gael, con quien estamos jugando a las rimas, me dijo: Papá, poesía rima con policía. Mi hijo de 5 años es capaz de advertir, intuitivamente, este dato que hace periclitar las relaciones culturales, no así la poesía propiamente tal.

“Porque no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos o malos versos, sino transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos, seguir escuchando el ruiseñor de Keats, que da alegría para siempre” (Teillier).

La poesía es algo sencillo, que puede volverse complejo en un sentido formal, pero es algo cotidiano que encuentra una vía a lo que se suspende. La poesía no debe asumir definición alguna.

En un día como éste, ir a la Vega Central a comprar ajo y “pastitos”, como le llamo a los berros, hojas de mostaza, kale; comer bien, tomar mucha cerveza al tiempo que trabajar, caminar liberado por una ciudad poseída, hacer el amor. Volver a hacer el amor y, por si cabe alguna duda, volver a hacer el amor.

La poesía es la Vida, y siempre marca el límite del mundo, en cualquier esquina, en una micro llena cuyos pasajeros se dispersan al bajar en el paradero. En la cantidad de gente que vive en la calle y tiene la mirada perdida. El temblor de hoy, fuerte remezón, es la poesía.

Por último, no me interesa saber qué es la poesía, me interesa vivirla y en lo posible, escribirla. Pero sé que la poesía va más allá del poema, de hecho, el poema es un ápice de toda la experiencia vital que la antecede.

 

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.