El “Fraude del Siglo” en tierra derecha

A pocos días del confronte Mayweather-McGregor, en Las Vegas, el espectáculo no prende como sus organizadores esperaban. La reserva hotelera es baja, quedan miles de boletos sin vender y las Casas de Apuestas se quejan. Y es que, poner sobre el mismo ring a un ladrón de peleas ante un tipo que de boxeo químicamente puro no tiene idea, se antoja una descomunal y millonaria estafa. ¿Qué puede resultar de este circo para embaucar idiotas?

No les bastó la idea de vender el bodrio como una nueva “Pelea del Siglo”. Los promotores del “combate” entre Floyd Mayweather y Connor McGregor, el próximo sábado 26, en Las Vegas, empezaron a hablar de la “Pelea del Milenio” para luego, acaso por un poco de pudor, catalogarla como el confronte de los 1.000 millones de dólares.

Es que de deportivo el evento no tiene nada. Se trata de una nueva mascarada para cazar idiotas y llenarse los bolsillos vendiendo un espectáculo que –muy en el estilo gringo-, juega más con el morbo que con el interés de presenciar un choque potente y, lo más importante, equilibrado. En otras palabras, por ver si un representante de las artes marciales mixtas, estrella de la UFC (Ultimate Fighting Championship), en este caso el irlandés McGregor, puede ser el primero en hacer morder el polvo de la derrota a un boxeador fuera de serie, pero devenido en un estafador de primera línea, como Mayweather.

Vana ilusión, estupidez elevada al cubo, porque ocurre que el bueno de McGregor va a “combatir” en un ring y no en un octágono enrejado. Va a someterse por entero a las reglas del boxeo, partiendo por los guantes, y como es lógico no podrá utilizar ninguna de esos recursos que lo han elevado a la categoría de invencible en su deporte, como las patadas voladoras capaces de desgajar un árbol y, por lo mismo, de descalabrar a un ser humano.

Y Floyd, que es un sinvergüenza, pero en ningún caso un bobo, supo desde que le ofrecieron la posibilidad de formar parte de este circo que iba a engrosar su millonaria cuenta en dólares corriendo incluso mucho menos riesgos de los que tomó en sus últimas peleas, en que tiró por la borda la opción cierta de entrar en la historia como uno de los más grandes de todos los tiempos a cambio de retirarse invicto e igualar el record de Rocky Marciano.

El Mayweather de su primera época, portentoso y brillante, se transformó en un timador de multitudes. Escudado en un cambio reglamentario que impidió a los jurados votar 10-10 o 9-9 un round estrecho y sin un ganador claro, supo –como el tipo hábil y astuto que es- que para continuar encadenando victorias hasta el infinito le bastaría con asestar dos o tres golpes netos al inicio de cada round. El se encargaría luego de defender esa precaria ventaja “agarrando la moto”, amarrando, recostándose en las cuerdas para trabar el combate en la corta distancia y recurrir a todo tipo de artimañas que transformaran la pelea en cualquier cosa, menos en un combate.

Así les ganó a Juan Manuel Márquez, Shane Mosley, Miguel Cotto, Saúl “Canelo” Alvarez, Marcos Maidana, Manny Pacquiao y André Berto: entregando lo mínimo, haciendo lo justo. Haciendo oídos sordos a las protestas y pifias del público, que había pagado –y no poco- por ver una pelea de verdad y no el ordinario show de un tipo eludiendo el combate la mayor parte del tiempo.

Floyd, también conocido como “Pretty Boy” en sus comienzos, y luego “Money”, cuando quedó palmariamente claro que lo único que lo movía para seguir prolongando su carrera eran los dólares y no la gloria deportiva que lo ubicara en ese Olimpo al que por condiciones sin duda tenía derecho, como si lloviera.

Le resbalaban los insultos y las pifias. Obvio: también las críticas del periodismo. Y no dejaba de tener razón: ¿quién los había obligado a pagar cifras hasta obscenas por un boleto para presenciar el espectáculo pueril de un timador consumado?

Pareció que, venciendo por decisión unánime a Andre Berto, un peleador del montón, el mundo del boxeo se había operado definitivamente de este caradura tras el anuncio de su definitivo retiro, invicto luego de 49 combates. Craso error: los “cerebros” del marketing yanqui, capaces de venderle un buzón a cualquier incauto, desde ese preciso día (12 de septiembre de 2015) empezaron a imaginar este espectáculo que iba a remecer la actividad desde sus cimientos, concretando, de paso, la mayor recaudación de toda la historia del boxeo.

¿En qué momento descubrieron la veta, la ollita de oro al final del arco iris? Hay quienes dicen que en noviembre del año pasado, luego que McGregor vapuleara al estadounidense Eddie Alvarez y sumara la corona mundial de peso ligero de la UFC al título que ya tenía como consumado exponente de las artes marciales mixtas (MMA). Otros, sin embargo, sostienen que la ampolleta a estos encantadores de serpientes se les encendió mucho antes: la noche que el irlandés pulverizó en apenas 13 segundos a José Aldo, en diciembre de 2015.

¿Quién era José Aldo? Un brasileño exponente de primera línea en seis artes marciales distintas y que se había mantenido invicto durante 10 años. ¡Eureka…! ¡Eureka…!, dicen que gritaron los genios del espectáculo, con los ojitos llenos de lágrimas y el signo dólar dibujados en ellos cual un Rico Mc Pato cualquiera.

Ese era, pues, el combate que el mundo estaba esperando. Nada de Ali-Frazier, Ali-Foreman, Leonard-Hearns o Leonard-Durán. Eso ya había sido. Mayweather-Mc Gregor era ahora el producto a vender, y para lograrlo no había que detenerse en minucias ni en consideraciones trasnochadamente éticas.

El problema es que, ya sea porque los gringos están más vivarachos que de costumbre, o porque para espectáculos deprimentes ya tienen a un Presidente lo suficientemente burro, la publicitada pelea –hasta ahora-, ha prendido hasta por ahí no más. Los hoteles de Las Vegas siguen sin recibir la petición de reservas esperada, hay miles de boleto aún sin compradores y hasta las propias casas de apuestas, tan tradicionales en la “Ciudad del Pecado” como la ruleta, las tragamonedas o las prostitutas, siguen sin poder sobarse las manos.

La William Hill, por ejemplo, una de las casas de apuestas más reconocidas de Las Vegas, hizo oír sus aprensiones a través de un vocero. El entusiasmo es tan bajo que, si gana McGregor, sólo se embolsará 2 millones de dólares, toda una minucia en relación a peleas anteriores y “de verdad”. Y si el irlandés pierde, como pronosticarían Zulma o Yolanda Sultana sin necesidad de mirar su correspondiente bola de cristal, apenas recaudará 400 mil dólares.

Hasta los propios protagonistas de esta vulgar mascarada parecen haber estado desde un comienzo conscientes de que “vender” este producto iba a ser como ofrecer refrigeradores en el polo o abrigos en el Africa subsahariana. Porque en las cuatro conferencias de prensa promocionales a las que por contrato estaban obligados de concurrir (Los Angeles, Toronto, Nueva York y Londres), tanto a Mayweather como a McGregor incluso se les pasó la mano en el habitual montaje para mostrarse agresivos y declararse un eterno odio mutuo. En otras palabras, tratando de “encender” el combate, de diseminar su interés a nivel planetario, se sobre actuaron.

Mientras McGregor declaró en una ocasión, con Floyd a su lado, que “a mí lo único que me gusta es vestir bien y patear traseros”, Mayweather respondió: “Este perro ganó 3 millones en su última pelea. Eso yo lo hago entrenando”.

Los séquitos de uno y otro, como también es habitual en este tipo de farsescas ceremonias, estuvieron siempre atentos para evitar que ambos se fueran a las manos por anticipado. El show, ordinario como pocas veces, no se los creyó nadie.

Pero en su empeño por levantar el mortecino interés que hasta ahora se advierte, ninguno de los dos ha cejado. Mientras el irlandés sube a instagram fotos que lo muestran entrenando como un verdadero superhombre, el equipo de Mayweather echó a correr el rumor de que, haciendo guantes, el sparring había mandado a la lona a “Money”.

¡Quién les compra, muchachos…!

Se trata de una pelea tan absurda como unilateral. Ridícula, con todas sus letras. Buscando la analogía, es algo así como que Pizzi convocara a la Selección Chilena al tipo que impresiona haciendo malabares con un balón de fútbol mientras el tráfico está detenido por una luz roja.

Pónganlo en una cancha de fútbol y será todo un fiasco. El mismo para el que con todo entusiasmo se prepara McGregor.

Aquí no se trata del choque de dos fuerzas parejas. Se monta con todo desparpajo y desfachatez la coreografía de dos tipos de distintas disciplinas haciendo como que pelean, simulando que cada uno es digno rival del otro.

Es que el dinero todo lo puede. Y, lo que es peor, todo lo corrompe.

Mientras Floyd Mayweather ya tiene sacada la cuenta que luego de esta faramalla su jugosa cuenta corriente se podría ver incrementada hasta en 300 millones de dólares, considerando la bolsa, patrocinadores, publicidad y merchandising, Connor McGregor calcula que por lo bajo se asegurará la vida con algo así como 100 millones de dólares por similares conceptos.

Es que los números que puso Showtime, la empresa encargada de la transmisión televisiva, son de escándalo. Cada televisor que compre el servicio “pay per view” (pagar para ver), deberá cancelar 89,95 dólares por la señal estándar y 99,95 dólares por la señal en alta definición (HD). Y si para la Mayweather la recaudación por este concepto alcanzó los 450 millones, con 4,6 millones de abonados, esta vez se espera alcanzar los 500 millones de dólares.

A ello habrá que sumar lo que paguen las cadenas de televisión por cable y lo que se recaude en el centenar de cines que, en el territorio estadounidense, ofrecerán en directo el confronte. Y la publicidad… Y los patrocinadores…

El T-Mobile Arena, recinto dependiente del Hotel MGM, de Las Vegas, también aportará lo suyo. Con capacidad para 20 mil espectadores, el valor de las entradas fluctúa entre los 2.425 dólares, la más barata, y los 15 mil que cuesta un boleto en la denominada “Zona Platino”, al borde del ring.

¿Qué nos espera? Un espectáculo tan falso como patético. Un sainete de principio a fin. Algo así como el que, en 1976, protagonizó Muhammad Ali en Tokio, “enfrentando” al karateca japonés Anthony Inoki, en el único manchón que puede ostentar la trayectoria de quien debe ser el deportista más grande de todos los tiempos.

Si Alí metió la pata, buscando seguramente resarcirse de los millones de dólares que dejó de percibir en esos tres años y medio que el “establishment” yanqui lo condenó al ostracismo por negarse a combatir en Viet Nam, ¿qué se puede esperar de un inescrupuloso como Mayweather?

En cuanto a Connor McGregor, sin duda cómplice en este monumental engaño, desde el punto de vista que se le mire merece más indulgencia, una condena mucho menos severa.

¿Podría haberse negado a asegurar su futuro y el de los suyos y decirle no a este vulgar circo?

Imposible. En un mundo gobernado por la codicia, el dinero es el moderno “becerro de oro”.

Que lo desmientan los millonarios de este mundo, que siguen ambicionando más millones aunque sepan que no van a tener jamás diez o quince vidas para disfrutarlos.