El día que Maradona me hizo olvidar que era periodista

En el partido de Argentina con Inglaterra en el mundial de México 86, por los cuartos de final, ese genio del fútbol me hizo olvidar la norma  más elemental del periodismo de deportes: la imparcialidad.

Por JULIO SALVIAT

Tuve varios encuentros con Maradona, siempre por razones periodísticas. Y selecciono dos para mi libro de recuerdos: cuando trabajaba en la radio Santiago y durante el Mundial de México 86.

Estábamos en el programa del mediodía hablando de la llegada de Maradona para jugar esa noche por Universidad Católica en un partido a beneficio del Sindicato de Futbolistas, cuando una voz ronca interrumpió nuestros comentarios.

-Holá, Julió…

-Sí, ¿quién es?

-Soy Diego, Julio. ¡Cómo estás, fiera!…

Me quedé petrificado y el silencio se hizo eterno.

-¿Ya no me conocés, Julió? Acabo de aterrizar y voy a camino al hotel. Sé que estás al aire, así es que pueden aprovechar de preguntar.

Hicimos todo lo que nos quedaba de programa con él. Y cuando nos despedimos y mis compañeros de locutorio me miraban incrédulos, les tuve que confesar que era imposible que me recordara por las entrevistas al paso y en las conferencias de prensa durante el Mundial de México, ocho años antes, o en el de Italia, cinco años atrás.

El misterio se develó después: el encargado de su traslado era muy amigo mío y se le ocurrió la idea de acortar el camino con esa entrevista. Le dijo quién era yo, y lo puso en contacto a través de un aparato radial que llevaba para estar comunicado con los dirigentes que lo esperaban.

Después del partido fui al camarín, me presenté y le agradecí su gesto.

Fue en México 86 donde más compartí con él. Hice dupla con Héctor Vega Onesime en la cobertura de ese Mundial y por su amistad con los enviados de la revista El Gráfico, fuimos admitidos en el piso que la revista había arrendado para sus periodistas y reporteros gráficos en el hotel Chapultepec, en ese momento el más moderno de la capital azteca.

Asistimos a todas las actividades y partidos de la selección trasandina. Y fuimos testigos de la cantidad de patadas que recibió, sin quejarse, de los coreanos del Sur. También estábamos en la tribuna cuando hizo su primera gracia en ese torneo: el gol que les sirvió a los transandinos para empatar con Italia. Y, poco después, su contribución para la victoria argentina sobre Bulgaria.

Viajamos a Puebla donde lo vinos batirse en octavos de final contra fieros uruguayos en el estadio Cuauhtémoc, en un partido que se definió a favor de Argentina por la cuenta mínima. Y fue en cuartos de final, con Argentina frente a Inglaterra,  cuando ese genio del fútbol me hizo olvidar la norma  más elemental del periodismo de deportes: la imparcialidad.

Esa neutralidad había quedado establecida en el minuto 51, cuando Maradona saltó junto a Peter Shilton sin ninguna posibilidad de ganar con la cabeza la posesión de la pelota que el arquero buscaba estirado hacia arriba y saltando más que él.

-Fue mano –concordamos con Héctor.

Pero el árbitro tunecino Ali Bennaceur ya mostraba le centro del campo, validando el gol ilegítimo, sin tomar en cuenta los reclamos y los gestos de los jugadores ingleses.

Esa imparcialidad desapareció en el minuto 55, cuando Diego tomó la pelota en campo propio y con un esquive simple dejó fuera de camino a dos adversarios. Ninguno de los dos lo pudo alcanzar en el largo trayecto de persecución. Otro inglés quedó mirando cómo pasaba por su lado. Dos más intentaron cercarlo sin éxito, uno le pegó un patadón en la pantorrilla y el arquero fracasó en el achique. Y el resultado fue la producción de dos situaciones inolvidables: el mejor gol de la historia de los mundiales y una valiosa lección de periodismo.

El encargado de hacer el comentario del partido para Triunfo era Héctor. Yo estaba encargado de las notas posteriores en los camarines, de modo que durante el encuentro era un espectador más. Y tengo que confesarlo: se me salió el hincha. A medida que Maradona avanzaba, yo iba incorporándome de a poco. Pasó a otro inglés, y yo estaba encuclillado; superó a otro, y yo estaba casi incorporado; se deshizo del penúltimo, y yo ya estaba de pie gritando como un enloquecido “¡haz el gol, por la cresta!”.

Y lo hizo.

Levanté los brazos y quise celebrar con Héctor. Y él, sin mirarme, siguió en su asiento tomando apuntes. Fue una lección de profesionalismo que nunca olvidé y que apliqué en Francia 98 cuando Salas le hizo el segundo gol a Italia: mientras los periodistas chilenos se abrazaban en la tribuna como si ellos hubiesen convertido, yo seguí anotando que el Matador esquivó el saludo de Iván Zamorano y que Nelson Acosta estaba llamando a Ronald Fuentes y Pedro Reyes para darles instrucciones.

-¿No celebra el gol? – me preguntó un reportero novato que se asombró con mi actitud.

-¿Por qué voy a celebrar? Vine a trabajar nada más.

Obviamente, por dentro estaba feliz, pero no lo trasunté. Nunca más lo hice en los estadios cuando estaba cumpliendo labores periodísticas.

Julio Salviat habla de la partida del Diego: