El flaco Spedaletti pidió cambio

El largirucho nacionalizado, que se nos fue hace unos días, dejó huella en todos los equipos de nuestro torneo en que jugó.

Por ELE EME

¿Se ha fijado que cuando se va de esta dimensión un futbolista que significó algo para nosotros alguna vez es como si partiera un ser querido? 

De esos tíos o amigotes a los que les perdimos el rastro, pero de los cuales siempre conservamos algún recuerdo hermoso, imborrable, que alimentamos, religiosa, silenciosa e instintivamente, cada día. 

Las razones del cariño pueden ser muchas. 

Una desesperada zambullida arriesgando el físico para sacar un gol contrario de la raya (justo la acción que necesitábamos como anestésico para el mal de amor que nos aquejaba esa brumosa tarde).

Un autogol providencial. Si es gentileza de un jugador del archirrival, mejor todavía. Te amo, Osmar Molinas. 

Osmar Molinas.

Un gol agónico e histórico a la vez. Cada noche antes de dormir recuerdo ese taponazo imbarajable para el gringo Nef, en esa inolvidable noche de liguilla para Copa Libertadores de enero de 1981, don Arturo Salah.

Hasta un combo bien dado al matón de la contra. Mis respetos, Ricardo Rojas. Que no avale la violencia no significa que no la disfrute en ocasiones muy especiales.

Entrevero entre Marco Villaseca y Ricardo Rojas.

El que pasó a mejor vida esta vez fue Jorge Américo Spedaletti, el “Flaco” Spedaletti.

Antes de seguir… ¡qué combinación de nombres de pila, mamita querida! Es un don de los argentinos, desde el más humilde hasta el más acaudalado padre de familia sabe exactamente cuáles elegir al inscribir a sus retoños de manera que ambos se disputen con igual intensidad el sitial de ser el más fuerte e imponente. 

Un pequeño listado de ejemplos futbolísticos cercanos para corroborarlo. Diego Armando. Marcelo Pablo. Ariel Ceferino. Sergio Bernabé. Néstor Raúl. Alberto Federico. Marcelo Fabián. Diego Gabriel. Jorge Américo.

El largirucho nacionalizado, que se nos fue hace unos días, dejó huella en todos los equipos de nuestro torneo en que jugó.

No lo vi en la U del ’69, pero sí en la Unión del 75’. 

Aún no dimensionamos suficientemente la cantidad de jugadores de calidad sobresaliente que militaban en los rojos ese año. Mario Soto, Mario Maldonado, Manuel Gaete, Sergio Ahumada, Rubén “Pinina” Palacios. Y súmele a “Polo” Vallejos, Machuca, el “chino” Arias y a “Pancho” Las Heras. Y a Spedaletti. 

No le bastaba a Luis Santibáñez con semejante poderío y pidió fichar a otras joyitas. Sí, en esa época los entrenadores armaban los equipos; lo más parecido a los representantes eran las señoras de los jugadores.

Y llegaron Enzo Escobar, “Yeyo” Inostroza, “el turco” Trujillo, Luis Miranda y el “Pollo” Véliz. Si ese equipo saltara a la cancha hoy saldrían campeones todos los años. Y no solo del torneo local.

No me pregunte por qué, pero al saber que firmó por Everton el ’76 supe de inmediato que ése iba a ese ser el campeón de ese año.

Bueno, también estaban Galindo, otra vez Vallejos y el “Negro” Ahumada, el “Chueco” Azócar, el cordobés eléctrico (José Luis Ceballos), pero al poner la rúbrica, “la millonaria” el “Flaco” nadie me sacó de la cabeza que ese dream team estaba completo y destinado al éxito.

Al año siguiente, eso sí, nunca entendí por qué en 1977 lo convocó Caupolicán Peña para el partido crucial contra Perú por las Clasificatorias (Eliminatorias para nosotros) para el Mundial de Argentina, si estaba disponible Caszely, que al año siguiente volvería desde España a Colo Colo en gloria y majestad. 

Yo no entendía. Era un niño. No sabía que había razones políticas para no citar al “Chino”. “Cualquiera menos Caszely”, era la consigna de los jerarcas de la ANFP (entonces la “Asociación Central”), ligados a sangre y fuego con la dictadura militar. 

Fue al sacrificio ahí Spedaletti. O volvía de Lima como el autor de una hazaña mayúscula (Perú era una máquina de toques y nos habían empatado en Santiago con gol de Muñante), o como la peor decisión de un DT desorientado.

Su segundo paso por la U coincidió con ese año maldito en que penal que lanzaban los azules, penal que no terminaba en gol. Nueve veces pasó. 

1978. Ese año en que estuvimos a minutos de entrar en guerra con Argentina mientras en la tele veíamos clases de onda disco y “¡Esto es increíble!”. 

La U jugaba al estilo Riera. Un pase para acá, otro para allá, ¿ya se agrupó el rival atrás?, entonces vuelta a empezar. Ya saldrá el gol. Y si no, no importa. Lo importante no es ganar, sino tener la pelota.

Años después, ya retirado, hizo noticia por caer desde un tercer piso en calle General Jofré, cercana a Plaza Italia, tratando de ingresar a su departamento, ya que las llaves se le habían quedado adentro.

A los hinchas se nos quedó, en cambio, su estampa estilizada, una sensibilidad técnica rara para alguien tan espigado y un rasgo que comparte con Larrivey, cuyo retorno a la tienda universitaria es inminente: se trataba de un centrodelantero cuyo mejor atributo no necesariamente pasaba por anotar, sino por muchas otras cosas que llevaban también a convertir, sino a él, a sus compañeros. 

En la U, de hecho, marcó “apenas” 66 goles en 172 partidos, algo así como uno cada dos partidos y medio. 

No todos notan, nadie contabiliza y pocos valoran, los arrastres de marcas, los pivoteos y los espacios creados por arietes pensantes como Jorge Américo, el primer Larrivey de la U.

“Piloto de ataque,
obrero del gol.
Retumba la claque,
Spedaletti llegó”
(texto rescatado de los cachureos de un pequeño hincha, 1978)